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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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La señora Sanderholt llevaba una bandeja cargada con un humeante estofado de verduras, pan moreno untado con mantequilla, huevos picantes, arroz especiado con una salsa marrón, chuletas de cordero, guisantes con salsa blanca y un gran tazón de té con miel.

La mujer dejó la bandeja encima de la mesa dirigiéndole un amistoso guiño.

— Coméoslo todo, Richard. Os sentará bien. Y luego id a descansar.

La única noche que había pasado en el Palacio de las Confesoras había dormido en la cámara del consejo, sentado en la silla de Kahlan.

— ¿Dónde? —preguntó.

— Bueno, podríais instalaros en… —La señora Sanderholt se contuvo—. Podríais instalaros en el dormitorio de la Madre Confesora. Es la mejor estancia de palacio.

Allí era donde él y Kahlan deberían haber pasado la noche de bodas que nunca tuvo lugar.

— Creo que no me sentiría cómodo ocupando esa habitación. ¿Queda alguna otra libre?

La mujer hizo un gesto con la mano vendada. Ahora los vendajes eran menos aparatosos y se veían más limpios.

— Subid por esa ala, al final torced a la derecha y encontraréis una serie de habitaciones de invitados. Elegid la que queráis; todas están libres.

— ¿Dónde duermen las mord… ¿Dónde duermen tanto Cara como sus amigas?

Con irónico gesto la señora Sanderholt señaló en la dirección contraria.

— Las he dirigido a los aposentos de los criados. Comparten la misma habitación.

«Cuanto más lejos, mejor», se dijo Richard.

— Muchas gracias, señora Sanderholt. Ocuparé una de las habitaciones de invitados.

— Eh muchachotes, ¿qué os gustaría cenar? —preguntó a Ulic, dándole un codazo.

— ¿Qué tenéis? —inquirió Egan mostrando entusiasmo por primera vez.

El ama de llaves alzó una ceja.

— ¿Por qué no me acompañáis a la cocina y elegís vosotros mismos? Está aquí mismo —añadió al reparar en la rápida mirada que dirigían a Richard—. No estaréis muy lejos.

Richard se abrió la capa negra de mriswith y dejó que reposara sobre los brazos de la silla. Mientras tomaba una cucharada de estofado y un sorbo de té, les indicó con un gesto que fueran. El general Reibisch se llevó un puño al pecho y le deseó buenas noches. Richard le devolvió el saludo con un florido gesto ejecutado con el pan moreno.

20

Qué alivio estar por fin solo. Estaba harto de gente preparada para saltar a la menor orden suya. Aunque había tratado de que los soldados se sintieran cómodos a su lado, le tenían miedo, como si lo creyeran capaz de fulminarlos con un rayo mágico si no daban con el rastro de Brogan. Después de cuatro días se relajaron un poco, aunque seguían sin apartar la vista de él por si se le ocurría murmurar una orden. A Richard lo irritaba estar rodeado de personas que le tenían pavor.

La cabeza no dejaba de darle vueltas mientras daba buena cuenta del estofado. Aunque no estuviera hambriento, lo hubiera encontrado delicioso; no estaba recién hecho pero se había cocido a fuego lento, lo cual le había conferido la rica combinación de sabores que ningún ingrediente, excepto el tiempo, podía aportar.

Al alzar la vista de la taza de té, vio a Berdine en el umbral. Inmediatamente sus músculos se tensaron. Antes de ordenarle que se marchara, la mujer tomó la palabra:

— La duquesa Lumholtz de Kelton está aquí para ver a lord Rahl.

Richard se tragó un trozo de estofado que se le había quedado entre dos dientes, con la mirada clavada en los ojos de la mord-sith.

— No me interesa recibir a peticionarios.

Berdine avanzó resueltamente hasta la mesa y se echó la trenza de ondulados cabellos castaños sobre un hombro.

— A ella la veréis.

Con la punta de los dedos Richard palpó las muescas y los arañazos del mango de madera de nogal del cuchillo que llevaba al cinto. Los conocía al dedillo.

— Los términos de la rendición no son discutibles.

Berdine apoyó los nudillos en la mesa y se inclinó hacia él. El agiel sujeto con una cadena a la muñeca de la mord-sith rodó alrededor de sus manos. Los azules ojos de Berdine despedían heladas llamas.

— A ella la veréis.

Richard notó que se acaloraba.

— Ya he dado una respuesta. No pienso cambiar de opinión.

Pero la mujer no dio su brazo a torcer.

— Y yo he dado mi palabra de que la recibiríais. Y la recibiréis.

— Lo único que pienso oír de los representantes de Kelton es su declaración de rendición incondicional.

— Y eso es lo que oiréis —dijo una melodiosa voz desde la entrada—. Os agradecería que me escucharais. No he venido a proferir amenazas, lord Rahl.

En aquel suave y humilde tono de voz Richard percibió vacilación y miedo, lo cual despertó su simpatía.

— Haz pasar a la dama… —ordenó a Berdine, mirándola con dureza—… y luego cierra la puerta y vete a la cama. —Su voz decía claramente que era una orden y que no toleraría desobediencias.

Sin demostrar ninguna emoción, Berdine fue hasta la puerta y extendió un brazo en gesto de invitación. Cuando el cálido resplandor del fuego iluminó a la duquesa, Richard se levantó. Berdine le dirigió una mirada vacía y cerró dando un portazo, pero él apenas lo notó.

— Duquesa Lumholtz, por favor, pasad.

— Gracias por recibirme, lord Rahl.

El joven se quedó un momento mudo contemplando los dulces ojos castaños de la mujer, sus sensuales labios rojos y aquella rizada melena de pelo negro que enmarcaba un rostro perfecto y resplandeciente. Richard sabía que en la Tierra Central la longitud del pelo en una mujer denotaba su posición social. La larga y abundante melena de la duquesa indicaba una posición preeminente. Solamente había visto a una reina con un pelo tan largo y, por encima de ella, la Madre Confesora.

Se sentía aturdido pero inspiró y de pronto recordó las buenas maneras.

— Venid, dejad que os ofrezca una silla.

No recordaba que la duquesa tuviese ese aspecto ni que poseyera una elegancia tan pura y cautivadora, aunque, desde luego, no la había visto tan de cerca. La recordaba como una mujer ostentosa, demasiado enjoyada y maquillada. No iba vestida como ahora con un sencillo y delicado vestido de seda rosa que moldeaba suavemente su figura, realzando sus voluptuosas formas, y cogido justo debajo de los senos.

Al pensar en su último encuentro se le escapó un gruñido.

— Duquesa, lamento mucho las crueles palabras que os dirigí en la cámara del consejo. ¿Podréis llegar a perdonarme? Debería haberos escuchado; vos fuisteis la única que trató de advertirme sobre el general Brogan.

Al mencionar ese nombre le pareció percibir un destello de terror en los ojos femeninos, pero desapareció tan rápidamente que no podía estar seguro.

— Soy yo quien debería pediros perdón, lord Rahl. Fue imperdonable interrumpiros delante de todos los representantes allí congregados.

Richard negó con la cabeza.

— No, no, vos sólo tratabais de advertirme sobre ese hombre, y ha resultado que teníais toda la razón. Ojalá os hubiera escuchado.

— Me equivoqué al hablaros como lo hice. —Una recatada sonrisa embelleció aún más su rostro—. Pero sois tan galante que queréis disculparme.

Richard se ruborizó al oírse llamar «galante». El corazón le latía con tanta fuerza que temía que ella reparase en que las venas del cuello le palpitaban. Por alguna razón se imaginó que con los labios le apartaba suavemente ese mechón de sedoso pelo que le colgaba delante de su encantadora oreja. Le dolía apartar su mirada de ella.

En lo más profundo de su mente sonó una vocecilla de alarma, pero quedó sepultada bajo la avalancha de cálidas sensaciones. Con una mano agarró la silla gemela a la que él ocupaba, la colocó delante de la mesa y con un gesto la invitó a sentarse.

— Sois muy amable —balbució la duquesa—. Os ruego que me perdonéis si me falla la voz. Estos últimos días han sido muy duros. —Avanzó hasta colocarse frente a la silla, alzó la vista, y sus miradas quedaron de nuevo prendidas—. Y también estoy un poco nerviosa. Nunca había estado en presencia de un hombre tan importante como vos, lord Rahl.

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