La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Richard parpadeó, incapaz de apartar la mirada de los ojos de la mujer, aunque él creía que lo estaba intentando.
— No soy más que un guía de bosque que se encuentra muy lejos de su hogar.
La duquesa lanzó una suave y acariciante risa que convirtió el estudio en un lugar acogedor y confortable.
— Vos sois el Buscador de la Verdad, el Señor de D’Hara. —La expresión de la mujer pasó de diversión a reverencia—. Tal vez, un día, lleguéis a gobernar el mundo.
Richard se encogió de hombros.
— Yo no quiero gobernar nada; es sólo que… —Seguramente parecía un necio—. Os ruego que toméis asiento, milady.
La duquesa esbozó de nuevo una sonrisa radiante y cálida, tan llena de ternura y encanto que Richard se descubrió incapaz de apartar los ojos de ella. Incluso sentía en su cara la dulce calidez de su aliento.
La duquesa le devolvió la mirada.
— Perdonad mi descaro, lord Rahl, pero debo deciros que vuestra mirada vuelve a las mujeres locas de deseo. Apuesto a que rompisteis el corazón de todas las presentes en la sala del consejo. La reina de Galea es una mujer muy afortunada.
— ¿Quién decís?
— La reina de Galea. Vuestra futura esposa. La envidio.
Mientras la mujer se sentaba delicadamente en el borde de la silla Richard le dio momentáneamente la espalda, inspiró hondo para tratar de aclararse la mente y luego fue a sentarse en su silla, al otro lado de la mesa.
— Duquesa, siento mucho la muerte de vuestro esposo.
Ella desvió la mirada.
— Gracias, lord Rahl, pero no debéis preocuparos por mí; yo no lamento su muerte. No me mal interpretéis, no le deseaba ningún mal, pero…
Richard notó cómo le ardía la sangre.
— ¿Os hizo daño?
Cuando la duquesa se encogió significativamente de hombros y le hurtó la mirada, Richard tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no cogerla entre sus brazos y consolarla.
— El duque tenía muy mal carácter. —Con sus gráciles dedos se acariciaba el borde de suave y brillante piel de armiño del vestido—. Pero no era tan malo como parece. Apenas lo veía, pues tenía múltiples amantes.
— ¿Os abandonaba para irse con otras mujeres? —inquirió Richard, absolutamente atónito. Ella se lo confirmó con un renuente asentimiento.
— Fue un matrimonio de conveniencia. Aunque él era de sangre noble, se casó conmigo para mejorar su posición y convertirse en duque.
— ¿Y qué ganasteis vos?
Los rizos que le enmarcaban el rostro oscilaron por delante de sus mejillas cuando alzó la mirada hacia él.
— Mi padre ganó un despiadado yerno que administrara las propiedades familiares y, al mismo tiempo, se libró de una hija inútil.
— ¡No digáis tal cosa de vos! —exclamó Richard, poniéndose casi en pie—. De haberlo sabido, habría dado una lección al duque que… Perdonad mi osadía, duquesa —se disculpó, y se sentó de nuevo.
Lentamente ella se humedeció la comisura de los labios con la lengua.
— Si os hubiese conocido cuando me golpeaba, tal vez me habría atrevido a suplicaros protección.
¿Golpearla? Ojalá hubiese estado allí para impedirlo.
— ¿Por qué no lo abandonasteis? ¿Por qué lo soportasteis?
— Era mi deber. —Los ojos de la duquesa se fijaron en las débiles llamas que ardían en el hogar—. Soy la hija del hermano de la reina. El divorcio no está permitido entre la realeza. —De repente se sonrojó—. Os estoy incomodando con mis insignificantes problemas. Perdonadme, lord Rahl. Hay personas con problemas mucho más graves que un esposo infiel que pierde fácilmente los estribos. No soy una mujer desgraciada. Las responsabilidades hacia mi pueblo me mantienen ocupada.
»¿Podría tomar un sorbo de té? Se me ha quedado la garganta seca por miedo a pensar que vos… —Nuevamente se ruborizó—… que me cortaríais la cabeza por presentarme contraviniendo vuestras órdenes.
Richard se levantó al punto.
— Ahora mismo ordeno que os traigan té caliente.
— No, por favor, no quiero causaros molestias. Me basta con un sorbo, de verdad.
Inmediatamente el joven le ofreció su taza y contempló cómo los labios femeninos se ceñían al borde de la taza. Posó la mirada en la bandeja para tratar de pensar en asuntos de estado.
— ¿Para qué queríais verme, duquesa?
Tras beber un sorbo, dejó la taza sobre la mesa y le dio la vuelta para que el asa quedara apuntando a Richard, tal como estaba antes. En el borde se apreciaba una tenue marca de carmín.
— Se trata de esas responsabilidades de las que os hablaba. Veréis, la reina se hallaba en su lecho de muerte cuando el príncipe Fyren fue asesinado, y poco después murió. Aunque el príncipe tenía incontables bastardos, no estaba casado, por lo que murió sin dejar un heredero legítimo.
Richard jamás había visto unos ojos de un castaño tan suave.
— No soy un experto en temas de la realeza, duquesa. Me temo que no os sigo.
— Bueno, lo que trato de decir es que ahora que la reina y que su único descendiente han muerto, Kelton no tiene monarca. Puesto que soy hija del hermano de la reina, ya fallecido, yo soy la siguiente en la línea de sucesión al trono. No es preciso enviar ningún mensaje a Kelton para exigir la rendición.
Richard debía hacer verdaderos esfuerzos para escucharla y no quedarse embobado contemplando sus labios.
— ¿Me estáis diciendo que el poder de rendir Kelton está en vuestras manos?
— Exactamente, Vuestra Eminencia.
Las orejas se le pudieron coloradas al oírse llamar de ese modo. Para tratar de ocultar su rubor, cogió la taza. Sin darse cuenta posó los labios exactamente donde la duquesa había dejado la marca y notó un delicioso sabor. Mantuvo los labios en el borde de la taza mientras notaba la agradable y dulce calidez del líquido que se deslizaba por la lengua. Finalmente, con trémula mano dejó de nuevo la taza sobre la bandeja de plata y se frotó las sudorosas manos contra las rodillas.
— Duquesa, ya oísteis lo que tenía que decir. Luchamos por la libertad. Si os rendís a nosotros, no perderéis nada, sino que ganaréis. Por ejemplo, según nuestra ley sería un crimen que un hombre maltrate a su esposa, tal como lo sería que atacara a un desconocido en la calle.
— Lord Rahl —replicó ella con una sonrisa que contenía un suave reproche—, no estoy convencida de que lleguéis a tener el poder suficiente para proclamar tal ley. En algunos lugares de la Tierra Central se acepta incluso que el hombre mate a su mujer si ella lo provoca. La libertad simplemente otorgaría la misma licencia a hombres de otros lugares.
— Hacer daño a un inocente, sea quien sea, está mal. La libertad no da carta blanca para cometer acciones injustas. No es justo que los habitantes de un país deban sufrir actos que en un país vecino se consideran un crimen. Cuando estemos todos unidos no se darán tales injusticias. Todos tendrán las mismas libertades y los mismos deberes, todos vivirán bajo una ley justa.
— No podéis creer que simplemente por prohibir determinadas costumbres éstas se abandonarán.
— La ética viene de arriba, como entre padres e hijos. El primer paso debe ser proclamar leyes justas y demostrar que todos debemos respetarlas. Es imposible acabar con una injusticia si no se castiga, pues de otro modo prolifera hasta que la anarquía se impone bajo el disfraz de la tolerancia y la comprensión.
Los dedos de la duquesa se acariciaban la suave depresión en la base del cuello.
— Lord Rahl, vuestras palabras me llenan de esperanza por el futuro. Rezo a los buenos espíritus para que tengáis éxito.
— ¿Entonces os uniréis a nosotros? ¿Rendiréis Kelton?
La mujer alzó hacia él sus tiernos y suplicantes ojos castaños.
— Hay una condición.