El artista de la muerte
- Автор: Santlofer Jonathan
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
MUERE EL ARTISTA DE LA MUERTE
La ciudad, y sobre todo el mundo del arte, respira hoy aliviada después de que se haya sabido que el asesino múltiple conocido como «el artista de la muerte» murió ayer. Por el momento, las autoridades no revelan su identidad hasta que se descubran todos los detalles relacionados con su muerte.
En estos momentos, se rumorea que fue asesinado por un familiar o amante de una de las víctimas, que murió en un accidente de automóvil al huir de la escena del crimen.
Según se informa, Katherine McKinnon Rothstein, que ha asesorado a la policía de Nueva York, estuvo implicada en el incidente, pero no responde a las llamadas recibidas. Se especula que la policía ha…
Qué bien había salido. Estaba claro que era un genio, pero, aun así, aquello era tener muy buena suerte y tenía que reconocerlo. Sabía que ella interpretaría el vídeo al revés, pero ni en sus mejores sueños habría pensado en aquel resultado tan sorprendente, relacionando las cosas de una manera que nunca habría previsto.
Pero ¿ahora qué? De repente cae en la cuenta de que podría dejarlo todo, regresar a su vida normal.
Las palabras «vida normal» le hacen sonreír. De hecho cada vez le cuesta más controlarse. A veces le entran ganas de decirlo, de susurrarle a alguien las palabras al oído: «Soy yo, sabes. Yo soy él.» ¿Qué se lo impide? Tal vez el hecho de que no está seguro de ser él, de no estar seguro de su verdadera identidad.
Pero con esa idea aparece el desespero, que nunca conocerán su obra, que todo lo que ha hecho ha sido en vano.
Niega con la cabeza para deshacerse de esos pensamientos.
Levanta la tarjeta de cumpleaños terminada.
– Mi mejor obra, maldita sea. -Se para a pensar un momento-. No, será mi mejor obra. Perfecta.
Ahora lo único que tiene que hacer es esperar.
Pero ¿podrá? Empiezan a temblarle las manos. Y luego siente su necesidad como un trozo de carbón ardiente que le quema las paredes del estómago, que le hace sangrar los órganos; de hecho ve cómo le explota el corazón, las costillas le atraviesan la piel, la sangre lo salpica todo. Presiona las manos contra la camisa, pero son inútiles para detenerlo. El dolor resulta abrumador. El hígado se funde en una masa viscosa y púrpura, le arde la ingle, la intensidad es tan contundente que se arranca los pantalones, le parece que la piel de su miembro borbotea, se le quema.
Al cabo de un momento está de pie en este edificio abandonado sosteniéndose el pene flácido bajo un grifo de agua fresca y herrumbrosa.
Pero el agua fría no basta para sofocar el fuego que arde en su interior.
Introduce la reproducción en un sobre con mano temblorosa. Sí, ha llegado el momento de enviarla. No puede esperar más.
32
Otra de esas noches. Se despierta. Se duerme. Tiene calor. Frío. Sueños locos. Pesadillas.
Cuando Kate consiguió levantarse de la cama, Richard ya se había marchado.
Encontró una nota garabateada en un Post-it pegado al espejo del cuarto de baño: TE QUIERO.
Kate apenas recordaba su conversación, sólo que le había contado su pelea con Willie, el día exasperante al intentar tratar con cuatro departamentos distintos de la policía de Nueva York, que estaba cansada. Muy cansada.
Quería volver a la cama, pero no podía.
Todavía quedaban demasiadas preguntas para las que necesitaba respuestas, aunque no sabía cómo ni dónde conseguirlas.
La comisaría parecía más tranquila esa mañana, ¿o eran imaginaciones suyas?
Encima de su mesa no había gran cosa, una nota de Mead acerca de otra reunión, la consabida bolsa de plástico con el correo redireccionado en espera de que lo abriera.
Siguiendo la costumbre, Kate se enfundó unos guantes y desparramó el correo sobre el escritorio.
¿Realmente se había terminado el caso? ¿Podía dedicarse sencillamente a regresar a su vida en el punto en que la había dejado, a organizar galas de beneficencia, a almorzar con las chicas, a dar una conferencia de vez en cuando? Tal vez hubiera llegado el momento de empezar otro libro. Había oído que en el mundo artístico circulaba una broma, que debía escribir una continuación: Muertes de artistas. Típico.
Kate hojeó facturas y folletos, la melancolía iba formándose sobre ella como la escarcha, hasta que vio el sobre blanco. Rápidamente se puso en guardia.
Los dedos enguantados le temblaban un poco al llegar al borde del sobre.
Otra reproducción de una obra de arte. Esta vez se trataba de una instalación: una figura o maniquí, fundida con una especie de resina, tumbada encima de una vieja camilla de ginecólogo, seis tubos de cristal le sobresalían del vientre y tenía una pecera atascada en la boca; al lado de la figura, un abrigo en un perchero, una silla, una maleta abierta en un suelo de azulejos de damero, un reloj y un calendario en la pared con dos cuadros indescifrables.
Pero el mechón de pelo pegado a la cabeza de la figura de la mujer fue lo que hizo temblar a Kate.
«Kienholz.» Sí, Ed Kienholz. El artista pop de los años sesenta. Kate no conocía esa obra en concreto, pero el estilo resultaba inconfundible. Había hecho un trabajo sobre él en la universidad.
Sostuvo la imagen en la mano, la observó. ¿Acaso Damien Trip o Darton Washington podían haberla hecho antes de morir? ¿Y por qué? No parecía documentar nada. A no ser que hubiera un cadáver sin descubrir en algún sitio. Kate notó que un escalofrío le recorría la columna. Lo sabía… existía otra posibilidad: que el artista de la muerte todavía rondara por ahí.
Kate se veía el aliento en el ambiente gélido del laboratorio. Le tendió a Hernandez la reproducción de Kienholz.
– Lo siento por el frío -se disculpó Hernandez-. Tenemos a un par de fiambres desde hace un día preparados para enviar al forense. No queríamos que apestaran.
Kate se estremeció.
– ¿Tenéis alguna muestra de pelo de las víctimas anteriores, sobre todo de Elena Solana o de Ethan Stein? No puede ser de Pruitt. El hombre estaba prácticamente calvo.
– Tendrás que preguntarle al forense -dijo Hernandez-. No, espera. Tengo el contenido de la aspiradora de mano de Solana. Está todo separado y embolsado. Una de las muestras, la más grande, era el pelo de Solana. Puedo comprobar si coinciden.
Al cabo de unos minutos Hernandez miraba por el microscopio.
– Es el pelo de Solana, no hay duda.
Kate le dio un golpe a la imagen con los dedos enguantados.
– Tengo que enseñárselo a la brigada inmediatamente. Te lo devolveré.
– Guantes -le gritó Hernandez-. ¡Todos con guantes!
Kate dejó la obra de Kienholz encima de la mesa de reuniones entre Floyd Brown y Maureen Slattery.
– No es un imitador ni un tío raro. No, porque tiene el pelo de Solana.
Slattery apoyó los codos sobre la mesa.
– Pero es distinta de las otras. Me refiero a que no hemos encontrado ninguna víctima así.
– Tengo la impresión de que está cambiando las reglas -manifestó Kate.
Slattery frunció el ceño.
– ¿Por qué iba a cambiar ahora?
– Por lo que he visto -apuntó Brown-, estos tipos cambian las reglas con la misma rapidez con que nosotros las captamos. Lo único que les importa es su puñetero ritual.
– Y su ritual es hacer arte -dijo Kate-. Eso no ha cambiado.
Slattery miró fijamente el cuadro.
– Joder, esas cosas que le salen del vientre. Qué asco.
– O le entran -intervino Brown-. ¿Cómo interpretáis la pecera que le mantiene la boca abierta?
– ¿Un grito silencioso? ¿Asfixia? Kienholz es simbólico -dijo Kate-. Es una obra sobre el aborto, o una violación, o ambos.
Randy Mead irrumpió en la sala. La sonrisa se le esfumó del rostro en cuanto los vio a los tres apiñados sobre la reproducción.