La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
Quizá debería abandonarlo todo. Kahlan y él podrían esconderse en lo más profundo del bosque del Corzo, donde nunca los encontraran. Podían desvanecerse y dejar que el mundo se las compusiera sin ellos. ¿Qué le importaba a él? A los demás no les importaba.
«Zedd, necesito que me ayudes.»
Richard percibió una línea de luz que avanzaba por el suelo del estudio hacia él cuando la puerta se abrió. Al mirar de reojo vio a Cara en el umbral, y Raina detrás. Ambas llevaban ropas de cuero marrón oscuro y exhibían maliciosas sonrisas. Pero Richard no estaba para bromas.
— Lord Rahl, me alegra comprobar que conserváis vuestro hermoso pellejo. —Con una sonrisa de complicidad la mord-sith se echó la trenza rubia a la espalda—. ¿Nos habéis echado de menos? Espero que no…
— Largo.
La juguetona sonrisa de Cara se marchitó.
— ¿Qué?
— He dicho que os marchéis —repitió Richard, volviéndose hacia la puerta—. ¿O habéis venido a amenazarme con un agiel? Ahora mismo no quiero ver vuestros rostros de mord-sith. ¡Fuera!
Cara tragó saliva.
— No estaremos lejos, por si nos necesitáis —dijo con un hilo de voz. Parecía que acabara de abofetearla. Dio media vuelta y se marchó llevándose consigo a Raina.
Una vez solo, Richard se desplomó en la acolchada silla de cuero situada detrás de una mesa pequeña, negra y reluciente con patas talladas en forma de garras. Por el acre olor del humo supo que lo que quemaba en el hogar era roble; justo lo que se necesitaba en una noche tan desapacible. El joven empujó la lámpara hacia el lado más cercano a la pared, de la que colgaba una serie de paisajes campestres de reducido formato. Aunque el mayor de ellos le cabría en la palma de su mano, todos mostraban grandiosos y magníficos paisajes. Richard contempló esas idílicas escenas deseando que la vida fuera tan sencilla como parecía en esas pinturas.
La llegada de Ulic y Egan, acompañados por el general Reibisch, lo arrancó de sus ensoñaciones. El general lo saludó golpeándose el pecho con el puño.
— Lord Rahl, menos mal que habéis regresado sano y salvo. ¿Habéis tenido éxito?
Richard negó con la cabeza.
— Los rastreadores que me proporcionasteis son muy buenos, pero las condiciones eran imposibles. Logramos seguirles el rastro un tiempo pero se dirigieron a la calle Stentor, en el centro de la ciudad. Desde allí pudieron tomar cualquier dirección. Probablemente fueron hacia el nordeste, hacia Nicobarese. Por si acaso tomaron otra dirección rastreamos un amplio círculo en torno a la ciudad y no hallamos ni rastro de ellos. La búsqueda fue meticulosa y tomó su tiempo, por lo que la tormenta de nieve tuvo tiempo para cubrir su rastro.
El general gruñó pensativo.
— Interrogamos a los hombres que dejó en su palacio. Ninguno sabía adónde había ido su general.
— Tal vez mentían.
Reibisch se acarició con el pulgar la cicatriz que le afeaba un lado de la cara.
— Creedme; no sabían nada.
Richard no deseaba oír los detalles de lo que se había hecho en su nombre.
— Por las pistas que descubrimos al principio fue posible discernir que solamente eran tres: lord general Brogan, su hermana y ese otro hombre.
— Bueno, en vista de que no se llevó consigo a sus hombres, es posible que huyera. Seguramente le disteis tal susto que echó a correr para salvar el pellejo.
Richard tamborileó sobre la mesa con un dedo.
— Es posible. Pero me gustaría saber adónde fue para estar seguro.
— En ese caso, ¿por qué no lo marcasteis con una nube rastreadora o usasteis vuestra magia para seguir sus pasos? Eso es lo que Rahl el Oscuro hacía cuando quería seguir a alguien.
¡Bien que lo sabía Richard! Sabía por experiencia propia, de perseguido, qué era una nube rastreadora. Todo había empezado cuando Rahl el Oscuro pegó a él una nube para encontrarlo cuando quisiera y recuperar el Libro de las Sombras Contadas. Para librarse de esa nube Zedd lo había subido a su roca de mago. Aunque allí encima sintió la magia que fluía por su interior, era incapaz de hacerlo solo. También había visto a Zedd usar polvo mágico para cubrir su rastro y evitar que Rahl el Oscuro los siguiera, pero tampoco sabía cómo.
Si admitía que no tenía ni idea sobre magia, la fe del general Reibisch en él se tambalearía, y eso justo cuando dudaba de la lealtad de sus aliados.
— No es posible usar una nube rastreadora con el cielo lleno de nubes de tormenta. Sería imposible distinguir una de otra. Además, Lunetta, la hermana de Brogan, es una bruja y usaría su magia para ocultar el rastro.
— Qué lástima. —El general se rascó la barba. Al parecer, se había tragado la trola—. Bueno, mi especialidad no es la magia. Para eso os tenemos a vos.
— ¿Cómo va todo por aquí? —inquirió Richard, cambiando de tema.
El general sonrió siniestramente.
— No queda ninguna espada en la ciudad que no sea nuestra. Algunos se resistieron al principio, pero una vez que les explicamos claramente cuáles eran las alternativas, se sometieron sin lucha.
Bueno, al menos algo iba bien.
— ¿Los hombres de la Sangre de la Virtud en el palacio de Nicobarese también?
— Tendrán que comer con los dedos. No les dejamos siquiera una cuchara de metal.
— Perfecto. —Richard se frotó los ojos—. Bien hecho, general. ¿Y qué hay de los mriswith? ¿Se han producido nuevos ataques?
— No desde esa primera noche de sangre. Todo ha estado muy tranquilo. Caray, incluso he dormido mejor que desde hacía semanas. Desde que vos llegasteis ya no he tenido más sueños extraños.
Richard alzó la vista.
— ¿Sueños? ¿Qué tipo de sueños?
— Bueno… —El general se rascaba la barba rojiza—. Es extraño. Ahora no los recuerdo. Eran sueños realmente inquietantes, pero desde que vos llegasteis han desaparecido. Ya sabéis qué ocurre con los sueños: al cabo de un tiempo se desvanecen y uno ni los recuerda.
— Entiendo. —Él tenía la impresión de que todo lo que le sucedía era un sueño o más bien una pesadilla. Ojalá lo fuera—. ¿Cuántos hombres perdimos en el ataque de los mriswith?
— Casi trescientos.
Richard sintió un hondo vacío en el estómago y se tapó la cara con la mano.
— No sabía que fuesen tantos. No imaginaba que hubiese tantos cuerpos.
— Bueno, es que están los otros.
— ¿Otros? ¿Qué otros?
— Los de ahí arriba —respondió el general, que señalaba hacia las montañas—. Ochenta hombres más cayeron en el camino que conduce al Alcázar del Hechicero.
Richard giró el cuerpo y miró a través de la ventana. Solamente se distinguía la silueta del Alcázar, que se recortaba contra el cielo color violeta oscuro. ¿Acaso los mriswith trataban de penetrar en el Alcázar? Queridos espíritus, si era eso, ¿qué podría hacer él para impedirlo? Kahlan le había contado que el Alcázar estaba resguardado con poderosos conjuros pero tal vez no podrían contener a unos seres como los mriswith. ¿Para qué querrían ellos entrar en el Alcázar?
Se dijo que no debía dejarse llevar por la imaginación; los mriswith habían asesinado a soldados y civiles por toda la ciudad. Zedd estaría de regreso en unas pocas semanas y sabría qué hacer. ¿Semanas? No, probablemente tardaría un mes, o dos. ¿Podría esperar tanto?
Quizás él mismo debería ir a echar un vistazo. Aunque tal vez eso fuera insensato. El Alcázar era un centro de magia poderosa, y él de magia solamente sabía que es peligrosa. Ya tenía bastantes problemas; ¿para qué buscarse más tratando de entrar? No obstante, continuaba pensando que tal vez fuera conveniente echar un vistazo. Quizá sería lo mejor.
— Ha llegado vuestra cena —anunció Ulic.
— ¿Qué? —Richard se volvió—. Oh, gracias.