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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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– ¿Sabe cuánto pagó? -preguntó Dalgliesh.

– Dijo que le daría al abuelo lo que había pagado por él, que era poco más de trescientas libras. Por supuesto, se trataba de mucho dinero para el abuelo cuando lo compró, y creo que riñó con mi abuela por eso, pero entonces tuvo que desprenderse de él.

– ¿Y no se le ocurrió llamar a alguna casa de subastas para que se lo tasaran? -intervino Kate-. ¿Sotheby’s, Christie’s, algo así?

– No, no creo. No tenía ni idea de cómo funcionaban las casas de subastas. Según él, el señor Dupayne le había dicho que no conseguiría la misma cantidad si lo vendía de esa forma, que se llevaban una buena comisión y que Hacienda iría tras él. Habló de tener que pagar el impuesto de plusvalías.

– Bueno, pues no lo habría tenido que pagar. No ganó nada de todos modos, ¿verdad que no? -comentó Kate.

– Ya lo sé, pero creo que el señor Dupayne lo embaucó y al final consiguió que se lo vendiera. Cuando el abuelo murió, papá me lo contó, y cuando averigüé dónde estaba el cuadro, fui a verlo.

– ¿Con la esperanza de recuperarlo? -preguntó Dalgliesh.

Se produjo un silencio. En los minutos anteriores David había olvidado que estaba hablando con un policía; en ese momento miró a su esposa, quien se cambió al bebé de lado en el regazo y dijo:

– Será mejor que se lo digas, Davie. Dile lo del hombre enmascarado; tú no hiciste nada malo.

Dalgliesh esperó. Siempre había sabido cuándo esperar, reflexionó Kate. El chico habló al cabo de un minuto.

– Vale. De acuerdo, la idea de robarlo se me pasó por la cabeza. Sabía que no podría recuperarlo comprándolo, y había leído cosas sobre los robos en las galerías de arte, sobre cómo cortan los lienzos de sus marcos y los enrollan y se los llevan. No era que pensase hacerlo, sólo que me gustaba fantasear con la idea. Sabía que habría alguna clase de alarma en la puerta, pero se me ocurrió que podría entrar por la ventana y hacerme con el cuadro antes de que llegara alguien. Pensé que la policía tardaría al menos diez minutos en presentarse si alguien la llamaba, y además no había nadie lo bastante cerca para oír la alarma. Era una idea estúpida, ahora lo sé, y solía darle vueltas y más vueltas.

– Pero no lo hiciste, Davie -intervino su esposa-. Sólo lo pensaste, y no pueden arrestarte por planear algo que no llegaste a hacer, es la ley.

«Bueno, no exactamente», pensó Kate. Sin embargo, Wilkins no había tramado ninguna conspiración para provocar una explosión, después de todo.

– Pero al final no lo intentó, ¿verdad? -preguntó Dalgliesh.

– Fui allí una noche pensando en hacerlo, pero entonces llegó alguien. Fue el 14 de febrero. Fui en bicicleta y la escondí entre los arbustos junto al camino de entrada; me había llevado una bolsa negra grande de plástico, como esas de la basura, para envolver el cuadro. No sé si habría llegado a intentar cometer el robo, la verdad. Cuando llegué me di cuenta de que no tenía nada lo bastante contundente para romper la ventana de la planta baja y de que ésta estaba más alta de lo que yo creía. En realidad, no lo había planeado bien. Y entonces oí el ruido de un coche. Me escondí entre los arbustos y me quedé agazapado, observando; era un coche potente y el conductor lo llevó al aparcamiento que hay detrás de los laureles. Lo vi apearse y luego salí huyendo. Me asusté. Mi bicicleta estaba un poco más abajo en el camino y la alcancé a través de los arbustos. Sé que no me vio.

– Pero usted sí lo vio a él -señaló Kate.

– Pero no como para reconocerlo. No le vi la cara; cuando salió del coche, llevaba puesta una máscara.

– ¿Qué clase de máscara? -quiso saber Dalgliesh.

– No una de esas que se ven en los programas de crímenes de la tele, como medias o pasamontañas. Esta sólo le cubría los ojos y el pelo, como las que se pone la gente en los carnavales.

– ¿De modo que regresó a casa en su bicicleta y se olvidó de la idea de robar el cuadro? -resumió Dalgliesh.

– No creo que llegase a planteármelo seriamente. Lo que quiero decir es que creí que era serio en ese momento, pero sólo en mi imaginación. Si lo hubiese intentado de verdad, me habría tomado más molestias.

– Pero si hubiera conseguido robarlo, no habría podido venderlo -dijo Kate-. Quizá cuando lo compró su abuelo no lo considerasen muy valioso, pero ahora lo es.

– No pretendía venderlo, sino colgarlo en esa pared de ahí. Lo quería en esta habitación, lo quería porque al abuelo le encantaba y porque le recordaba a su padre. Lo quería por el pasado.

De repente, un par de lágrimas rodaron por las mejillas del chico. Este levantó un puño y se las enjugó, igual que un niño. En un intento de consolarlo, su esposa le pasó a Rebecca, y David la acunó mientras hundía los labios en su pelo.

– No hizo usted nada malo y le agradecemos que nos haya ayudado -dijo Dalgliesh-. Tal vez volvamos a encontrarnos cuando vaya a ver el cuadro de nuevo. Mucha gente disfruta viéndolo; sé que yo disfruté. De no haber sido por su abuelo, ahora no estaría en el Museo Dupayne y puede que no tuviéramos oportunidad de verlo.

Como si también ella se hubiese olvidado de que eran policías, Michelle Wilkins les preguntó:

– ¿Les apetece un poco de té? Siento no haber caído antes en ofrecérselo. También tenemos Nescafé.

– Es usted muy amable -le agradeció Dalgliesh-, pero creo que es mejor que nos vayamos. Gracias otra vez, señor Wilkins, por colaborar con nosotros, y si se le ocurre algo más, puede encontrarnos en New Scotland Yard. El número está en esta tarjeta.

Fue Michelle Wilkins quien los acompañó hasta la puerta.

– No está metido en ningún lío, ¿verdad que no? -preguntó al despedirse-. No hizo nada malo. Sería incapaz de robar nada, de verdad.

– No -la tranquilizó Dalgliesh-, no está metido en ningún lío. No ha hecho nada malo.

Una vez dentro del coche, Dalgliesh y Kate se abrocharon el cinturón de seguridad. Ninguno de ellos abrió la boca. Kate sentía una mezcla de depresión y furia. «¡Dios, qué horror! -pensó-. Sólo son un par de críos esperando a que los explote cualquiera que crea que valga la pena hacerlo. Aunque la niña tenía buen aspecto… Me pregunto cuánto pagarán por ese cuchitril. Y sin embargo, el que vivan ahí no los va a ayudar a obtener un piso de protección oficial. Se jubilarán antes de poder optar a uno. Más les valdría dormir en la calle, al menos así tendrían prioridad en la lista de espera. Aunque no necesariamente para obtener un sitio decente; lo más probable es que acabaran en una pensión. Dios, éste es un país terrible para ser pobre. Eso, si eres una persona honesta. A los parásitos y a los pillos no les va nada mal, pero intenta ser independiente y ya veremos qué ayuda te ofrecen.»

– No ha sido una entrevista demasiado útil, ¿no le parece, señor? Wilkins vio al hombre enmascarado en febrero. Eso fue ocho meses antes del asesinato de Dupayne, y no me imagino a Wilkins y a su mujer como posibles sospechosos. Quizá sintiera rencor hacia la familia Dupayne, pero ¿por qué ensañarse con Neville? -reflexionó Kate.

– Comprobaremos su coartada, pero me parece que descubriremos que el viernes pasado por la tarde estuvo en la consulta del médico. David Wilkins sólo intenta comunicarse.

– ¿Comunicarse, señor?

– Con su padre y su abuelo. Con el pasado, con la vida.

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