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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– ¡Viva D’Anton!

Gabrielle se giró, asombrada y complacida. El grito fue coreado por los asistentes.

– Se trata de unos cuantos cordeliers -dijo Camille con pesar-, pero pronto será toda la ciudad.

Al cabo de unos minutos concluyó la ceremonia y comenzaron los festejos. Georges se acercó a su esposa y la abrazó.

– Estaba pensando -dijo Camille-, que ya va siendo hora que le quites el apóstrofo a tu apellido. En estos tiempos queda fuera de lugar.

– Puede que tengas razón -respondió Georges-. Lo haré poco a poco, no es necesario proclamarlo a los cuatro vientos.

– No, debes hacerlo enseguida -insistió Camille-. Para que nadie se confunda.

– Eres un déspota -dijo Georges-Jacques afectuosamente. Luego se giró hacia su esposa y le preguntó-: ¿Qué te parece?

– Haz lo que te parezca mejor -contestó Gabrielle-. Lo que creas más oportuno.

– ¿Y si ambas cosas no coincidieran? -preguntó Camille-. Me refiero a lo que le parezca mejor y lo que crea más oportuno.

– Estoy segura de que coincidirán -respondió Gabrielle-, porque es un buen hombre.

– Una respuesta muy profunda. Georges-Jacques empezará a sospechar que te dedicas a pensar cuando no está en casa.

Camille había pasado el día anterior en Versalles, y por la tarde fue con Robespierre a una reunión en el Club Bretón. Éste se había convertido en el foro de los diputados liberales, los que apoyaban la causa popular y los que recelaban de la Corte. Aquí fue donde se estudiaron todos los detalles del espectacular Cuatro de Agosto. A la reunión asistieron algunos nobles; cualquier hombre cuyo patriotismo estuviera fuera de toda duda era bien recibido, aunque no fuera diputado.

No existía nadie cuyo patriotismo fuera más manifiesto que el suyo. Robespierre le pidió que pronunciara unas palabras. Pero Camille estaba nervioso y tuvo problemas para hacerse oír. Para colmo, aquel día tartamudeaba más que de costumbre. El público se mostró impaciente. Dijeron que no era más que un vulgar orador que sólo servía para arengar a las masas, un anarquista. En resumidas cuentas, su intervención resultó desastrosa. Robespierre permaneció sentado, contemplando las hebillas de sus zapatos. Cuando Camille abandonó la tribuna para sentarse a su lado, Robespierre se limitó a esbozar una sonrisa paciente, tímida, sin alzar la cabeza. No es de extrañar que fuera incapaz de animar a Camille. Cada vez que se levantaba para tomar la palabra en la Asamblea, algunos miembros de la nobleza hacían ver que apagaban una vela o imitaban los balidos de un cordero. Era inútil que intentara consolar a Camille.

Tras finalizar la reunión, Mirabeau subió a la tribuna de oradores y realizó para sus seguidores y partidarios una imitación del alcalde Bailly, tratando de decidir si era lunes o martes; del alcalde Bailly examinando las lunas de Júpiter en busca de la respuesta, para acabar reconociendo (con unas alusiones obscenas) que su telescopio era demasiado pequeño. Camille bostezó un par de veces. Tras concluir su actuación, que fue muy aplaudida, el conde abandonó la tribuna, dio unos golpes en la espalda a algunos compañeros y estrechó unas cuantas manos.

Robespierre dio un golpecito en el codo a Camille y preguntó:

– ¿Nos vamos?

Demasiado tarde. El conde vio a Camille y se precipitó hacia él.

– Estuviste magnífico -dijo, dándole un abrazo-. No hagas caso de esos provincianos. No saben nada. Ninguno de ellos es capaz de hacer lo que hiciste tú. Les infundes terror.

Robespierre se había retirado discretamente hacia el fondo de la sala. Camille parecía entusiasmado ante la perspectiva de aterrar a la gente. ¿Por qué no podía haberle dicho Robespierre lo que le había dicho Mirabeau? En parte, era cierto. Veinte años atrás, Robespierre se había prometido cuidar de Camille, protegerlo, animarlo, pero no tenía el don de pronunciar la frase oportuna en el momento preciso. Las necesidades y deseos de Camille eran para él un libro cerrado, un libro escrito en una lengua que desconocía.

– Ven a cenar -oyó que le decía el conde-. Dile al cordero que nos acompañe. Le invitaremos a un buen plato de carne.

Había catorce comensales a la mesa. Empezaron comiendo carne, y continuaron con rodaballo con una salsa de hierbas, acompañado de berenjenas asadas.

El conde vivía esos días por todo lo alto. Nadie sabía si había vuelto a endeudarse o si había cobrado algún dinero, en cuyo caso cabía preguntarse de dónde procedía. Mantenía una correspondencia secreta con varios personajes. En público solía soltar frases crípticas a la vez que sonoras, y había regalado un brillante a su amante, la esposa de un editor. Esa noche se mostró extremadamente amable con Robespierre. ¿Por qué? Los buenos modales no cuestan nada, pensó. Pero durante las últimas semanas había observado atentamente al diputado, notando la sequedad de su tono, su (aparente) indiferencia a la opinión de los demás y las brillantes ideas que se le ocurrían de vez en cuando.

Mirabeau pasó toda la velada charlando con la Vela de Arras en voz baja y tono confidencial. Si uno se detiene a analizarlo, se dijo, apenas existe diferencia entre la política y el sexo; las dos cosas tienen que ver con el poder. No imaginaba que era la primera persona en el mundo que había llegado a dicha conclusión. Era un problema de seducción, de la rapidez con que uno alcanzaba sus fines sin invertir demasiado dinero en la empresa. Si Camille, pensó, se parecía a uno de esos pequeños tenderos que apenas consiguen llegar a fin de mes, Robespierre era una carmelita decidida a convertirse en la madre superiora. Es imposible corromperla; uno puede agitar la verga bajo sus narices sin conseguir que muestre el menor interés ni curiosidad. ¿Por qué iba a hacerlo, si no tiene ni idea de qué es ni para qué sirve?

Hablaron de si el Rey debía tener el veto sobre la legislación aprobada por la Asamblea. Robespierre se oponía. Mirabeau opinaba que sí, o pensó que podría opinar que sí, si el precio le convenía. Hablaron sobre cómo funcionaban esas cosas en Inglaterra; Robespierre se apresuró a rectificar algunos de los datos que expuso Mirabeau. Este aceptó las correcciones, y cuando su interlocutor le recompensó con su precisa sonrisa triangular, experimentó una extraordinaria sensación de alivio.

Las once. El cordero rabioso se disculpó y salió de la habitación. Al menos demuestra que es mortal, que tiene que orinar como los demás hombres. Mirabeau se sentía extraño, curiosamente sobrio, curiosamente frío. Miró a uno de los ginebrinos que estaba sentado a la mesa. «Ese joven llegará lejos -pensó-. Cree a pies juntillas en todo lo que dice.»

Brulard de Sillery, conde de Genlis, se levantó, bostezó y dijo:

– Gracias, Mirabeau. Ya es hora de tomarse unas copas. ¿Nos acompaña, Camille?

La invitación parecía general. Excluía a dos personas: a la Vela de Arras (que en aquellos momentos estaba ausente) y a la Antorcha de Provenza. Los ginebrinos se disculparon, se levantaron y se despidieron; luego doblaron sus servilletas, cogieron sus sombreros, se ajustaron la corbata y se subieron las medias. De pronto, Mirabeau sintió que los detestaba. Detestaba sus casacas de seda gris, su precisión y su servilismo. Deseaba encasquetarles los sombreros hasta los ojos y lanzarse a la aventura que le ofrecía la noche, acompañado por su sombrero y por un novelista de éxito. Era muy curioso; si había alguien a quien no podía soportar, éste era Laclos, y si existía alguien con quien hubiera deseado emborracharse, ése era Camille. Esos curiosos sentimientos sólo podían ser producto de una velada apacible y abstemia dedicada a cultivar a Maximilien de Robespierre.

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