La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
— En ese caso, espero que sea bueno —se oyó decir a sí mismo Richard. Por primera vez en días no se sentía solo.
Con sus ojos castaños prendidos en el joven lord, la duquesa se apoyó sobre los codos y dio un mordisquito a la carne. Embelesado, Richard esperó.
— Y bien… ¿está bueno?
Por repuesta ella miró al techo y luego cerró los ojos mientras encorvaba los hombros y lanzaba un gemido de éxtasis. Entonces abrió los ojos y restableció la tórrida comunicación. Su boca rodeó la carne y con sus perfectos dientes blancos dio un buen mordisco. Tenía los labios brillantes. Richard pensó que jamás había visto a nadie masticar tan lentamente.
El joven partió el tierno pan en dos y le ofreció la parte untada con más mantequilla. Usando la corteza como cuchara, cogió arroz sin salsa marrón y se lo llevó a la boca. Antes de comerlo se detuvo para contemplar cómo la mujer lamía la mantequilla del pan y ronroneaba de gusto.
— Me encanta notarla tan suave y resbaladiza en la lengua —le explicó en apenas un susurro. Sus refulgentes dedos dejaron caer sobre la bandeja el trozo de pan.
Mientras recorría el hueso con los dientes, apurando los restos de carne, no apartó ni por un momento los ojos de él. Dejó el hueso pelado. Richard seguía con el pedazo de pan frente a la boca.
— Es lo mejor que he comido nunca —declaró la duquesa, y se relamió.
Richard se percató de que sus dedos estaban vacíos. Creyó que se había comido el arroz hasta que vio el pegote blanco en la bandeja; se le había caído.
Cathryn cogió un huevo, lo rodeó con sus rojos labios y se comió la mitad.
— Hummm. Exquisito. Toma, pruébalo —le ofreció, acercándole a los labios la otra mitad por el extremo redondeado.
En la lengua sintió un fuerte sabor picante así como la superficie sedosa, flexible y elástica del huevo. Ella lo empujó con un solo dedo. O masticaba o se ahogaba. Richard decidió masticar.
— ¿Qué tenemos aquí? —preguntó la duquesa, fijando su atención en la bandeja—. Oh, Richard, no me digas que es… —Pasó los dedos índice y anular por el cuenco con los guisantes y se lamió la espesa salsa blanca del índice. Parte de la salsa que había recogido con el otro dedo se le deslizaba por la mano hasta la muñeca—. Oh sí. Oh, Richard es fabuloso. Prueba.
Le acercó el dedo anular a los labios. Antes de que él pudiera reaccionar, ya le había introducido la mitad en la boca.
— Lámelo —le animó ella—. ¿No es lo mejor que has probado en tu vida? —Richard asintió, tratando de recuperar el aliento cuando ella retiró el dedo—. Oh, por favor, chúpalo antes de que me manche el vestido —le imploró, tendiéndole la muñeca. Richard le cogió la mano y se la llevó a la boca. El sabor era electrizante. El corazón se le desbocó al rozar su piel con los labios.
La duquesa lanzó una risa gutural.
— Me haces cosquillas. Tienes la lengua áspera.
— Lo siento —susurró y le soltó la mano, interrumpiendo la íntima conexión.
— No seas tonto. No he dicho que no me gustara. —Sus ojos se perdieron en los del joven. La luz de la lámpara le iluminaba suavemente un lado del rostro, y las llamas el otro. Richard se imaginó que le acariciaba el cabello. Ambos respiraban al unísono—. Me ha gustado mucho, Richard.
A él también. Notaba cómo la habitación daba vueltas. Cuando oía su nombre de labios de la mujer, lo invadían oleadas de euforia. Haciendo un supremo esfuerzo se levantó.
— Cathryn, es tarde y estoy muy cansado.
Inmediatamente ella se levantó con gráciles movimientos que desvelaban los contornos de su cuerpo bajo el vestido de seda. Richard a punto estuvo de perder por completo el control cuando Cathryn lo enlazó por el brazo y se apretó contra él.
— Muéstrame tu dormitorio.
Mientras la conducía al pasillo, notaba el firme seno de la mujer contra su brazo. Ulic y Egan se mantenían cerca, de pie y con los brazos cruzados. Un poco más lejos, a ambos extremos del corredor, Cara y Raina se pusieron en pie. Ninguno de los cuatro demostró qué sentían al verlo cogido del brazo de la duquesa.
Con la mano que le quedaba libre, Cathryn le acariciaba el hombro con insistencia. El calor de la carne femenina contra la suya le llegaba hasta los huesos. No estaba seguro de si las piernas le aguantarían.
Al dar con el ala de invitados, indicó con una seña a Ulic y Egan que se acercaran.
— Haced turnos. Quiero que uno de vosotros vigile todo el tiempo. Nadie ni nada debe acercarse al pasillo esta noche. Y eso las incluye a ellas —añadió, echando un rápido vistazo a las dos mord-sith que esperaban en el extremo más alejado. Sin hacer preguntas, los dos guardaespaldas juraron cumplir las órdenes y adoptaron una actitud de firmes.
Richard acompañó a Cathryn un trecho del pasillo. Ella le seguía acariciando un brazo y apretaba un seno contra él.
— Espero que este dormitorio te guste.
La mujer separó los labios, respirando entrecortadamente. Sus delicados dedos se aferraron a su camisa.
— Sí —susurró— este dormitorio.
Una vez más Richard hizo acopio de toda su fortaleza.
— Yo ocuparé la contigua. Aquí estás a salvo.
— ¿Qué? —Cathryn había palidecido—. Oh, por favor, Richard…
— Que duermas bien, Cathryn.
Ella le apretó el brazo con más fuerza.
— Espera. Entra conmigo. Por favor, Richard. Tengo miedo.
— La habitación es segura, Cathryn —repuso él, apretándole una mano que retiró del brazo—. Estate tranquila.
— Podría haber algo dentro acechando. Te lo suplico, Richard, entra conmigo.
El joven le sonrió para tranquilizarla.
— No hay nada dentro. Yo lo sentiría. Soy mago, ¿recuerdas? Estás totalmente a salvo. Yo estaré aquí mismo. Nada perturbará tu sueño, te lo prometo.
Richard abrió la puerta y le tendió la lámpara que colgaba del soporte situado al lado de la puerta, tras lo cual la empujó suavemente adentro colocando una mano en la parte baja de su espalda.
Ella se dio media vuelta y le pasó un dedo por el centro del pecho.
— ¿Nos vemos mañana?
Richard le apartó la mano y se la besó del modo más cortesano que pudo.
— Cuenta con ello. Tenemos mucho trabajo que hacer temprano.
Cerró la puerta y se dirigió a su propio dormitorio. Los ojos de las dos mord-sith no se habían apartado de él ni un solo momento. Las dos mujeres deslizaron la espalda por la pared hasta sentarse en el suelo. Luego cruzaron las piernas, como si le dijeran que pensaban quedarse allí toda la noche, y asieron el agiel con ambas manos.
La mirada de Richard se posó en la puerta del dormitorio que ocupaba Cathryn y allí se quedó un largo momento. La vocecita en su interior le gritaba frenéticamente. El joven abrió bruscamente la puerta de su propia habitación y, tras cerrarla, apoyó la cabeza contra la puerta, tratando de recuperar la respiración. Con un esfuerzo, se obligó a correr el cerrojo.
Luego se desplomó en el borde del lecho y hundió el rostro entre las manos. ¿Qué le ocurría? Tenía la camisa empapada de sudor. ¿Por qué lo invadían tales pensamientos acerca de esa mujer? Queridos espíritus, no podía evitarlo. Entonces recordó que las Hermanas de la Luz decían que los hombres sienten impulsos incontrolables.
Aturdido, desenvainó la Espada de la Verdad. Un transparente sonido metálico llenó la oscura estancia. Richard apoyó la punta en el suelo y con ambas manos elevó la empuñadura hasta la frente, dejando que su furia lo inundara. En su alma se desató una terrible tormenta que esperaba que bastara.
Pero en el fondo sabía que se había enzarzado en una danza con la muerte en la que la espada no podría salvarlo. Y también sabía que no tenía elección.
21
La hermana Philippa pareció aún más alta de lo que era al enderezar por completo la espalda. Al mismo tiempo su rostro mostraba una expresión de altivez que trataba, aunque sin éxito, de disimular.