El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
La ambulancia había apagado la sirena pero las balizas de los coches de policía seguían enviando señales luminosas por la calle Trece.
El joven agente uniformado parecía conmocionado, tenía el rostro verde grisáceo, como si fuera a vomitar.
– Está ahí. Segunda planta. Encima de la galería.
– ¿La encontraste tú? -preguntó Brown.
– Yo y Diaz. -Asintió hacia otro agente que estaba sentado en las escaleras que conducían a la Galería Amanda Lowe-. Ahora hay un par de agentes arriba. -Se mordió el labio, parecía estar al borde de las lágrimas. Brown le dio una palmadita en el hombro antes de entrar en el edificio.
La escena era tan surrealista que Kate apenas era capaz de asimilarla.
Amanda Lowe estaba atada a su elegante mesa de comedor. Seis cuchillos largos en el vientre. Los mangos sobresalían exactamente igual que los cilindros de Lucite de la obra de Kienholz. Sangre en la mesa que goteaba sobre la alfombra, untuosa, como cascadas oleosas. Su cazadora estaba colgada en la pared situada junto a la mesa, igual que en la reproducción. Incluso había una maleta en el suelo.
Un agente estaba agachado al lado de la escena. Se volvió, asintió al reconocer a Mead y dijo:
– Mire esto.
Mead dio un paso. Kate miró por encima del hombro de él.
Justo al lado de la maleta, en la alfombra clara, unas letras temblorosas y desiguales.
Kate miró más de cerca. Estaban escritas con sangre.
ARTISTA DE LA MUERTE
– Dios mío -exclamó Brown-. Le gusta el nombre. -Sí -convino Kate-. Y ahora firma su obra.
34
– Primero lo tenéis y luego no -dijo Clare Tapell-. ¡La prensa está haciendo su agosto con esto, Randy! El alcalde recibe veinte llamadas al día de los peces gordos del mundo del arte que le echan en cara la inseguridad y la ineptitud del cuerpo de policía… y él me llama a mí. -Tapell respiró hondo.
Ya era bastante malo saber que la jefa del departamento no lo tragaba, pero que le regañara delante de su brigada y de otra media docena de detectives de Homicidios era demasiado para Randy Mead.
– Yo no puedo hacer nada si un periodista que va a la escena del crimen levanta la liebre… -Negó con la cabeza, chasqueó la lengua-. Si McKinnon no la hubiera cagado…
Kate ni siquiera rechistó. Siguió contemplando el periódico que tenía sobre las rodillas, no iba a molestarse en responder, o disparar, a un hombre que se estaba ahogando. Pasó una página haciendo ruido.
– McKinnon perseguía a un sospechoso -dijo Brown.
Tapell siguió ensañándose con Mead.
– Tenías que haberte puesto en contacto con Operaciones, Randy. Que hubiera venido un equipo especializado.
– No había tiempo -se quejó Mead.
– Siempre hay tiempo. -Tapell lo miró con indignación. Cruzó los brazos encima de la mesa de reuniones, exhaló un largo suspiro-. Bueno, para empezar.
Control de daños. Ya he dado una rueda de prensa, por lo que no hace falta que ninguno de los presentes, nadie del departamento de policía, diga una sola palabra a la prensa. -Lanzó Una mirada a los agentes-. ¿Entendido? Para continuar, si el artista de la muerte realiza algún movimiento, un ataque de hipo, quiero saberlo. ¿Entendido?
– En cuanto se ponga en contacto conmigo -manifestó Kate-. Pero Randy tiene razón. No había tiempo suficiente.
Mead movió la cabeza en dirección a Kate, la pajarita casi lo estrangulaba, boquiabierto por la sorpresa al ver que ella le defendía.
– El forense dice que Amanda Lowe llevaba muerta menos de una hora cuando encontramos el cadáver -declaró Brown-. Estuvimos muy cerca.
– El «cerca» no cuenta, ¿verdad, detective Brown? -Tapell consultó la hora-. Mitch Freeman del FBI se reunirá con nosotros enseguida. Es un psiquiatra criminalista. Ha repasado los informes y las fotos de las escenas de los crímenes y nos dará su opinión.
– Ya conocemos las manías del tío -dijo Mead.
– Bueno, no nos queda otra opción, Randy. Lo volverás a escuchar todo otra vez.
– ¿Van a asumir el caso? -preguntó Slattery.
– Tenemos que enviar todas las pruebas, viejas y nuevas, a Quantico, mantener al FBI informado día a día y debemos escuchar su opinión -explicó Tapell-. Es lo único que sé ahora mismo.
– He oído hablar mucho de usted -dijo Mitch Freeman cuando le tendió la mano a Kate.
– Ya me lo imagino -dijo Kate.
Freeman debía de tener unos cuarenta y cinco años, el pelo rubio ceniza, las facciones duras. Nada parecido a lo que Kate había imaginado. No llevaba el pelo cortado al uno. Ni traje. Ni adoptaba ninguna pose.
Freeman tomó asiento entre Kate y Brown y esparció sus papeles sobre la mesa.
– Les contaré cómo he hecho su perfil -declaró mientras se ponía las gafas de montura al aire para leer-. Organizado, obviamente. Inteligente, también obvio. No parece perder el control… o todavía no lo ha perdido. Pero podría, ya que los intervalos entre los crímenes disminuyen, o si cree que se están acercando a él.
– Pero parece que le gusta tenernos cerca -manifestó Brown-. ¿Por qué si no está en contacto con McKinnon?
– A algunos tipos de éstos les entusiasma el contacto, les gusta coquetear con la idea de que los van a pillar, porque la publicidad les resulta enormemente excitante. -Freeman se quitó las gafas, se frotó los ojos-. Los criminales inteligentes como su hombre tienden a ser no sólo elocuentes y extrovertidos, sino también sumamente narcisistas. Les gusta llamar la atención.
– ¿Podría estar llevando una doble vida? -preguntó Kate.
– Sin lugar a dudas. Yo diría que dispone de un piso franco desde donde actúa. -Freeman se frotó la mandíbula con la mano-. Al final estos tipos empiezan a fallar. Los organizados acaban por volverse desorganizados. Entonces es cuando la cagan y los pillan.
– ¿Cuánto tardará en ocurrir? -preguntó Tapell.
– No hay forma de saberlo. -Freeman volvió a ponerse las gafas, observó las fotografías de la escena del crimen más reciente, el de Amanda Lowe-. Por desgracia, aquí no parece haber empezado a fallar. De hecho, cada vez es todo más elaborado.
– Disculpe, doctor Freeman. -Kate le colocó una mano sobre el brazo-. Creo que quizá se esté confundiendo en un aspecto.
– Déjele hablar, McKinnon. -Ése fue el comentario de Mead, que no había emitido un solo sonido, aparte de aspirar aire entre los dientes, desde que el psiquiatra de Quantico había aparecido.
– No, por favor… -dijo Freeman.
– Bueno, creo que la complejidad tiene que ver con el arte que el asesino intenta crear, o copiar. Su siguiente «obra» podría ser muy sencilla. Creo que depende totalmente del arte al que hace referencia.
– Entiendo. Por supuesto. -Freeman asintió.
Kate se recogió el pelo detrás de las orejas.
– Estoy absolutamente de acuerdo en que es inteligente y organizado. Pero en vez de considerarlo un psicótico normal y corriente, ¿qué le parece estudiarlo como una personalidad artística?
– Continúe -instó Freeman.
– Los artistas -dijo Kate- son vanidosos pero inseguros. Quieren atención, como dijo usted, pero se ocultan tras sus obras. Les gusta estar solos, pero quieren que el mundo se fije en su obra. Los artistas viven para su trabajo -explicó-. Quizá podamos averiguar ciertas cosas de este tipo a partir de su obra, de su (perdón) su arte.
– ¿Cómo? -preguntó Freeman, mirándola fijamente.
– Bueno, yo diría que tiene una mirada bastante clásica. La muerte de Marat y el cuadro de Tiziano son obras muy clásicas. Incluso el Kienholz, que parece raro, es una pieza muy estructurada, clásica. Además, escoge arte verdadero. No cualquier cosa. Por eso creo que es serio e inteligente. Aunque eso no significa necesariamente que tenga estudios artísticos. Podría ser autodidacta. Si es así, ha tenido acceso a una biblioteca de arte, o a libros de arte, por lo menos. No creo que pueda guardar todos esos detalles artísticos en la cabeza.