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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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Verna escuchaba a medias. Recordaba el día al que se refería Millie. Ella y Warren habían acompañado a Richard para ayudarlo a atravesar el escudo que lo mantenía prisionero en palacio. Tras atravesar el escudo se dirigieron a la tierra de los baka ban mana y los condujeron a todos al valle de los Perdidos, su patria ancestral, de la que habían sido expulsados tres mil años atrás para erigir las torres que separarían el Viejo del Nuevo Mundo. Richard necesitaba la ayuda de su chamán.

El Buscador había desplegado un poder inimaginable —no sólo Magia de Suma sino también Magia de Resta— para destruir las torres, purificar el valle y devolvérselo a los baka ban mana, antes de partir en una misión desesperada para impedir que el Custodio del mundo de los muertos escapara por la puerta abierta y penetrara en el mundo de los vivos. El solsticio de invierno llegó y pasó, y así supo Verna que Richard lo había logrado.

— Eso fue hace casi un mes —cayó de repente en la cuenta—. Bastante antes de morir.

— Pues sí. Diría que fue así.

— ¿Me estás diciendo que te entregó el anillo casi tres semanas antes de morir? —Millie asintió—. ¿Por qué tan pronto?

— Me dijo que quería dármelo antes de que se deteriorase demasiado para poder despedirse de mí o para darme las instrucciones apropiadas.

— Entiendo. Y cuando volviste a verla después de eso, antes de que muriera, ¿estaba tan mal?

Millie suspiró y se encogió de hombros.

— Ya no volví a verla. Cuando regresé para verla y limpiar, los soldados me dijeron que Nathan y la Prelada habían dado órdenes estrictas para que no dejaran entrar a nadie. Nathan no quería que nadie le interrumpiera mientras trataba de curarla. Como deseaba que lo lograra, me marché de puntillas, sin meter ruido.

— Bueno, gracias por contármelo, Millie. —Echó un vistazo a su escritorio y a los montones de informes que la esperaban—. Creo que será mejor que vuelva al trabajo, o todos me creerán holgazana.

— Oh, qué lástima, Prelada. Hace una noche tan cálida y hermosa que deberíais disfrutarla en vuestro jardín privado.

Verna dejó escapar un gruñido.

— He tenido tanto trabajo que ni siquiera he tenido oportunidad de asomar la nariz fuera para echar una mirada al jardín privado de la Prelada.

Millie se dirigía hacia el cubo cuando, repentinamente, se dio media vuelta.

— ¡Prelada! Acabo de recordar algo que Ann me dijo.

— ¿Te dijo algo más? —inquirió Verna sin darle demasiada importancia—. ¿Quizás algo que dijiste a las demás y te habías olvidado de decirme a mí?

— No, Prelada —susurró Millie, yendo hacia ella rápidamente—. No, Ann me lo dijo y me advirtió que no lo dijera a nadie excepto a la Prelada. Pero por alguna razón se borró por completo de mi memoria hasta este momento.

— Es posible que también hechizara ese mensaje de modo que no lo recordaras para nadie excepto para la nueva Prelada.

— Es posible —replicó Millie, frotándose de nuevo el labio. Miró a Verna a los ojos y añadió—: A veces Ann hacía cosas como ésa. Podía ser muy tortuosa.

Verna sonrió sin humor.

— Lo sé perfectamente. Yo también fui víctima de sus manipulaciones. ¿Cuál es el mensaje?

— Me dijo que no trabajarais demasiado.

— ¿Ése es el mensaje?

Millie asintió, se inclinó hacia ella y bajó la voz para decir:

— Y también dijo que deberíais usar el jardín para relajaros. Cuando me dijo eso me cogió por el brazo, me acercó a ella y mirándome fijamente a los ojos añadió que os dijera que, sobre todo, visitarais el santuario de la Prelada.

— ¿Santuario? ¿Qué santuario?

Millie se volvió y señaló por las puertas abiertas.

— Fuera, en el jardín, hay un pequeño edificio rodeado por árboles y arbustos. Ella lo llamaba su santuario. Yo nunca he estado allí. Ann nunca me permitió entrar para limpiar. Decía que ella misma lo limpiaba porque un santuario es un lugar sacrosanto, donde estar sola sin que nadie más pusiera nunca los pies allí. De vez en cuando iba allí, creo que para rezar y pedir que el Creador la guiara, o quizá simplemente para estar sola. Me recalcó que os dijera que lo visitarais.

Verna soltó un suspiro de exasperación.

— Supongo que fue su modo de decirme que necesitaría la ayuda de Creador para despachar todo este papeleo. A veces tenía un sentido del humor muy retorcido.

Millie se rió entre dientes.

— Sí, Prelada, muy cierto. Era retorcida. Que el Creador me perdone —dijo, cubriéndose las ruborizadas mejillas—. Aunque también era una mujer muy amable y nunca pretendía hacer daño con su sentido del humor.

— No, supongo que no.

Verna se frotó las sienes mientras se dirigía al escritorio. Estaba cansada y no se sentía capaz de leer más informes soporíferos. De repente se detuvo y se volvió hacia Millie. Por las puertas del jardín abiertas de par en par entraba el fresco aire de la noche.

— Millie, es tarde, ¿por qué no cenas ya y te vas a la cama? El descanso es lo mejor para los huesos cansados.

— ¿De veras, Prelada? —sonrió Millie—. ¿No os importa tener un despacho sucio?

Verna se echó a reír.

— Millie, he vivido al aire libre tantos años que incluso me gusta la suciedad. Está bien, de verdad. Que descanses.

Desde el umbral de las puertas que daban al jardín contempló el suelo moteado por la luz de la luna, que estaba más allá de un paisaje de árboles y enredaderas. Millie recogió sus trapos y el cubo.

— Buenas noches, Prelada. Disfrutad del jardín.

Verna oyó que la puerta se cerraba y luego todo quedó en silencio. Se quedó allí sintiendo la brisa cálida y húmeda, aspirando el fragante aroma de hojas, flores y tierra.

Tras dar un último vistazo al despacho, se sumergió en la noche.

22

Verna inspiró una profunda bocanada del aire húmedo y refrescante de la noche. Fue como un tónico. Notaba cómo sus músculos se relajaban mientras recorría un estrecho sendero que serpenteaba entre arriates de azucenas que apenas asomaban, cerezos silvestres en flor y exuberantes arbustos de arándanos, esperando que los ojos se acostumbraran a la luz de la luna. Por encima de los densos arbustos los árboles desplegaban su amplio ramaje. Era como si le ofrecieran las ramas para que las tocara, o la suave fragancia de sus hojas y flores para que la inhalara.

Aunque era demasiado pronto para que los árboles estuvieran en flor, en el jardín de la Prelada crecían árboles muy poco comunes: achaparrados, de tronco retorcido y amplio ramaje, que florecían todo el año, aunque solamente daban fruto en la temporada. En el Nuevo Mundo Verna se había topado con un bosquecillo de árboles siempre en flor y había descubierto que era un lugar frecuentado por los escurridizos geniecillos nocturnos, unas frágiles criaturas que solamente eran visibles de noche bajo la apariencia de chispas de luz.

Después de convencer a los geniecillos de que no llevaban malas intenciones, ella y las dos Hermanas que la acompañaban habían pasado varias noches allí, hablando con ellos acerca de cosas sencillas. Por los geniecillos supieron de la benevolencia de los magos y de las Confesoras que gobernaban la alianza de la Tierra Central. A Verna la complació averiguar que la gente de la Tierra Central protegía los lugares mágicos y permitía que las criaturas que los habitaban vivieran en paz y soledad.

Aunque también en el Viejo Mundo existían parajes habitados por seres mágicos, en ningún lugar eran tan numerosos ni variados como en esos paraísos del Nuevo Mundo. Asimismo, algunos de esos seres la habían enseñado a ser más tolerante, a comprender que en el mundo existían muchas y frágiles maravillas del Creador y que lo mejor que podía hacer la humanidad era dejarlas en paz.

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