La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Cuando regresó Robespierre, se despidieron con un seco apretón de manos. Cuídate, Vela. Gracias por la cena, Antorcha.
Tuvieron que sacar los naipes; De Sillery se negaba a acostarse sin jugar una partida. Después de una larga racha de mala suerte, se reclinó en la silla y se echo a reír.
– El señor Miles y los Elliot se pondrían furiosos si supieran lo que hago con el dinero del Rey de Inglaterra.
– Imagino que saben perfectamente lo que haces con él -dijo Laclos mientras barajaba-. No creo que piensen que lo destinas a obras benéficas.
– ¿Quién es el señor Miles? -preguntó Camille.
Laclos y De Sillery se miraron.
– Creo que deberías decírselo -dijo Laclos-. Camille no debe vivir como un rey ignorante que no sabe de dónde proviene el dinero.
– Es muy complicado -respondió De Sillery, depositando los naipes boca abajo sobre la mesa-. ¿Conoces a la encantadora Grace Elliot? Sin duda la habrás visto por la ciudad, tratando de enterarse de los rumores políticos que circulan. Lo hace porque trabaja para el Gobierno inglés. Sus aventuras amorosas la han colocado en una interesante posición. Fue la amante del príncipe de Gales antes de que Philippe la trajera a Francia. Ahora, por supuesto, su amante es Agnès de Buffon -mi esposa, Félicité, se encarga de organizar esas cosas-, pero Grace y el duque siguen siendo muy amigos. Pues bien -De Sillery se detuvo y se frotó la frente con aire cansado-, la señora Elliot tiene dos cuñados, Gilbert y Hugh. Hugh vive en París, Gilbert viene de vez en cuando a la capital. Ambos tienen tratos con otro inglés, un tal señor Miles. Todos ellos son agentes del Foreign Office. Han venido para observar los acontecimientos, redactar informes y entregarnos fondos.
– Bien hecho, Charles-Alexis -dijo Laclos-. Admirablemente lúcido. ¿Un poco más de clarete?
– ¿Por qué? -preguntó Camille.
– Porque los ingleses están muy interesados en nuestra Revolución -contestó De Sillery-. Sí, pásame la botella, Laclos. No creas que lo hacen porque quieran que disfrutemos de un parlamento y una constitución como la suya, no se trata de eso; lo que les interesa es socavar la posición de Luis. Como en Berlín. Como en Viena. Los ingleses saldrían muy beneficiados si echáramos al rey Luis y lo sustituyéramos por el rey Philippe.
El diputado Pétion alzó la vista lentamente. Su apuesto rostro denotaba preocupación.
– ¿Nos has traído aquí para darnos esa información? -preguntó a De Sillery.
– No -contestó Camille-. Nos lo ha revelado porque ha bebido demasiado.
– Es prácticamente del dominio público -dijo Charles-Alexis-. Pregúntaselo a Brissot.
– Siento un profundo respecto por Brissot -insistió el diputado Pétion.
– ¿De veras? -murmuró Laclos.
– No es el tipo de hombre que participaría en esos tejemanejes.
– El amigo Brissot -dijo Laclos-, es tan ingenuo que cree que el dinero aparece en su bolsillo por generación espontánea. Pero te aseguro que lo sabe, aunque no lo reconozca. Jamás pregunta nada. Si quieres darle un susto, Camille, acércate a él y susúrrale al oído: «William Augustus Miles».
– Si me permitís expresar mi opinión -terció Pétion-, Brissot no tiene pinta de recibir dinero. Siempre lo he visto con la misma casaca, bastante raída en los codos.
– No le pagamos mucho -respondió Laclos-. No sabría qué hacer con mucho dinero, a diferencia de los aquí presentes, a quienes les gustan las cosas buenas de la vida. ¿No crees, Pétion? Díselo, Camille.
– Probablemente es cierto -contestó Camille-. Solía aceptar dinero de la policía. Charlaba con sus amigos y luego informaba a la policía sobre sus opiniones políticas.
– Me dejáis asombrado -dijo Pétion, con tono controlado.
– ¿Cómo creéis que se ganaba la vida? -preguntó Laclos.
Charles-Alexis soltó una carcajada y dijo:
– Todos esos escritores, toda esa gente saben lo suficiente como para enriquecerse haciéndose chantaje mutuamente. ¿No es cierto, Camille? Sólo desisten por temor a ser los primeros en ser chantajeados.
– Pero eso que decís… -Durante unos instantes Pétion parecía sobrio. Apoyó la frente en la palma de la mano y añadió-: No alcanzo a comprenderlo.
– No es necesario que lo comprendas -dijo Camille-. No te preocupes.
– Resultará muy difícil mantener una cierta… integridad -dijo Pétion.
Laclos le sirvió otra copa.
– Quiero editar un periódico -dijo Camille.
– ¿Y quién te apoyará económicamente? -preguntó Laclos. Le complacía que la gente reconociera públicamente que necesitaba el dinero del duque.
– El duque tendrá suerte si decido aceptar su dinero -respondió Camille-. Cuento con algunas otras fuentes. Es posible que necesitemos al duque, pero éste nos necesita mucho más a nosotros.
– Puede que os necesite colectivamente -dijo Laclos sin inmutarse-. Pero no os necesita individualmente. Individualmente podéis arrojaros del Pont Neuf. Individualmente podéis ser sustituidos.
– ¿Eso crees?
– Sí, Camille, estoy convencido de ello. Estás exageradamente convencido de tu propia importancia.
Charles-Alexis se inclinó hacia adelante y apoyó una mano en el brazo de Laclos.
– Ten cuidado -dijo-. ¿Por qué no cambiamos de tema?
Laclos permaneció en silencio y sólo se animó cuando De Sillery contó unas anécdotas sobre su esposa. Félicité, según dijo, ocultaba un montón de cuadernos debajo de su lecho matrimonial. A veces, mientras su marido yacía sobre ella, esforzándose en procurarle placer, ella metía la mano debajo de la cama para asegurarse de que seguían allí. De Sillery se preguntaba si esa manía disgustaba al duque tanto como a él.
– Tu mujer es muy irritante -dijo Laclos-. Mirabeau dice que está harto de ella.
– Lo creo -respondió De Sillery-. Está harto de todo el mundo. No obstante, estos días apenas hace nada. Prefiere organizar la vida de los demás. Cuando recuerdo que hace unos años… -De Sillery se sumió en unas breves ensoñaciones-. ¿Cómo iba a imaginar que acabaría casándome con la mejor alcahueta de Europa?
– A propósito, Camille -dijo Laclos-. Agnès de Buffon se ha divertido mucho leyendo tu panfleto. La prosa. Se cree muy culta. Tengo que presentártela.
– Y a Grace Elliot -dijo De Sillery, soltando una carcajada.
– Se lo comerán vivo -observó Laclos.
Al amanecer, Laclos abrió una ventana y se puso una elegante bata, aspirando ávidamente el aire del Rey.
– No hay nadie en Versalles que esté tan borracho como nosotros -dijo-. Permitidme que os diga, mis buenos piratas, que a cada uno le llega su merecido, y a Philippe le llegará el suyo muy pronto, en agosto, septiembre u octubre.
El nuevo panfleto de Camille apareció en septiembre. Ostentaba el título de «Un discurso para los parisienses, junto a la Lanterne» y el siguiente epígrafe de San Mateo: «Qui male agit odit lucem.» Traducido libremente por el autor: los canallas detestan la Lanterne. La horca de hierro en la Place de Grève se disponía a ajusticiar a otras víctimas. El autor sugería sus nombres, aunque el suyo no aparecía entre ellos. Firmaba como «El señor verdugo de la Lanterne».
En Versalles, María Antonieta leyó sólo las dos primeras páginas.
– En circunstancias normales -dijo a Luis-, ese escritor permanecería encerrado en la cárcel durante mucho tiempo.
El Rey leía un libro de geografía. Alzó la cabeza y contestó:
– En tal caso consultaremos a Lafayette.
– ¿Te has vuelto loco? -replicó su esposa. Durante ese tipo de discusiones, solían expresarse de una forma bastante ordinaria-. El marqués es enemigo nuestro. Paga a tipos como ése para que nos calumnie.
– El duque también -respondió el Rey en voz baja. Le costaba pronunciar el nombre de Philippe. La Reina lo llamaba «nuestro primo rojo»-. ¿Cuál te parece más peligroso?