La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
— Naturalmente, Prelada. ¿De qué se trata?
Verna colocó el informe que llevaba en la mano encima de la mesa de Dulcinia, para que fuese lo primero que viera a la mañana siguiente.
— Es una solicitud de ayuda para una joven y su familia. Uno de nuestros jóvenes magos va a ser padre.
— ¡Oh, es maravilloso! —exclamó Phoebe—. Recemos para que, por la gracia del Creador, sea un niño y nazca con el don. Hace… bueno ya no sé ni el tiempo que hace que no nace en la ciudad un bebé con el don. Quizás esta vez…
La ceñuda expresión de Verna le impuso silencio.
— Quiero ver a esa joven y al joven responsable de lo ocurrido —dijo a la hermana Dulcinia—. Mañana concertaréis una cita. Tal vez, puesto que solicitan muestra ayuda, los padres de ella también deberían estar presentes.
— ¿Hay algún problema, Prelada? —inquirió la hermana Dulcinia con mirada inexpresiva, aunque se notaba que estaba desconcertada.
— Yo diría que sí. Uno de nuestros pupilos ha dejado embarazada a esa muchacha.
Dulcinia dejó la taza de té en una esquina de la mesa y dio un paso hacia la Prelada.
— Pero, Prelada, precisamente por eso permitimos que nuestros estudiantes vayan a la ciudad. No sólo se liberan de sus impulsos, para concentrarse mejor en sus estudios, sino que de vez en cuando, conseguimos otro niño bendecido con el don.
— No autorizaré que el palacio se entrometa en la creación y en las vidas de inocentes.
— Prelada —replicó la Hermana, contemplando con sus ojos azules a la Prelada de la cabeza a los pies. Verna llevaba un sencillo vestido oscuro—, los hombres sienten impulsos incontrolables.
— Y yo también, pero con la ayuda del Creador hasta el momento he logrado no estrangular a nadie.
La risa de Phoebe enmudeció al instante con una fulminante mirada de Dulcinia.
— Prelada, los hombres son distintos. No son capaces de controlarse. No es más que una inocente diversión que les permite concentrarse en las lecciones. El palacio puede permitirse perfectamente la recompensa. Es un pequeño precio a cambio de lograr, de vez en cuando, un joven mago.
— Nuestra misión es enseñar a esos jóvenes a usar el don de un modo responsable, con comedimiento, siendo plenamente conscientes de las consecuencias de sus actos mágicos. Si en otros aspectos de su vida los animamos a actuar de un modo totalmente opuesto, saboteamos nuestras propias enseñanzas.
»En cuanto a que, de vez en cuando de esas uniones indiscriminadas nazca un bebé con el don, no hay ninguna prueba de que sea beneficioso. Tal vez, si los estudiantes actuaran de manera más responsable y controlada, sus futuros emparejamientos selectivos darían como fruto un porcentaje mucho mayor de bebés con el don. Por lo que sabemos, su comportamiento lascivo podría estar diluyendo su capacidad para transmitir el don.
— O, por el contrario, desarrollándola hasta su máximo potencial, por bajo que sea.
Verna se encogió de hombros.
— Es posible. No obstante, los pescadores que pescan en el río no faenan toda la vida en el mismo sitio sólo porque un día cogieron allí un pescado. Y puesto que también nosotras tratamos de pescar nuevos peces, creo que ya es hora de que cambiemos de sitio.
La hermana Dulcinia enlazó las manos y se armó de paciencia.
— Prelada, el Creador bendice a todos con una naturaleza determinada, que no es posible cambiar. Hombres y mujeres seguirán buscando su placer.
— Pues claro, pero mientras el Palacio de los Profetas siga pagando el precio de los resultados estaremos promoviendo tal comportamiento. Si no hay consecuencias, no hay autocontrol. ¿Cuántos niños han crecido sin padre porque damos a las jóvenes oro? ¿Es que el oro reemplaza el cariño paterno? ¿Cuántas vidas hemos alterado, para peor, con nuestro oro?
— Nuestro oro los ayuda —declaró Dulcinia, extendiendo las manos en gesto de consternación.
— Nuestro oro alienta a las mujeres de la ciudad a actuar de manera irresponsable y acostarse con nuestros estudiantes para asegurarse una vida cómoda sin trabajar. Con nuestro oro, estamos degradando a toda esa gente. —Con un amplio gesto de la mano indicó que se refería a todos los habitantes de la ciudad—. Los hemos convertido en poco más que en animales de cría.
— Llevamos usando este método durante miles de años para ayudar a aumentar el número de poseedores del don. Ya casi no nace ninguno.
— Lo sé, pero las Hermanas de la Luz somos maestras, no criadoras. Debido a nuestro oro, esas muchachas no tienen hijos por amor sino por codicia.
Este argumento dejó muda a Dulcinia, pero enseguida se recuperó:
— Seríamos crueles si les negáramos ayuda con un poco de nuestro oro. Las vidas son más importantes que el dinero.
— He leído los informes y estamos hablando de algo más que un «poco» de oro. Pero ésa no es la cuestión; la cuestión es que estamos utilizando a nuestros semejantes, a otros hijos del Creador como si fuesen ganado y, al hacerlo, fomentamos el desprecio hacia determinados valores.
— ¡Pero nosotras enseñamos a los jóvenes valores! En cuanto creación suprema del Creador, las personas responden cuando se les enseñan valores porque poseen inteligencia suficiente para comprender su importancia.
Verna suspiró.
— Hermana, imaginad que predicásemos la sinceridad y, al mismo tiempo, entregásemos un penique por cada mentira. ¿Cuál creéis que sería el resultado?
Phoebe rió cubriéndose la boca.
— Apuesto a que no tardaríamos en arruinarnos —comentó.
— Nunca os creí capaz de la crueldad de dejar que un recién nacido, una criatura del Creador, se muriera de hambre —afirmó la hermana Philippa con mirada glacial.
— El Creador ha dado a las madres pechos para amamantar a sus hijos, no para arrebatar el oro de palacio.
Dulcinia se ruborizó hasta la raíz de los cabellos.
— ¡Pero los hombres sienten impulsos incontrolables!
— Esos impulsos solamente son verdaderamente incontrolables cuando una bruja le echa un hechizo —replicó Verna, bajando la voz, indignada—. Ninguna Hermana ha hechizado a ninguna mujer de la ciudad. ¿Debo recordaros que cualquier Hermana que osara hacerlo tendría suerte si se la expulsaba de palacio, en vez morir colgada? Como bien sabéis, un sortilegio amoroso equivale a una violación.
Dulcinia se había quedado blanca.
— Yo no estoy diciendo que…
— Si mal no recuerdo, la última vez que se descubrió a una Hermana lanzar un sortilegio de amor fue… —La Prelada alzó la vista al techo, pensativa—. ¿Hace cuánto? ¿Cincuenta años?
Dulcinia ya no sabía adónde mirar.
— Yo era una novicia, Prelada, no una Hermana.
— Si mal no recuerdo, formasteis parte del tribunal. —Verna no apartaba los ojos de ella. Dulcinia asintió—. Y votasteis a favor de que la colgaran. No era más que una pobre muchacha que apenas llevaba unos años en palacio, y votasteis su muerte.
— Es la ley, Prelada —respondió la Hermana, con la cabeza gacha.
— Es la máxima pena que contempla la ley.
— Otras votaron lo mismo que yo.
— Lo sé. Hubo un empate de seis contra seis, y la prelada Annalina deshizo el empate al votar que se desterrara a la joven.
Finalmente los penetrantes ojos azules de Dulcinia buscaron los de la Prelada.
— Sigo pensando que se equivocó. Valdora juró venganza eterna; prometió que destruiría el Palacio de los Profetas, escupió a la Prelada a la cara y juró que un día la mataría.
— Dulcinia, siempre me he preguntado por qué fuiste elegida para formar parte del tribunal.
La Hermana tragó saliva.
— Porque yo era su maestra.
— ¿De veras? Eras su maestra. —Verna chasqueó la lengua con desprecio—. ¿Dónde crees que Valdora aprendió a conjurar hechizos de amor?
Dulcinia recuperó el color de la tez de golpe.
— No logramos averiguarlo con total certeza. Seguramente fue su madre. Muchas veces la madre enseña a la joven bruja tales cosas.