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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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– Creía que éramos un equipo -afirmó ella.

– Lo somos.

– Lo éramos -le corrigió Kate-. Si me lo hubieras contado podría haberte ayudado.

– ¿Cómo, Kate? -Richard negó con la cabeza-. Después de la muerte de Bill, era más sensato que no lo supieras. Saberlo te habría colocado en una situación muy incómoda, tú trabajando en el caso y tu marido peleándose con una de las víctimas. ¿Qué te habría parecido? Pasó demasiado tiempo. -Abrió las manos con las palmas hacia arriba-. Pensé que era mejor así. Que ya te lo contaría cuando todo hubiera terminado. -Richard levantó un pisapapeles de cristal del escritorio, se lo pasó de una mano a la otra-. Bill Pruitt estaba perfectamente cuando le dejé. Vamos, Kate. Tú me conoces. No mataría ni a una mosca.

– Tampoco pensaba que fueras capaz de darle un puñetazo a alguien -dijo Kate. Se sentó con cuidado en el sofá de cuero de Richard-. ¿Y si Bill fue asesinado por culpa del desfalco?

– Imposible. -Siguió pasándose el pisapapeles de una mano a otra-. Arlen y yo éramos los únicos que lo sabíamos.

– ¿En serio que Arlen y tú pensabais que iba a ir por ahí contando esa información de forma indiscriminada? -Kate respiró hondo-. Parece mentira que no me conozcas mejor, Richard.

– Si lo hubieras sabido, quizá no te habría quedado más remedio que divulgarlo, y no había ninguna necesidad, está claro que no tuvo nada que ver con el asesinato de Bill, ni con el artista de la muerte. -Richard abrió unos ojos como platos-. Cielos. ¿Te das cuenta de que estuve ahí, en casa de Pruitt, justo antes de que el loco ese lo matara?

– Sí, me doy perfecta cuenta. -Un escalofrío le recorrió los músculos de la espalda-. Dios mío, tienen tus huellas, Richard.

– ¿Y qué? Mis huellas no están registradas. No soy un delincuente. -Dirigió la mirada al enorme ventanal que enmarcaba un tramo impresionante del río Hudson, un par de edificios recién construidos y unos cuantos muelles desérticos que salpicaban la orilla del río.

– Dios mío, Richard. Si esto sale a la luz… -Kate se tapó los ojos. Deseaba que todo se desvaneciera: la muerte de Elena, Richard en el apartamento de Pruitt, esa conversación. Veía puntitos en la oscuridad que reinaba tras sus párpados.

– ¿Por qué iba a salir a la luz? -Richard dejó de jugar con el pisapapeles, lo dejó caer sobre el escritorio con un golpe seco-. Tú eres la única que lo sabe.

– Por ahora. -Kate abrió los ojos. Tardó unos segundos en enfocar el rostro de Richard.

– Bueno, no vas a contárselo a nadie, ¿no? -Se separó del escritorio y se levantó.

– Por supuesto que no.

Kate no paraba de darle vueltas a la alianza que llevaba en el dedo, se imaginó a ellos dos bailando en una fiesta, el suave tacto de la mano de Richard en la base de la columna, sus mejillas en contacto, el olor de su bálsamo para después del afeitado. ¿Había sido apenas hacía unas semanas?

Richard la tomó de la mano.

El acto la tranquilizó un poco, la ayudó a concentrarse.

– Richard, cuando estuviste allí, en casa de Bill Pruitt, ¿te fijaste en un pequeño retablo, una Virgen con el Niño Jesús?

– No. ¿Por qué?

– Porque Bill Pruitt tenía uno que ha desaparecido, ¿recuerdas?

Richard bajó la mano.

– No me estás acusando de haberlo robado, ¿verdad?

Kate se puso tensa.

– Sólo te he preguntado si lo habías visto. No le des la vuelta a la tortilla y me conviertas en la mala.

– No, no vi ninguno. Si lo hubiera visto, a lo mejor me lo habría llevado, como pago por su desfalco. -Extendió la mano otra vez, le tocó el brazo-. Lo siento. De verdad que lo siento. ¿Me perdonas?

Kate quería perdonarle, creerle, dejar todo eso atrás, pero las imágenes y los sentimientos seguían acuciándola.

– No estoy segura.

– Oh, venga, Kate.

Richard le rozó el brazo con los dedos y a ella se le puso la carne de gallina. Kate colocó la mano encima de la de él.

– Lo intento -dijo.

Richard trató de darle un beso, pero Kate lo rechazó.

– Lo siento, pero voy a tardar más de un minuto en superarlo.

– Intentaba proteger a la fundación, Kate. Pensaba que tú estarías de acuerdo conmigo.

– Tal vez lo habría estado. -Kate era incapaz de ocultar la decepción que transmitía su voz-. Si me hubieras dado la oportunidad.

– Cometí un error, Kate. Lo siento. Debería habértelo contado.

– Sí, deberías habérmelo contado. -Kate tragó saliva, intentó contener las lágrimas que se le agolpaban en los ojos.

– ¿Y si nos damos un abrazo?

Kate aflojó el cuerpo entre sus brazos.

– Por favor, Richard. No vuelvas a ocultarme nada. No me importa lo grave que sea.

Richard la envolvió en sus brazos.

– De acuerdo, lo reconozco. Los corredores de Bolsa quieren matarme, me he acostado con Elizabeth Hurley y maté al sheriff.

– Muy gracioso -dijo Kate.

– Eh, ¿dónde está tu sentido del humor?

Kate lo miró a los ojos.

– Creo que lo perdí cuando encontré tu gemelo en el lugar donde se cometió un asesinato.

Kate se sentó en el borde de su cama completamente blanca. No tenía valor para volver a la comisaría. ¿Y si Slattery o Brown le preguntaban si había encontrado algo en casa de Pruitt? «Oh, nada, sólo el gemelo de mi marido, eso es todo.» Era como si todo se desmoronase a la vez. Su esposo le mentía, las finanzas de la fundación eran una ruina, el caso estancado, Willie apenas le hablaba. Era como si todo se deshilvanase; como si ella se deshilvanase. Kate casi podía ver trozos de sí misma arrancados, esfumándose.

Se desplomó sobre la cama, cerró los ojos, vio el haz de luz, el gemelo de Richard sobresaliendo por la esquina de la alfombra. ¿Era posible que le estuviera mintiendo? ¿Qué era lo que le había dicho el otro día? Que nunca se llegaba a conocer a nadie, que todo el mundo tenía secretos. ¿Los tenía él? Maldita sea, no quería pensar de ese modo. Richard no era un asesino. Y ella tampoco era una de esas esposas ingenuas que nunca sospechan nada mientras sus esposos van por ahí violando animadoras.

Sonó el teléfono, pero Kate dejó que saltara el contestador. Era su amiga Blair hablando de la fiesta de la fundación y luego algo sobre el prestigio social que Kate estaba perdiendo.

Oh, fantástico. Una pérdida más que Kate podía añadir a su lista.

Tardarán varios días en encontrar al muchacho. Los ladrillos que le ató a los pies antes de lanzarlo al río hacen que sea toda una certeza.

Pero se siente… incompleto. Oh, claro, fue bonito mientras duró. Pero ¿ahora qué? ¿Cómo convertirlo en otra cosa?

«Inténtalo.»

Cierra los ojos, imagina al adolescente flotando bajo el agua. Para que sea más colorido, añade un banco de peces caleidoscópico que nadan alrededor del cadáver. Luego unos cuantos desechos del río Hudson -un neumático viejo, una silla de metal torcida cubierta de musgo verde y suave, una muñeca sin cabeza- objetos encontrados que lo convierten en un bodegón surrealista. ¡Eso es! Una de esas enormes obras de acuario como las que hace el artista británico Damien Hirst. Oh, vaya si estaría celoso el señor Hirst de poder jugar con un cuerpo de verdad.

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