El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
Kate levantó un poco el pie. Ya era suyo. No tenía escapatoria en aquel cruce.
En aquel momento las sirenas estaban detrás de ella, las luces le centelleaban en el retrovisor.
Pero el BMW no redujo la marcha; prácticamente voló por la intersección.
«Dios mío. ¿Adónde va?»
Enmarcado por el parabrisas, Kate vio que el BMW viraba a la izquierda con tanta rapidez que el lado derecho se levantó del suelo antes de enderezarse y poner rumbo hacia el oeste a toda velocidad.
El chirrido de los frenos y el rechinar de neumáticos igualaba la estridencia de las sirenas de la policía, cuando todos los vehículos se detuvieron en seco.
Todos excepto el autobús turístico que, tras dejar a los visitantes preparados para dar un tranquilo paseo por la orilla del río, salió de la zona de estacionamiento de los muelles de Chelsea, ajeno a la bala plateada que se precipitaba hacia él a una velocidad suicida.
Demasiado tarde.
El BMW se dobló como un acordeón, la mitad delantera desapareció como si el autobús hubiera abierto sus fauces hambrientas y lo hubiera engullido.
El estruendo fue como el de una gran orquesta sinfónica compuesta totalmente de platillos y tambores con un extraño coro de contraltos que gemían.
Los coches de bomberos obstruían el paso de la calle Veintitrés desde la Décima Avenida hasta el río Hudson. Más de una docena de coches de policía bloqueaba la zona, con las luces encendidas; los agentes, en el exterior de los vehículos, formaban un círculo: rígidos soldaditos de juguete que mantenían alejados a los ávidos de emociones y mirones. Aparecieron dos ambulancias con unas sirenas ensordecedoras. Un par de furgonetas de las cadenas de informativos locales habían conseguido abrirse camino y aparcaron en batería en la acera. Los bomberos apuntaban la manguera al autobús destrozado, del cual subía un vapor comparable al de un géiser. Otro grupo de bomberos abría el BMW con una motosierra. Entre tanto, Kate se había reunido con Floyd Brown.
– Trip está muerto -dijo él con un movimiento de cabeza-. Pero es obvio que ya lo sabes.
Kate asintió, aunque en realidad no le estaba escuchando. Se había girado para ver cómo los bomberos arrancaban la puerta arrugada del BMW y el personal sanitario intentaba extraer el enorme cuerpo de Darton Washington de entre el amasijo de metal humeante y retorcido. Le hicieron una seña para que se acercara.
Kate colocó la mano sobre Washington. El joven médico la miró y le hizo dirigir la mirada hacia la mitad inferior de Washington, donde el borde recortado de lo que podría haber sido el salpicadero le había atravesado las piernas y se las había amputado justo por debajo de las rodillas.
Washington tenía las pupilas dilatadas por la conmoción.
– Tengo frío -susurró.
– Lo arreglaremos -dijo Kate mientras le tapaba el pecho con su americana.
Uno de los médicos le inyectó morfina en el brazo, probablemente la suficiente para matarlo antes de que muriera por culpa de la hemorragia. De todos modos, no era más que cuestión de minutos.
Los periodistas de la televisión estaban acosando a los uniformados, blandiendo micrófonos como si fueran los huesos de los trogloditas.
Brown regresó al trote y se aseguró de que se mantuvieran alejados.
– Alguien ha dicho que era el artista de la muerte -dijo un joven con un pase de prensa de la ABC colgado de la americana de pana-. ¿Está muerto?
– Sin comentarios, chicos -dijo Brown. Se giró para mirar a Kate, quien sostenía la cabeza moribunda de Washington entre los brazos. Le hizo pensar en la Pietà de Miguel Ángel, la Virgen María con Cristo en el regazo. Recordó haber visto la estatua en la Exposición Universal de Nueva York cuando era niño y haber llorado.
Kate intentó sorber un poco de café de un vaso de plástico, pero las manos le temblaban demasiado. Trip estaba muerto. Washington estaba muerto. Kate no sabía qué pensar. Ambos hombres estaban relacionados con todas las víctimas: Elena, Pruitt, Stein. ¿Se habían llevado a la tumba todas las respuestas a sus preguntas?
– Los caminos del Señor son inescrutables -declaró Brown cuando vio cómo cargaban los restos de Darton Washington en la parte trasera de una ambulancia.
– Matar a Trip fue un acto de pasión -afirmó Kate-. Washington la amaba. Quería a Elena.
– Usted también la quería, pero no fue a matar a Trip.
– No -dijo Kate-, pero no me faltaron ganas.
31
Randy Mead tamborileó el borde de la mesa de reuniones con un boli Bic.
– ¿Quién se cree que es, McKinnon? ¿La nueva Super Woman?
En prácticamente cualquier otra circunstancia no se habría cortado en responderle que sí, pero no podía hacerlo mientras pensaba en Darton Washington: la imagen del hombre moribundo en el BMW destrozado se le había quedado clavada para siempre, otra horrible imagen que añadir a su galería tétrica.
– Por casualidad no conseguiría una confesión de Trip en el lecho de muerte, ¿verdad, McKinnon?
– Para cuando lo encontré, ya no podía ni hablar -declaró Kate-. Odio decirlo, pero creo que deberíamos registrar el apartamento de Washington. Para ver si hay algo definitorio que pueda relacionarlo con los asesinatos.
– ¿No es un poco tarde para eso? -dijo Mead.
– No si queremos algo concluyente -afirmó Kate-. Tanto Trip como Washington estaban relacionados con las víctimas. De hecho, Washington podría haber matado a Trip para silenciarlo.
– De acuerdo -convino Mead-. Enviaré un equipo a casa de Washington.
– ¿Y la prensa? Ayer estaban todos en aquel sitio -apuntó Brown-. ¿Cuál va a ser la versión oficial?
– No lo sé. -Mead se pellizcó el puente de la nariz-. Antes tengo que hablar con Tapell. Y usted, McKinnon, tiene que reunirse con la unidad de Investigación de Accidentes y con los de Escena del Crimen. Resulta que su paseíllo en coche afecta a todos los departamentos de la policía de Nueva York. Y necesito tener los papeles de cada uno de ellos encima de la mesa lo antes posible, además de su versión de los hechos que condujeron a la muerte de Trip y Washington.
Seis horas de entrevistas y papeleo. Kate estaba agotada. De todos modos, hizo la excursioncita hasta el estudio de Willie, quería que escuchara de sus labios cómo había muerto su amigo y coleccionista.
Pero llegó demasiado tarde, la televisión se le había adelantado. ¿Cómo era posible que siempre consiguieran las noticias tan rápido?
Kate siguió a Willie con la mirada, mientras éste no paraba de moverse de un punto a otro en el estudio, pisaba cajas de clavos volcados, restos de papel de lija, tubos exprimidos de pintura al óleo.
– Darton me dijo que estabas encima de él, que le acosabas.
– No fue así.
– Pero ahora está muerto. Así que ¿tú cómo llamas a eso?
– Fue un accidente. -Kate se enroscó un rizo de pelo entre los dedos con nerviosismo-. Mira, Willie, Darton mató a Damien Trip. Le disparó a sangre fría y…
– ¿Y qué? ¿Me tengo que sentir mal?
Willie apartó la mirada, se imaginó a Darton Washington en el estudio, la elegancia tranquila del hombre, un hombre parecido a él, salido del gueto, que había hecho algo positivo en la vida, al que le encantaba hablar de música y arte y de lo grande que Willie iba a ser, que le decía que era un «genio». Se volvió hacia Kate, sus ojos verdes eran como el láser frío.
– Trip mató a Elena. La mató. Pensaba que eso era lo que te importaba. El motivo por el que hacías esto.
– Yo… -Kate tartamudeó unos instantes-. Siento tanto como tú lo de Darton.
– No creo -dijo Willie. Se volvió, agachó la cabeza, los hombros encorvados-. Deberías marcharte. -Susurró las palabras tan bajo que Kate apenas las oyó, pero le atravesaron la piel y le llegaron al corazón.