La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
— Sí, eso he oído, aunque personalmente no puedo saberlo. Mi madre no poseía el don; éste se saltó una generación. Pero en cambio tu madre lo tenía, ¿verdad?
— Así es. —Dulcinia se besó el dedo anular al tiempo que susurraba una plegaria al Creador. Era un acto de súplica y devoción muy frecuente pero que solía hacerse en privado—. Se está haciendo tarde, Prelada. No os entretenemos más.
Verna sonrió.
— Sí, buenas noches.
Dulcinia ejecutó una reverencia.
— Mañana por la mañana, después de consultarlo con la hermana Leoma, me ocuparé del asunto de la muchacha embarazada y el joven mago, tal como habéis ordenado.
— ¡Ah! —Verna enarcó una ceja—. ¿De modo que ahora la hermana Leoma está por encima de la Prelada?
— No, no, Prelada —balbució Dulcinia—. Es sólo que a la hermana Leoma le gusta que yo… Creí que queríais que informara a vuestra consejera de vuestra decisión… para que no la pillara… por sorpresa.
— La hermana Leoma es mi consejera, Hermana. La informaré personalmente de mis decisiones si lo considero conveniente.
Phoebe contemplaba en silencio el intercambio de palabras girando la cabeza ora a la derecha ora a la izquierda.
— Se hará como deseéis, Prelada —dijo Dulcinia—. Os ruego que perdonéis mi… afán por seros de utilidad, Prelada.
Verna se encogió de hombros lo mejor que pudo, cargada como estaba con la pila de informes.
— Lo comprendo, Hermana. Buenas noches.
Afortunadamente ambas se marcharon sin discutir. Refunfuñando, Verna transportó el montón de papeles a su despacho y lo depositó pesadamente sobre su mesa, al lado de la pila que le quedaba por revisar. Armada con un trapo Millie limpiaba un rincón que nadie, ni en un siglo, se molestaría en comprobar si estaba sucio.
Excepto por los comentarios de Verna entre dientes y el sonido del trapo con el que Millie frotaba, el despacho débilmente iluminado se hallaba en silencio. Verna se acercó a un estante situado cerca de donde la criada, de rodillas, se afanaba y pasó un dedo por los libros, aunque sin ver realmente los títulos dorados grabados en los desgastados lomos de las antiguas cubiertas de piel.
— ¿Cómo sientes esta noche tus viejos huesos, Millie?
— Oh, si empiezo a hablar, Prelada, no tardaríais en posar vuestras manos sobre mí para tratar de curar lo que no tiene remedio. La edad, ya sabéis… —Con una rodilla movió el cubo, disponiéndose a frotar otro trozo de la alfombra—. Todos nos hacemos viejos. Supongo que es voluntad del Creador, pues ningún mortal puede remediarlo. No obstante, he tenido una vida más larga de lo normal por trabajar en palacio. —La lengua le asomó por una comisura de la boca al frotar con más fuerza—. Sí, el Creador me ha concedido más años de los que realmente hubiera necesitado.
Verna siempre había visto a la enérgica mujercita afanada haciendo algo. Incluso cuando hablaba quitaba el polvo con brío, frotaba algo con el pulgar o arrancaba con la uña una mota de suciedad que nadie más podía ver.
Verna eligió un libro y lo abrió.
— Bueno, sé lo mucho que la prelada Annalina apreció contar contigo todos esos años.
— Sí, fueron muchos años. Creador mío, muchos, muchos años.
— Estoy descubriendo que una Prelada tiene muy pocas oportunidades para tener amigos. Me alegro de que ella contara contigo y estoy segura de que también para mí será un consuelo tenerte cerca.
Millie masculló una maldición por una pizca de suciedad que se le resistía.
— Oh sí, solíamos charlar hasta muy tarde. Vaya, era realmente una mujer maravillosa: sabia y amable. Escuchaba a todo el mundo, incluso a la vieja Millie.
Verna sonrió mientras distraídamente pasaba las páginas del libro, una obra sobre arcanas leyes de un reino tiempo atrás desaparecido.
— Fuiste muy amable al ayudarla con el anillo y la carta.
Millie alzó la vista y sus finos labios dibujaron una sonrisa. Incluso dejó de frotar.
— Ah, así que vos también estáis interesada en eso, como las otras.
— ¿Otras? —Verna cerró el libro de golpe—. ¿Qué otras?
Millie sumergió el trapo en el agua jabonosa.
— Pues las Hermanas, Leoma, Dulcinia, Maren, Philippa, las otras. Ya sabéis quiénes, estoy segura. —La mujercita se lamió la yema de un dedo y limpió una pequeña mancha en la oscura madera, cerca del suelo—. Hubo otras que no recuerdo. La edad, ya sabéis. Todas vinieron a verme después del funeral. No juntas, claro está —añadió con una risita—. Vinieron una a una y sus ojos escrutaban las sombras mientras me preguntaban lo mismo que vos.
Verna ya no fingía ningún interés en los libros.
— ¿Y qué les dijisteis?
Millie escurrió el trapo.
— Pues la verdad; la misma que os diré a vos, si es que deseáis oírla.
— Sí —replicó Verna, recordándose a sí misma que debía suavizar el tono—. Puesto que ahora yo soy la Prelada, creo que debería saberlo. ¿Por qué no descansas un rato y me lo cuentas?
Lanzando un gruñido de dolor, Millie se puso trabajosamente en pie y fijó su aguda mirada en Verna.
— Os lo agradezco, Prelada, pero tengo trabajo por hacer, ya sabéis. No quisiera que me tomarais por una holgazana que se dedica a parlotear cuando debería estar trabajando.
Verna dio una palmaditas en la espalda a la enjuta mujercita.
— Tranquila, Millie, jamás pensaría eso de ti. Cuéntame.
— Bueno, la prelada Annalina estaba en su lecho de muerte cuando la vi. También solía limpiar los aposentos de Nathan, ¿sabéis?, y allí era donde la veía. La Prelada sólo confiaba en mí para acercarme al Profeta, y no puedo decir que la culpe. El Profeta siempre era muy amable conmigo, excepto cuando lanzaba sus ataques, a gritos claro. No iban dirigidos contra mí, sino por su situación de prisionero durante tantos años. Supongo que eso acaba pasando un precio.
— Me imagino que era doloroso ver a la Prelada en ese estado.
— No os podéis hacer una idea —respondió la criada, posando una mano sobre el brazo de Verna—. Me rompía el corazón. Pero, pese al dolor, la Prelada conservaba el buen humor.
Verna se estaba mordiendo la parte interior de los labios.
— Me contabas sobre el anillo y la carta.
— Oh sí. —Millie parpadeó, extendió una mano y quitó una pelusilla de la hombrera del vestido que llevaba Verna—. Deberíais dejar que os lo cepillara. Si no, van a pensar que…
Verna la interrumpió cogiéndole la estropeada mano.
— Millie, esto es importante para mí. ¿Podrías decirme cómo llegó hasta ti el anillo?
Millie sonrió con gesto de disculpa.
— Ann me dijo que se estaba muriendo. Eso mismo dijo, sin rodeos: «Millie, me estoy muriendo». Yo lloraba desconsoladamente. Hacía mucho tiempo que éramos amigas. Ella sonrió y me cogió la mano, como vos acabáis de hacer, y me dijo que quería que hiciese una última cosa para ella. Se quitó el anillo del dedo y me lo entregó. En la otra mano me puso una carta sellada con cera que llevaba grabada el dibujo del sol.
»Me dio instrucciones para que, durante el funeral, colocara el anillo sobre la carta, encima del pedestal que debía poner allí. Me advirtió que, sobre todo, no colocara el anillo sobre la carta hasta el final o la magia que había conjurado alrededor me mataría. Me recordó varias veces que no los pusiera en contacto hasta tenerlo todo listo. Me indico los pasos que tenía que seguir y el orden. Y eso hice. Después de que me entregara el anillo, ya no volví a verla.
Verna miró por las puertas abiertas hacia el jardín que aún no había tenido tiempo de visitar.
— ¿Cuándo fue eso?
— Eso es algo que ninguna de las otras Hermanas me preguntó —murmuró Millie para sí. Se frotó el labio inferior con uno de sus delgados dedos en un movimiento de vaivén—. Veamos. Fue hace bastante tiempo. Antes incluso del solsticio de invierno. Sí, fue justo después del ataque, el día que partisteis con el joven Richard. Oh, ése sí que era un buen muchacho. Siempre risueño y amable. Cuando me veía me sonreía y me saludaba cortésmente. La mayoría de los otros muchachos ni siquiera me ven aunque me tengan delante, pero el joven Richard siempre me veía y tenía una palabra amable para mí.