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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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Freeman se cruzó de brazos y se recostó en el asiento.

– Interesante.

– Ha mencionado que el intervalo entre los crímenes disminuye -dijo Kate-. ¿Siempre ocurre así?

– Es lo más habitual -respondió Freeman-. Lo único que enlentece a estos tipos, o los detiene, es la muerte. La suya propia.

– ¿Por qué sigue poniéndose en contacto con McKinnon? -preguntó Tapell.

– Obsesión -contestó Freeman-. Una emoción muy fuerte. -Se volvió hacia Kate-. ¿Se le ocurre algún motivo por el que este tipo se haya centrado en usted?

– Le he dado vueltas y más vueltas al asunto -reconoció Kate-. ¿Mi libro? ¿Mi programa de la tele? A lo mejor para él soy la gran experta. Quizá desee mi aprobación o…

– Mejor que vaya con cuidado -dijo Freeman-. Esos tipos tienen la costumbre de cambiar de opinión sobre quién y qué les gusta. Está claramente obsesionado con usted pero… -Negó con la cabeza.

– ¿Qué?

– Pues no quiero asustarla, pero esos tipos casi siempre confunden el amor con el odio. En última instancia quieren… matar al objeto de su amor.

– Exactamente lo que dijo mi amiga del FBI.

– ¿Liz Jacobs?

– ¿La conoce?

– No. Pero sé que está en la ciudad y que ustedes dos trabajaron juntas.

– No se les pasa una ¿no? -dijo Kate. Añadió una sonrisa.

– Intentamos que así sea -dijo Freeman, quien le devolvió la sonrisa, aunque de modo fugaz-. Mire, siento confirmar lo que le dijo su amiga.

– Tenemos a un hombre apostado en casa de McKinnon -dijo Mead.

– Buena idea -convino Freeman-. Pero tiene que estar muy alerta, McKinnon. Y me refiero constantemente.

– En el fondo espero que disfrute lo suficiente manipulándome y jugando conmigo como para no arruinarlo matándome.

– Podría ser -dijo Freeman-. Pero se acabará cansando del juego.

– Ha cambiado las reglas -dijo Kate-. Ahora nos proporciona las pistas artísticas antes de dar el golpe. Así que necesita mi presencia para que intente descifrarlas.

– Eso es bueno -dijo Freeman-. Pero no es ninguna garantía.

– ¿Y si le ponemos un guardaespaldas a Kate? -preguntó Tapell.

– Podría ahuyentarle -dijo Freeman.

– Y lo necesitamos cerca -dijo Kate.

– La mantendremos bajo vigilancia -dijo Mead-. Mientras tanto, estamos registrando centímetro a centímetro la última escena del crimen. -Le pasó el informe a Freeman-. Esto está recién sacado del horno, son preliminares. Quizá no las haya visto.

– ¿Tienes a la unidad de Intervención preparada, Randy? -preguntó Tapell.

– Sí. -Mead asintió-. Y he pedido otra docena de detectives de General.

Freeman se levantó de la silla.

– Entregaré mi informe al FBI, comisaria Tapell. Estarán en contacto. -Se volvió hacia Kate-. Tenga cuidado -dijo-. Lo digo en serio.

La última vez le había ido por los pelos. Demasiado justo. Media hora antes y la poli le habría pillado y lo habría fastidiado todo.

«Pero lo conseguiste.» La verdad es que cuesta creer que nadie la oyó gritar, la droga le hizo menos efecto del esperado. Había supuesto que una mujer como aquélla, presuntamente interesada en el arte, le habría dejado hacer su obra en paz. Pero no. Una cuchillada en la barriga y se pone a gritar como un cerdo degollado. Menos mal que vivía sola en ese sitio y que le colocó la pecera para cerrarle la boca. Así no había hablado más.

– Pero lo he conseguido -dice en voz alta-. ¿Verdad? Me refiero a que… era hermoso.

Clava con chinchetas las últimas fotografías en la pared húmeda y porosa formando una hilera torcida.

– Mira esto, ¿quieres? He hecho un gran trabajo. Mira. Mira. -Se arranca los auriculares-. Haz el favor de mirar, tío. Cómo tiene los ojos abiertos, cómo le he drapeado el vestido, le he quitado los zapatos. Igual que el puto Keinholz. No. Mejor. Mi obra es más… -Busca la palabra adecuada-. Viva.

Pero ahora la única respuesta es el arrullo de las palomas que vuelan, las olas que lamen la orilla del río. ¿Le dio demasiada información? Joder, ahí está la gracia. Por supuesto que sabía que ella lo averiguaría. Pero no tan pronto.

«Precaución.»

– No te preocupes. Te oigo. Voy a añadir algo para que la próxima vez vaya más lenta.

«¿Como qué?»

– Como cambiar el emplazamiento.

«No está mal.» Dios mío. ¿Era un cumplido? Ni se lo cree. Por ahora le embarga la sensación más exquisita de… ¿es posible?… aprobación.

Ha pensado mucho sobre su siguiente obra, quiere que sea verdaderamente sutil, desafiante, para ellos dos. Y esta vez va a dedicarse a algo realmente fantástico. Está cansado de los solos. Va a ser un dúo.

Su problema principal es la espera. Necesita desaparecer durante un tiempo, aunque sólo sean unos días, para que se pregunten dónde se ha metido.

Pero ¿cómo satisfacer sus necesidades? Ya siente ese anhelo, la necesidad profunda y casi acuciante. ¿Funcionará si no hay público? En los viejos tiempos funcionaba. Por supuesto eso fue hace mucho tiempo. Era una persona totalmente distinta. Ahora esperan mucho de él. Al fin y al cabo es el artista de la muerte. Y no puede, ni piensa decepcionarlos.

35

– Han pasado tres días, Liz. Ni una palabra, nada -dijo Kate.

El salón delantero de la Payard Patisserie estaba atestado de gente. Mujeres delgadas picoteaban ensaladas. Las asistentas recogían cajas de pasteles. Las niñeras intentaban controlar a sus jóvenes pupilos tras el exceso de dulce ingerido. Kate y Liz estaban apiñadas en una mesita de esta versión de la famosa pastelería francesa en el Upper East Side.

– Creo que está jugando conmigo, por eso desaparece de este modo. Pero de todas formas yo sigo mirando por encima del hombro. No puedo dormir. -Apartó la ensalada-. No puedo comer.

– Ojalá me pasara eso a mí. -Liz lanzó una mirada a su exquisitez de tres capas de hojaldre a medio comer-. Lo siento, no tenía intención de restarle importancia. Mira, yo creo que se está protegiendo, que se ha batido en retirada. -Lanzó una mirada a las mesas vecinas antes de volver a hablar y tuvo la precaución de hacerlo en voz baja-. Los asesinos múltiples son listos, Kate. Te acercaste demasiado. Se ha echado atrás. Pero… volverá.

– Lo sé. Créeme, no bajaré la guardia. No podría aunque quisiera.

– Bien. Recuerda, sus crímenes son la manifestación de sus fantasías, y las está poniendo en práctica… pero esas fantasías no se esfumarán así como así.

– No, pero estoy bastante convencida de que ahora puedo adivinar sus fantasías basándome en la forma en que escenifica sus crímenes.

– Los asesinos múltiples son especialmente astutos, Kate. Creen sinceramente que lo que hacen es normal y aceptable, lo cual hace que sean muy difíciles de apresar. Un porcentaje bastante significativo de ellos nunca son detenidos.

– Vaya, esto sí que me da una alegría.

– Mira, ya sé que eres lista. -Liz miró a Kate con gravedad-. Pero cada asesinato le otorga más fuerza, más seguridad, más convencimiento de que es más listo que tú, Kate. Y competir mentalmente con un asesino es un juego peligroso.

– Lo sé. Pero es un poco tarde para que me retire. -Kate le hizo una seña al camarero-. Café, por favor, solo. -Exhaló un suspiro-. Oye, ¿conoces a un tipo del FBI, un psiquiatra llamado Freeman?

Liz negó con la cabeza.

– Pues él te conoce y sabe que somos amigas.

– El FBI nunca duerme.

– Parecía listo y además me escuchó. Me cayó bien. Y no estaba nada mal. -Kate sonrió-. Por lo menos estas pequeñas vacaciones me han permitido ir a la peluquería y hacerme la manicura, aunque cuando estaba sentada en esa silla tenía la impresión de que iba a explotar. Lo cual me recuerda que la fiesta es mañana por la noche. ¿Recibiste los vestidos que envié de Bergdorf's?

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