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Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
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Kate guardó silencio. Al cabo de un par de minutos, Dalgliesh añadió:

– Llama al museo, ¿quieres, Kate? Averigua si hay alguien ahí. Sería interesante ver qué tienen que decir los Dupayne acerca de su visitante enmascarado.

Muriel Godby respondió a la llamada. Le pidió a Kate que esperase pero habló de nuevo al cabo de escasos segundos. Le informó de que tanto Caroline Dupayne como el señor Calder-Hale se encontraban en el museo. La señorita Caroline estaba a punto de marcharse, pero esperaría hasta que llegase el comisario Dalgliesh.

18

Cuando llegaron, encontraron a Caroline Dupayne examinando una carta en la recepción, en compañía de la señorita Godby. De inmediato los condujo al despacho. A Dalgliesh le llamó la atención que estuviese en el museo un lunes y se preguntó por cuánto tiempo podía ausentarse de su trabajo en la escuela. La familia seguramente pensaba que si la policía iba a infestar el lugar, un Dupayne debía estar presente para vigilar un poco. Él estaba de acuerdo. En tiempos de peligro, nada hay menos político que distanciarse uno mismo de la acción.

– Un joven que vino al museo la noche del 14 de febrero -dijo- vio a un hombre llegar en coche. Llevaba puesta una máscara. ¿Tiene alguna idea de quién podía ser?

– Ninguna. -Reaccionó ante la demanda con lo que Dalgliesh percibió como la cuidadosa demostración de un interés más bien tibio. A continuación, añadió-: Qué pregunta tan extraña, comisario… Oh, perdone, se preguntaba si tal vez se trataba de alguien que había venido a verme, teniendo en cuenta que era 14 de febrero, el día de San Valentín… No, estoy ya muy mayor para esa clase de juegos. En realidad, ya era demasiado mayor a los veintiuno. Aunque ese hombre debía de ir a alguna fiesta. De vez en cuando padecemos ese problema; aparcar en Hampstead es prácticamente imposible, y si la gente conoce este lugar, es una tentación entrar y dejar los coches aquí. Por suerte, ahora parece que ya no ocurre tan a menudo, aunque no podemos estar seguros del todo. El sitio no es el más conveniente y el paseo a pie por Spaniards Road es bastante lúgubre por la noche. Tally vive aquí, por supuesto, pero ya le he dicho que si oye ruidos después de que anochezca no salga de la casa, y que si se siente preocupada, me llame. El museo está aislado y vivimos en un mundo peligroso, usted lo sabe mejor que yo.

– ¿No se les ha ocurrido instalar una verja de protección? -sugirió Dalgliesh.

– Lo hemos pensado, pero la verdad es que no sería muy práctica. Además, ¿quién iba a ocuparse de abrirla y cerrarla? El acceso al museo debe ser abierto. -Hizo una pausa y agregó-: No veo qué relación guarda esto con el asesinato de mi hermano.

– Nosotros tampoco, por el momento. Demuestra de nuevo lo fácil que resulta a menudo entrar sin ser visto.

– Pero eso ya lo sabíamos. Fue precisamente lo que hizo el asesino de Neville; me interesa más el joven que vio al misterioso visitante enmascarado. ¿Qué estaba haciendo aquí, aparcando sin permiso?

– No, no llevaba coche. Sólo tenía curiosidad. No hizo ningún daño ni intentó entrar.

– ¿Y el visitante enmascarado?

– Al parecer, aparcó y también se marchó. El joven se asustó y no esperó a averiguar qué hacía.

– Sí, no me extraña, que se asustara, quiero decir. Este lugar es muy tenebroso por las noches y ya había habido un asesinato aquí antes, ¿lo sabía?

– No, nunca lo había oído. ¿Un crimen reciente?

– Fue en 1897, dos años después de que se construyera la casa. Una sirvienta, Ivy Grimshaw, fue encontrada muerta a puñaladas en la orilla del Heath. Estaba embarazada. Las sospechas recayeron sobre el dueño de la casa y sus dos hijos, pero no había pruebas que relacionasen a ninguno de los tres con el crimen y, evidentemente, se trataba de personalidades locales respetables y prósperas. Tal vez lo más importante fuese que eran los propietarios de una fábrica de botones que daba de comer a la población local. A la policía le pareció más cómodo creer que Ivy había salido a reunirse con su amante y que éste la había matado de un navajazo, librándose de paso de su inoportuno hijo.

– ¿Y había pruebas de la existencia de ese supuesto novio o amante?

– Ninguna que saliera a la luz. La cocinera le contó a la policía que Ivy le había confiado que no tenía ninguna intención de dejar que la echaran a la calle y que podía ponerles las cosas difíciles a la familia, pero más adelante, la mujer se retractó. Se fue a trabajar en otro sitio en la costa meridional tras recibir, según tengo entendido, un sustancioso regalo de despedida de parte de su agradecido señor. Al parecer, la historia de un supuesto novio fue aceptada por todos y el caso se dio por cerrado. Es una pena que no sucediera en los años treinta, porque podríamos haberlo incluido en la Sala del Crimen.

«Sólo que ni siquiera en los años treinta -reflexionó Dalgliesh-, habría sucedido exactamente así.» El brutal asesinato de una joven inmoral y sin amigos había quedado impune y la respetable población local había conservado su trabajo. Quizá la tesis de Ackroyd fuese simplista y su elección de ejemplos convenientemente selectiva, pero se fundamentaba en la verdad. Con frecuencia, el asesinato era un paradigma de su época.

Arriba, en su despacho, y abandonando a regañadientes sus labores de escritura, Calder-Hale dijo:

– ¿El 14 de febrero? Seguramente un invitado a una fiesta del día de San Valentín, aunque es raro que fuese solo. Por lo general, la gente suele acudir a esa clase de reuniones en pareja.

– Es aún más extraño que se pusiera la máscara aquí -señaló Dalgliesh-. ¿Por qué no esperar hasta que llegase a la fiesta?

– Bueno, pues aquí no tuvo lugar ninguna fiesta. A menos que Caroline estuviese celebrando alguna.

– Ella afirma que no.

– No, no sería propio de ella -apuntó Calder-Hale-. Me imagino que ese hombre estaría utilizando el sitio para aparcar el coche sin permiso. Hace un par de meses eché a un coche lleno de jóvenes que salían de parranda. Traté de asustarlos con la amenaza de que iba a llamar a la policía. El caso es que se marcharon sin hacer ruido y hasta llegaron a disculparse. Lo más probable es que no quisieran dejar su Mercedes a mi disposición. -Hizo una pausa y añadió-: ¿Y el joven? ¿Qué dijo que estaba haciendo aquí?

– Explorando el lugar, sin más. Se fue a toda prisa después de que llegara el hombre enmascarado. Era del todo inofensivo.

– ¿Sin coche?

– Sin coche.

– Qué raro… -Calder-Hale volvió a enfrascarse en sus documentos-. Su visitante enmascarado, si es que ha existido de veras, no está relacionado de ningún modo conmigo. Puede que tenga mis asuntillos, pero las máscaras me parecen, en general, demasiado histriónicas.

Era evidente que la entrevista había llegado a su fin. Mientras se volvía para marcharse, Dalgliesh pensó: «Eso es prácticamente admitir sus actividades secretas, pero ¿por qué no? Le han dicho que yo estoy al corriente; ambos jugamos al mismo juego y esperemos que en el mismo bando. Lo que haga, por trivial que sea y aunque parezca de aficionados, forma parte de un plan más ambicioso. Es importante y debe ser protegido…, protegido contra todo salvo contra una acusación de asesinato.»

También hablaría con Marcus Dupayne, pero esperaba que le diese más o menos la misma explicación: alguien que sabía de la existencia del aparcamiento para hacer uso de él de forma gratuita durante unas horas. Era bastante razonable. Sin embargo, había un pequeño detalle que lo intrigaba: ante la perspectiva de dos misteriosos visitantes, tanto Caroline Dupayne como James Calder-Hale se habían mostrado menos preocupados por el conductor enmascarado que por el misterioso joven que lo había visto. Se preguntó por qué.

Calder-Hale seguía entre el grupo de posibles incriminados: esa misma tarde, un poco antes, Benton-Smith había cronometrado el trayecto en motocicleta desde Marylebone hasta el Dupayne. Su segundo viaje había sido cuatro minutos más rápido que el primero.

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