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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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¿Qué había ocurrido exactamente? ¿Había llegado el asesino e interrumpido el baño de Bill? Pruitt se habría enfundado un albornoz para abrir la puerta. ¿Y entonces qué? Lucharon. Se pelearon. El hombre arrastró a Bill hasta la bañera, ¿lo mantuvo sumergido hasta que se murió? ¿O le dio una paliza, llenó la bañera y luego lo lanzó al interior? Pruitt estaba colocado. No habría opuesto demasiada resistencia.

Kate intentó imaginarse la noche. Pruitt muerto, su cadáver dispuesto como el cuadro de La muerte de Marat. Luego el asesino debió de recorrer el apartamento para buscar su recuerdo. ¿El retablo estaría a la vista? No, probablemente estaba escondido. Al fin y al cabo era una obra de arte robada. Por tanto, el tipo se tomó su tiempo para rebuscar entre las pertenencias de Pruitt.

Kate intentó seguir la misma ruta que el asesino. Pasó del cuarto de baño al dormitorio.

La policía lo había dejado patas arriba: el triste colchón desnudo, ligeramente combado en el centro; el armario abierto, los trajes de vestir y las americanas revueltas, unos pantalones gris marengo en el suelo, arrugados sobre varios pares de zapatos, cuellos de camisa, mocasines con borlas, náuticos, los cajones de la cómoda como pequeñas tumbas abiertas y su contenido -camisas blancas y azules perfectamente lavadas y planchadas con las iniciales WMP en el bolsillo, junto con nueve o diez pares de calcetines negros y, por lo menos, una docena de calzoncillos tipo bóxer blancos y almidonados- esparcido por el suelo.

Nada como morir para que la vida de una persona quede desnuda, para que sus pertenencias se traten con desprecio, pensó Kate. Miró en las mesitas de noche, abrió los cajones. No quedaba nada de valor, sólo un paquete de condones lubricados sin abrir, medio paquete de pastillas de menta blanca, un cortaúñas.

Kate volvió del dormitorio al cuarto de baño y de nuevo a la biblioteca. Pero no sirvió de nada.

La sala de estar era la única estancia que la policía no había saqueado. Kate se detuvo un momento para admirar un cuadro. Ya, total, podía permitírselo, no tenía nada más que hacer. Un paisaje de Monet, su jardín de Giverny. Pero la sala oscura engullía gran parte de los detalles. Kate descorrió las gruesas cortinas para echarle un vistazo. La luz inundó la habitación.

Se entretuvo unos minutos, clavó la mirada en la pintura de impasto de Monet y en el color suntuoso, y cuando se volvió para marcharse observó que la luz hacía resaltar el relieve de terciopelo en forma de flor de lis del papel pintado, el grano de la madera oscura del revestimiento, el detalle de las alfombras orientales y algo más que asomaba por el borde de la alfombra, que quedaba casi oculto por la pata de una mesita, un pequeño objeto, que brillaba bajo el haz de luz.

Un gemelo.

Kate lo tomó entre el pulgar y el índice: un óvalo perfecto de dieciocho quilates ribeteado con ónix negro, elegante sin ser recargado. Se puso rígida. Debía de ser de Pruitt. ¿Y por qué no? Era un estilo bastante común. De todos modos, Kate contuvo el aliento cuando giró el gemelo y lo levantó para verlo más de cerca.

La inscripción era tan clara como el día que la había hecho grabar. «Para R. con amor. K.»

«Oh, Dios mío.» El desconocido alto y bien vestido.

36

Veinte minutos para llegar al despacho de Richard. Veinte minutos de auténtico infierno.

El gemelo de Richard en el lugar en que Bill Pruitt había sido asesinado.

¿Cómo era posible?

Kate miró por la ventanilla del taxi los edificios de oficinas, la gente, los carteles, las luces, lo veía todo borroso.

En el despacho exterior, la secretaria de Richard, Anne-Marie le sonrió y la saludó con la mano, pero Kate pasó rápidamente por su lado.

– ¡Kate! -Richard abrió como platos sus ojos azules.

Kate se detuvo en el umbral del despacho.

Richard hizo las presentaciones pertinentes un tanto forzado.

– Señor Krauser. Mi esposa.

– Oh. -Kate tomó aire con rapidez-. Lo siento, yo…

– No pasa nada. -El hombre era o muy gentil o se asustó al ver la expresión de Kate-. Su esposo y yo ya habíamos terminado.

Richard miró a Kate con suspicacia cuando cerró la puerta detrás de su cliente.

– ¿Sabes quién era ése, Kate? El banquero de inversiones alemán que…

Kate dejó rodar el gemelo por el escritorio.

– Oh. -La voz de Richard dejó de sonar airada-. Hace tiempo que lo busco.

– Ya me lo imagino. -Kate se quedó quieta y contuvo el aliento.

– ¿Dónde lo has encontrado?

– En el apartamento de Bill Pruitt.

Durante unos instantes ninguno de los dos habló. Luego Kate estalló.

– ¡Por el amor de Dios, Richard! ¿Qué significa esto? Explícamelo, por favor.

Richard caminó hasta el final del despacho, ajustó un Marilyn enmarcado de Warhol que estaba perfectamente colocado. Se volvió y la observó con gravedad.

– Pruitt estaba malversando dinero de Hágase el Futuro. Encontré discrepancias en las cuentas que Pruitt llevaba para la fundación. Fui a verle aquella noche y… -Richard habló con tranquilidad, aunque seguía ajustando marcos, recogiendo pelusa imaginaria de su americana de raya diplomática, revolviendo los papeles del escritorio, caminando-. Bueno, no es lo que parece, maldita sea. Fui a verle para que me lo explicara. El cabrón se rió en mi cara. Estaba borracho. Perdí la paciencia. Le di un puñetazo. -El cuerpo larguirucho de Richard se desplomó en el confidente de cuero que había bajo una serie de reproducciones de David Hockney: todo piscinas y palmeras y cielos azules de California. Alzó la vista hacia Kate-. No pensarás que lo maté, ¿verdad?

Kate se quedó mirando a Richard fijamente.

– No sé lo que pienso. -Ella también tenía ganas de desplomarse.

– Oh, venga, Kate. Soy yo. Richard. Tu marido.

Sí. El marido que le había mentido. Engañado. A Kate le relampagueaban los ojos color avellana.

– ¿Por qué no me lo dijiste?

– Quería decírtelo pero…

– ¿Pero qué?

Kate sacudió la cabeza, intentando encontrarle un sentido, pero las imágenes se le aparecían fugazmente en la cabeza: Richard dándole un puñetazo a Pruitt, ese gemelo en el suelo, el morado de la mandíbula de Pruitt. Kate se presionó la frente con los dedos como si intentara apagar el interruptor de aquella horrible película.

– Después de diez años de matrimonio -dijo-, ¿cómo pudiste no contármelo?

– Tenía la intención clara de decírtelo, pero Elena acababa de ser asesinada y no me pareció importante. -Richard se frotó las sienes-. Pensé decírtelo más adelante.

– ¿Más adelante? -Kate cerró los puños y se le pusieron blancos, pero estaba escuchando. Quería oír las palabras de su esposo-. ¿Y qué pasó más tarde?

– Más tarde murió Pruitt. Seguía teniendo intención de decírtelo pero Arlen James no quería que nadie supiera del desfalco de Pruitt en Hágase el Futuro. Arlen y yo teníamos intención de encararnos a Pruitt juntos al día siguiente. Pero cuando encontraron a Bill asesinado, a Arlen le entró el pánico, se preocupó por la reputación de la fundación. No quería que la historia del desfalco saliera a la luz. Bastante tenía la fundación con hacer frente a la muerte de Elena y luego la de Bill. ¿Quién va a apoyar a una organización benéfica que no sabe cuidar de su dinero?

Cierto. De todos modos, Kate no lograba disipar la duda que se había abierto paso en su interior. Se sentía inestable, confundida.

– Estaba muy asustado. Me refiero a que Bill estaba muerto y yo había estado en su apartamento, y nos peleamos…

De pronto Richard parecía un niño pequeño y perdido. Kate sentía el impulso de acercarse a él, de abrazarlo, de acariciarle los rizos, de decirle que no pasaba nada. Pero al mismo tiempo todo lo que le había dicho hasta el momento le sonaba sospechoso, mancillado. ¿De verdad trabajaba hasta tan tarde por las noches? ¿Y los viajes fuera de la ciudad? Y si había golpeado realmente a Pruitt, ¿por qué no dar un paso más… y matarlo? Aunque se resistía, la imagen de Pruitt en el baño mientras Richard lo mantenía sumergido tomaba forma en su cabeza. ¿Y la forma en que Richard había mirado siempre a Elena? ¿Era algo más que paternal? «Cielo santo.» No quería pensar esas cosas pero era incapaz de evitarlo.

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