La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
— Prelada, me temo que no habéis dedicado a este asunto la reflexión que se merece. Tal vez si lo meditáis un poco más os daréis cuenta de que tres mil años de resultados son suficiente aval de su necesidad.
Un codo de Verna descansaba sobre la mesa y apoyaba el mentón en la palma de la mano al mismo tiempo que echaba un vistazo a un informe, de modo que era imposible mirarla sin reparar en el anillo en forma de disco solar, símbolo de su cargo. No obstante, levantó la vista sólo para asegurarse de que, efectivamente, la hermana Philippa la miraba.
— Gracias por vuestro sabio consejo, Hermana, pero ya lo he meditado suficientemente. Es absurdo seguir buscando agua en un pozo ya seco; solamente se consigue estar más sediento, lo cual aumenta las esperanzas pero no da resultados.
La exótica faz de la hermana Philippa, con oscuros ojos y nariz delgada y recta, raramente demostraba emoción, pero Verna detectó una ligera tensión en los músculos de su estrecha mandíbula.
— Pero, Prelada… no podremos determinar si un joven progresa como debe o si ya ha aprendido lo suficiente para que se le quite el rada’han. No hay otro modo.
La Prelada hizo una mueca ante lo que leía. Dejó el informe a un lado, ya se ocuparía de eso más tarde, y dedicó toda su atención a su consejera.
— ¿Cuántos años tenéis, Hermana?
— Cuatrocientos setenta y nueve, Prelada —respondió Philippa sin que la mirada le flaqueara.
Verna tuvo que admitir que sentía un poco de envidia. Aunque ella era trescientos años más joven, de hecho, por su aspecto nadie lo hubiera dicho. Los veinte años pasados lejos del embrujo de palacio le habían costado un tiempo que nunca recuperaría. Ella jamás dispondría de una vida tan larga como la de Philippa para aprender.
— ¿Y cuántos de esos años habéis permanecido en el Palacio de los Profetas?
— Cuatrocientos setenta, Prelada. —La ligera inflexión en la palabra «prelada» hubiese pasado inadvertido a alguien no avisado. Pero Verna lo esperaba.
— O sea, ¿me estáis diciendo que el Creador os ha concedido cuatrocientos setenta años para aprender a servirlo, a trabajar con los muchachos, enseñarlos a controlar el don así como convertirse en magos, y después de todo ese tiempo no sois capaz de evaluar a los estudiantes?
— No, Prelada, no es exactamente eso lo que…
— ¿Estáis tratando de decirme que todas las Hermanas de la Luz de palacio son incapaces de decidir si un joven, que ha estado bajo nuestra tutela casi doscientos años, está listo para seguir adelante sin antes someterlo a una brutal prueba de dolor? ¿Tan poco confiáis en las Hermanas? ¿Tan poca fe tenéis en la sabiduría del Creador a la hora de elegir a sus servidores? ¿Me estáis diciendo que el Creador nos eligió, que nos ha dado colectivamente miles de años de experiencia y, pese a ello, somos demasiado estúpidas para cumplir su voluntad?
— Creo que tal vez la Prelada está…
— Permiso denegado. Infligir ese tipo de dolor con el rada’han es un modo indecente de usarlo. Se puede destrozar una mente humana. Algunos jóvenes incluso han muerto en esas pruebas.
»Decid a esas Hermanas que espero que me presenten propuestas para evaluar a los jóvenes sin que haya sangre, vómitos ni gritos de por medio. Podríais incluso sugerirles algo revolucionario como… oh, no sé, tal vez hablar con los jóvenes. A no ser que las Hermanas teman ser engañadas, en cuyo caso espero que lo admitan en un informe que me será entregado y quedará archivado.
La hermana Philippa guardó un momento silencio. Probablemente consideraba la conveniencia de seguir discutiendo. Al fin, se inclinó de mala gana.
— Una decisión muy sabia, Prelada. Gracias por iluminarme.
Se daba media vuelta para marcharse cuando Verna la detuvo.
— Hermana, sé cómo os sentís. A mí me enseñaron lo mismo que a vos, y creía en ello. Pero un joven de apenas veinte años me mostró lo equivocada que estaba. A veces el Creador nos muestra su Luz de un modo que no esperamos, pero confía en que estemos preparadas para recibir su sabiduría, sea de quien sea.
— ¿Os referís al joven Richard?
Con la uña del pulgar Verna jugueteó con los irregulares bordes de la pila de informes que aún tenía que revisar.
— Sí. Lo que aprendí, Philippa —añadió, abandonando su tono oficial—, es que esos jóvenes, esos magos, son enviados a un mundo que los pondrá a prueba. El Creador espera de nosotras que decidamos si les hemos enseñado a soportar con integridad el dolor que verán y sentirán. Con esto. —Se dio golpecitos en el pecho—. Es con el corazón que tenemos que determinar si serán capaces de tomar las dolorosas decisiones que a veces el Creador nos impone. Ése es el significado de la prueba de dolor. Su capacidad para soportar la tortura no nos dice nada sobre su corazón, su valor ni su compasión.
»Tú misma, Philippa, has pasado una prueba de dolor. Estabas dispuesta a luchar por el cargo de Prelada. Durante cuatrocientos años te esforzaste por alcanzar esa meta. Pese a que los acontecimientos te han jugado una mala pasada, nunca he oído de tus labios una palabra amarga aunque cada vez que me miras debes de sentirte dolida. En vez de eso, me aconsejas lo mejor que puedes para que desempeñe correctamente mi trabajo y, pese a ese dolor, defiendes los intereses de palacio.
»¿Me servirías mejor si hubiera insistido en torturarte para que te convirtieras en mi consejera? ¿Hubiera servido de algo?
El rubor cubría las mejillas de Philippa.
— No te mentiré diciendo que estoy de acuerdo contigo, pero al menos ahora entiendo que, realmente, has estado sacando tierra del pozo seco, que no es que te des por vencida porque no quieras dudar. Cumpliré tus indicaciones al instante, Verna.
— Gracias, Philippa —le agradeció con una sonrisa.
También Philippa esbozó un amago de sonrisa.
— Hay que ver el revuelo que armó Richard. Yo pensaba que iba a matarnos a todas y, al final, resultó que ha sido el mejor amigo que haya tenido el Palacio de los Profetas en los últimos tres mil años.
Verna soltó la carcajada.
— Si supieras cuántas veces tuve que rezar para contenerme y no estrangularlo…
Cuando Philippa abrió la puerta para irse, Verna vio que Millie esperaba en la oficina exterior permiso para entrar y limpiar. Verna se estiró, bostezó, cogió el informe que había dejado a un lado y se dirigió a la puerta. Tras indicar con una seña a Millie que entrara en su despacho, dirigió la atención a sus dos administradoras, las Hermanas Dulcinia y Phoebe.
Antes de que pudiera abrir la boca, la hermana Dulcinia se le acercó con otra pila de papeles.
— Si habéis acabado, Prelada, tenemos éstos para que los reviséis.
Verna cogió el montón, que pesaba como un bebé, y se lo apoyó en una cadera.
— Muchas gracias. Es tarde. ¿Por qué no os marcháis a descansar?
— No, no, Prelada. Si no os importa, me encanta trabajar y…
— Y mañana será otro día muy largo. Tienes que estar descansada para rendir bien. Vamos, marchaos las dos.
Phoebe tomó un fajo de papeles. Seguramente trabaja en sus habitaciones. Era como si disputaran una carrera: cuando sospechaba que existía la remota posibilidad de que Verna se pusiera al día, trabajaba frenéticamente para producir más papeleo como por arte de magia. Dulcinia cogió una taza de té de encima de su escritorio pero no se llevó ningún documento. Dulcinia trabajaba a un ritmo más pausado, sin apresurarse para ir por delante de la Prelada. No obstante eso, invariablemente se sacaba de dentro de la manga pilas de informes debidamente clasificados y anotados. No había ni la más remota posibilidad de que Verna se pusiera al día; de hecho, cada día que pasaba se acumulaba más trabajo pendiente.
Ambas Hermanas se despidieron con sus buenos deseos de que el Creador concediera a la Prelada una noche de sueño tranquilo.
Verna esperó que llegaran a la puerta antes de decir:
— Por cierto, hermana Dulcinia, hay un pequeño asunto del que quisiera que os ocuparais mañana.