El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
– ¿Qué cono es esto?
Kate le puso al corriente de la situación.
Mead se tiró de la pajarita e hizo una mueca.
– A lo mejor es algo que Trip estaba planeando. Pero no llegó a materializar.
– Yo también lo pensé -dijo Kate-. Pero mira el matasellos. La enviaron urgente desde la central de correos de la calle Treinta y cuatro con la Ocho, ayer a las cuatro y veinticinco de la tarde.
– Y yo todavía estoy esperando el cheque que se supone que mi ex me envió hace una semana. -Slattery negó con la cabeza.
– Encontré a Trip aproximadamente a las cinco -continuó Kate-. Le acababan de disparar. Eso no deja demasiado tiempo para ir desde cerca del centro hasta el Lower East Side.
– Pero es suficiente -dijo Mead-. Si salió de la oficina de correos a las cuatro y veinticinco, llegaría al centro antes de las cinco. Si el tráfico no iba mal podía haberlo hecho en taxi.
– ¿A esa hora? -Kate tamborileó la mesa de reuniones con los dedos enguantados.
– En el metro -apuntó Slattery-. Pero no hay ninguna línea directa. Tendría que haber hecho trasbordo.
– Y caminar varias manzanas -añadió Brown.
– Y entrar en su casa y tener el altercado con Washington -dijo Kate.
– No hace falta demasiado tiempo para disparar a una persona -manifestó Mead-. O podría haber sido obra de Washington. Todavía no podemos descartarlo. -Se dejó caer en una de las sillas de metal-. Pero os escucho. -Había empalidecido-. De todos modos, podría haber sido Trip o Washington. Me refiero a que a lo mejor hay un cadáver por ahí que no hemos encontrado. -Se le quebró la voz, la desesperación había surtido efecto-. Me pondré en contacto con todos los distritos, a ver si han encontrado algo como esto.
Brown se pasó una mano por la cabeza.
– Tenemos que pensar que nuestro desconocido sigue por ahí, Randy. Que Trip no era el hombre que buscábamos… ni Washington.
– ¿Crees que no lo estoy pensando? -Randy Mead parecía estar a punto de echarse a llorar-. ¿Te das cuenta de que los chicos del FBI estaban preparados para intervenir? Se retiraron cuando nuestros dos sospechosos principales, Trip y Washington, murieron. Ahora… -Exhaló un suspiro.
– Hablaré con mi amiga del FBI -dijo Kate-. Mientras tanto, centrémonos en lo que sabemos.
– Bueno, si las reglas han cambiado… -Brown regresó a la imagen alterada de Kienholz-, ¿qué nos dice esto?
– No estoy muy segura -dijo Kate-. Pero esto está dibujado. -Señaló el reloj y el calendario-. O sea que tiene que significar algo. A lo mejor nos da el día y la hora. Ha dibujado las manecillas del reloj en las once. En el calendario ha tachado la mitad de los días del mes hasta hoy.
– ¿Así que podría atacar hoy? Mierda. -Mead chasqueó la lengua.
– Quizá -dijo Kate-. Pero no sabemos si es por la mañana o por la noche.
– Yo voto por la noche -dijo Brown-. Los demás fueron asesinados de noche.
– A lo mejor el tío trabaja durante el día -dijo Kate, reflexionando.
– ¿Y las dos fechas del calendario rodeadas con un círculo? -preguntó Slattery-. El diez y el trece.
– Esas fechas ya han pasado. Podría ser el mes que viene -dijo Mead.
– No creo. -Kate negó con la cabeza-. Queda claro que es mayo.
– Y sería demasiado tiempo para uno de estos tipos -dijo Brown-. Son como ollas a presión. Cuanto más matan, más quieren matar. Los intervalos serán más cortos, no más largos.
– A no ser que no lo hayamos encontrado -dijo Mead-. Y el cadáver nos esté esperando, que fuera obra de Trip, o de Washington.
Kate se dio cuenta de que Mead rezaba para estar en lo cierto. Pero a ella el instinto le decía que se equivocaba.
– Hay otra cosa. ¿Veis esto? -Señaló con el dedo enguantado un pequeño naipe, un comodín, pegado sobre un azulejo del suelo de damero.
– Tal vez sea su símbolo -dijo Brown-. El es un bufón, que juega con nosotros.
– Podría ser. -Kate intentó racionalizarlo-. Pero podría tratarse de algo totalmente distinto.
– ¿Como por ejemplo? -inquirió Mead.
Kate se encogió de hombros.
– Todavía no lo sé.
Mead se apartó de la mesa.
– Si lo ha enviado él y sigue vivo, tenemos un pequeño margen si es que no va a dar el golpe hasta las once de esta noche. Mientras tanto, hagamos todo lo que podamos. Pongámonos en contacto con todas las comisarías, veamos si ha habido alguna muerte relacionada con abortos, algo parecido a esto de lo que no nos hayamos enterado. Brown, Slattery, formad un equipo, empezad a llamar. -Se volvió hacia Kate-. Y usted, señora artista, quiero que estudie esa reproducción como si la vida de su madre estuviera en juego.
33
No era exactamente el tipo de fiesta que Amanda Lowe tenía en mente. Otra decepción. Pero bueno, la mayoría de las cosas lo era.
¿Por qué ocurría?
Ahí estaba ella, una de las mejores marchantes de arte en la mejor ciudad de artistas, en el mercado artístico más importante, en el que representaba a una docena de los mejores artistas jóvenes, bueno, ocho de los doce (y los otros cuatro no durarían demasiado en el mundillo) y aun así, se sentía… ¿cómo? ¿Insatisfecha? ¿Deprimida? ¿Sola? Quizá las tres cosas a la vez.
¿Cómo era posible? Tomaba el dichoso Zoloft religiosamente. Pero, aun así, seguía sintiendo ese leve malestar, una especie de hastío que parecía estropearlo todo.
Todo menos una buena venta. Eso sí que le gustaba. Incluso la hacía feliz. Durante un rato. Igual que el día anterior, cuando vendió dos cuadros de WLK Hand a la pareja alemana, sin que los hubieran visto, sólo por decirles que había lista de espera para la obra, cuando no la había. Si había algo que Amanda Lowe sabía hacer era crear un mercado. Se creía capaz de vender prácticamente cualquier cosa.
Entonces ¿por qué, esa noche, después de una fiesta de lo más in, en una sala privada del local más moderno del Meat Market, rodeada de todas las estrellas y coleccionistas del mundo del arte, y unos cuantos aspirantes para besarle el culo, Amanda Lowe se sentía tan mal?
No era sólo que cumplía cuarenta y siete años y se iba a casa sola. Joder, si hubiera querido echar un polvo, habría podido recurrir a algún joven artista en ciernes más que dispuesto a acompañarla a casa. No, no era eso. Entonces ¿qué era?
La calle Trece estaba bastante desierta, sólo unos cuantos veinteañeros en el otro extremo de la calle, riendo. Amanda Lowe los aborreció al instante, por su juventud, por la belleza que les suponía, por la prometedora vida que se extendía ante ellos. Le entraron ganas de gritar: «¡Ya veréis. Todo acabará siendo una mierda!» Pero se limitó a apartar la mirada, bajó la calle corriendo y conteniendo la respiración. Se preguntó cuándo esos horribles carniceros y abastecedores de carne al por mayor dejarían el barrio obligados por el aumento de los alquileres y… se llevarían su peste con ellos. No sería lo suficientemente pronto para ella.
Aunque no hacía mucho frío, un escalofrío recorrió el cuerpo escuálido de Amanda Lowe, como si, durante un instante, algo la hubiera atravesado. Un espíritu, o… Se arropó con su cazadora negra de Prada, se abrazó el torso huesudo con sus brazos delgados y aceleró el paso.
La persiana metálica, que protegía la enorme vidriera teñida de verde que revestía la fachada de su galería, estaba bajada durante la noche. Eso la entristecía. Como si lo único que le importaba, su negocio de arte, estuviera encarcelado, enjaulado.
Una vez en el interior se peleó con el viejo montacargas -una de las desventajas de ser la única propietaria del edificio- y por fin logró que quedara casi nivelado con su suelo de paneles de roble anchos.
Entró. Accionó un interruptor. La luz fría de las lámparas halógenas iluminó el espacio desnudo de trescientos metros cuadrados que sólo compartía con un gato siamés que guardaba un parecido considerable con su dueña. Consultó su reloj Piaget. Las diez y cuarto. Por lo menos llegaba a casa temprano.