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El artista de la muerte

Электронная книга - «El artista de la muerte». Краткое содержание книги:

`El artista de la muerte` es un asesino que recrea cuadros famosos con sus víctimas: La muerte de Marat de Jacques-Louis David, El Desollamiento de Marsias de Tiziano…
Kate McKinnon, una prestigiosa y adinerada historiadora de arte descubre que todas las personas asesinadas tuvieron alguna relación con ella. Antes de dedicarse al arte, Kate había sido policía, por lo que decidirá colaborar en la investigación. Pronto llegará a la conclusión que la próxima víctima del asesino podría ser ella.
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– Sí -dijo Liz-. Pero decidí que estaría más cómoda con mi mono de poliéster a cuadros escoceses.

Kate ni siquiera parpadeó.

– ¿Cuál escogiste? ¿El rojo o el negro?

– Me he decidido por el rojo. Nunca he tenido un traje de Valentino… Ni de Rodolfo ni de ningún otro.

– Estarás divina.

– ¿Cómo supiste mi talla?

– Pedí la más grande que tuvieran. -Kate se echó a reír.

– Bruja. -Liz le dio un manotazo y también se rió.

De pronto Kate se sintió abatida.

– La verdad, Liz, no sé cómo voy a estar en la fiesta. No me quito el caso de la cabeza, que ese maníaco sigue suelto, esperando, y que no podemos hacer nada hasta que vuelva a mover ficha. -Exhaló un largo suspiro-. No sé cómo pude interpretar tan mal esas señales.

– Es obvio que no estabas sola. La brigada estuvo de acuerdo contigo, ¿no?

– Desgraciadamente sí.

Liz se limpió la boca con una servilleta.

– Entonces, ¿qué otras vías quedan?

Kate tomó un sorbo de café y se paró a pensar.

– Pues… está el retablo robado, el que robaron del apartamento de Bill Pruitt que nunca apareció.

– Yo volvería a empezar desde el principio. Eso es lo que habrías hecho en los viejos tiempos, ¿no?

Kate y Slattery estaban volcadas en el expediente de Bill Pruitt por la que parecía la centésima vez.

– Normalmente hay dos porteros en el edificio de Park Avenue en el que vivía Pruitt. -Maureen Slattery se quitó una pelusa del suéter de algodón-. Pero aquella noche, la noche en que murió, uno de los porteros tenía la gripe o algo así. Veamos… -Extrajo la carpeta de Pruitt de entre un montón de papeles del escritorio-. El que sí estaba trabajando dijo que nadie subió a casa de Pruitt aquella noche aparte de un hombre bien vestido de unos cuarenta años. Pero él cree que fue mucho antes de la supuesta hora de la muerte. Y Pruitt debió de dejar entrar a ese tipo porque en ese edificio no entra nadie sin que se le dé el visto bueno.

– ¿El portero vio salir al hombre?

Slattery consultó la documentación y se encogió de hombros.

– No lo dice.

– ¿Se refiere a que nadie hizo un seguimiento de ese tipo?

– Yo fui quien habló con el portero. No recordaba el nombre del tipo. Lo único que dijo es que era blanco, alto, que iba bien vestido y que tenía unos cuarenta años. No había nada sospechoso en él.

– Damien Trip era alto, se vestía bien. Quizás un poco joven para esa descripción. -Kate se llevó el dedo al labio-. ¿Al portero se le enseñó una foto de Trip?

– Pues… no. -Slattery bajó la mirada-. Lo habría hecho, debería, pero la situación se precipitó.

Kate advirtió la expresión de culpa de Slattery.

– Olvídelo, Maureen. Tampoco habría servido de nada. -Levantó la foto del arresto de Trip del expediente de Slattery-. Pero me parece que enseñaré esta foto por ahí para ver qué pasa.

– El portero reconoció haberse tomado un par de descansos aquella noche, dos minutos para mear y cinco minutos para tomar una taza de café.

– Eso significa por lo menos diez para vaciar la vejiga y quince o veinte para rellenarla.

– Probablemente.

– Así pues, podría haber entrado alguien más. -Kate levantó la hoja de Toxicología sobre Pruitt del escritorio de Slattery-. Marihuana, cocaína, nitrito de amilo. Un nivel de alcohol de dos miligramos. Dios mío. ¿Todo eso no bastaba para matar al tío?

– Según el laboratorio, no. Pruitt iba colocado, pero no murió de sobredosis.

Kate volvió a mirar una de las fotografías de la escena del crimen.

– El forense dijo que el morado que Pruitt tenía en la mandíbula era reciente, que se produjo durante la agresión o poco antes. -Kate se paró a pensar-. ¿Había alguna huella en el lugar que no se llegara a identificar?

Slattery rebuscó entre los papeles.

– Había dos grupos de huellas sin identificar que no se correspondían a ningún expediente. Supongo que hasta que no encontremos a nuestro sujeto desconocido no tendremos con qué compararlas.

Urnas griegas en vitrinas de cristal. Suelos de mármol blanco y negro. El vestíbulo del número 870 de Park Avenue podría haberse confundido con una galería de antigüedades, si los hombres uniformados hubieran sido guardas en vez de porteros.

Kate encontró al que estuvo de guardia la noche de la muerte de Pruitt.

– Ya he hablado con la policía -dijo mirando a Kate con suspicacia. Era demasiado parecida a las mujeres bien vestidas que cruzaban esas puertas todos los días como para ser policía-. Presté declaración… varias veces.

Kate le mostró su placa provisional junto con una foto de Damien Trip.

El semblante gélido del portero se derritió. Tomó la fotografía con su mano enguantada de gris, se apoyó en la pared de mármol.

– No. -Negó con la cabeza-. Nunca he visto a este hombre. Lo siento.

– ¿Está seguro? ¿Nunca?

– Estoy seguro.

– Según su declaración, Bill Pruitt recibió una visita aquella noche.

– Sí. Pero no fue el hombre de la foto. Era mayor. Y no era rubio.

– ¿Podría describirlo? ¿Recuerda algún rasgo característico?

– Bueno, era alto. Y llevaba una gabardina. -Cerró los ojos, se chupó el labio inferior-. Pero tengo un recuerdo borroso de su cara.

– ¿Recuerda la gabardina que llevaba pero no la cara?

El portero pareció un tanto avergonzado.

– Por este vestíbulo pasa mucha gente.

– Debió de anunciar su llegada al señor Pruitt. ¿Recuerda cómo se llamaba?

El portero bajó la mirada hacia sus zapatos perfectamente lustrosos y frunció el entrecejo.

– Fue una noche de locos. Tuve que trabajar solo. Patrick tenía la gripe y no había nadie más y yo…

– Está bien. -Kate le dio una palmadita en el brazo.

¿Podía haber algo en el apartamento de Pruitt que lo relacionara con Trip? Ya habían encontrado las cintas porno de Películas Amateur, ¿qué más podía haber? No recordaba haber visto la agenda de Pruitt. ¿Y el dichoso retablo? Estaba ahí, no le costaba nada echar un vistazo.

El apartamento de Bill Pruitt podría haber sido el decorado de Obras del teatro clásico, todo en madera y cuero oscuro. Kate examinó las obras de arte: impresionistas franceses en su mayor parte, unas cuantas acuarelas de marinas de John Marin, unos cuantos grabados de estilo colonial, un par de fotografías de Steichen en blanco y negro de los años treinta, pero ni rastro de arte italiano poco común, por lo menos no a la vista. Los muebles parecían en su sitio, aunque las puertas talladas de una cómoda estaban abiertas y el contenido -álbumes de fotos, libros curiosos, un par de jarrones antiguos- había sido recolocado, dispuesto en las esquinas o apilado en la parte delantera.

En la biblioteca, Kate fue directa al gran escritorio de roble de Pruitt. Pero estaba claro que los chicos de Escena del Crimen se le habían adelantado; todos los cajones estaban abiertos y los papeles desordenados. Lo único que quedaba eran facturas y cheques anulados.

¿Acaso el asesino también había repasado aquellos papeles?

De nuevo Kate tuvo la sobrecogedora sensación que había tenido en el apartamento de Elena: que el asesino había estado allí, que ella estaba haciendo exactamente lo mismo que él. Lo percibía como una sombra que se cernía sobre ella. Se volvió. Pero no había nada. Respiró hondo.

En la escena del crimen, el cuarto de baño de Pruitt, Kate encontró poca cosa: el botiquín vacío, nada al borde de la bañera. El único indicio de que ahí había vivido alguna vez un ser humano era una balanza digital. Kate se imaginó a Bill Pruitt pesándose con unos calcetines negros subidos y unos calzoncillos blancos almidonados tipo bóxer, preocupado por los ataques al corazón, las arterias endurecidas, los derrames cerebrales. «Pobre Bill.» Al final eso era lo que menos debía preocuparle.

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