Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
No entendía bien qué era lo que la forzaba a cambiar esa decisión. Dejó el periódico, irritada.
Un pensamiento, un pensamiento muy pequeño, se le apareció. No quería tenerlo.
Se puso de pie súbitamente.
– No -dijo en voz alta, y entrelazó los dedos-. No.
Sin limpiar la mesa del desayuno, tropezó hasta el baño como si el ruido de sus pies contra el parqué pudiese ahuyentar el germen de reconocimiento que se extendía en ella.
– Ahora mamá va a cepillar el resto -dijo con voz innecesariamente fuerte y agarró el cepillo de dientes con tanta energía que Ragnhild casi se puso a llorar-. No tienes por qué llorar, Ragnhild. Abre la boca.
«La señora estaba muerta.»
Inger Johanne escuchó la voz de Kristiane con tanta claridad como si estuviese al lado de ella.
– Albertine -dijo Inger Johanne en voz alta-. Se refería a Albertine.
– No quiero una niñera -gritó Ragnhild mordiendo el cepillo de dientes.
«La señora estaba muerta, mamá.»
Kristiane lo había dicho varias veces cuando la recogieron en Stortingsgaten, congelada y confundida, durante la boda de su tía.
– Mamá -aulló Ragnhild mordiendo con fuerza-. ¡Me haces daño!
– Perdón -dijo Inger Johanne, y soltó el cepillo como si le quemase en la mano-. ¡Perdón, mi vida, mamá es muy torpe!
Cayó de rodillas y abrazó a la niña. Escondió el rostro en el cuello de la criatura y se apretó a ella.
– Ahora me asfixias -suspiró Ragnhild-. ¡No puedo respirar, mamá!
Inger Johanne se soltó y en su lugar tomó a Ragnhild por ambos hombros. La miró directamente a los ojos y forzó una sonrisa.
– Ahora tienes que ayudarme -dijo tragando con dificultad-. ¿Puedes ayudar a mamá?
– Sííí…
Ragnhild arrugó la frente como si alguien estuviese a punto de engañarla para hacer algo de lo que no podría escapar.
– Tu hermana Kristiane, ¿a quién suele llamar «señora»? -preguntó Inger Johanne, y trató de sonreír más ampliamente.
– A quienes no conoce -dijo Ragnhild-. Si no son hombres, claro.
– Y también a quienes no conoce muy bien, ¿verdad?
– No…
– ¡Vamos, sí! Como Albertine, por ejemplo. Os cuidó solamente cuatro o cinco veces. Kristiane puede llamar señora a Albertine de vez en cuando, ¿no?
Ragnhild se rio con ganas. Las lágrimas brillaron en sus pestañas a la luz intensa del cuarto de baño.
– ¡No seas tonta, mamá! A Albertine, Kristiane la llama Albertine. Pero no tendremos niñera hoy, mamá, ¿verdad? Tú te vas a quedar aquí y…
«La señora estaba muerta.»
– Sí, sí -dijo Inger Johanne, y se incorporó-. Yo te voy a cuidar, quédate tranquila.
Ella ya no estaba allí.
No fue ella la que encontró una pastilla de flúor y la puso en la boca de Ragnhild. No fue Inger Johanne Vik la que caminó con calma hasta la cocina para buscar las cajas de la comida sin siquiera mirar hacia el periódico. Cuando se acercó a la escalera en la puerta de entrada, podía sentir apenas la mano suave de la niña en la suya.
«El alma. Uno no puede ver que se va.»
La cena de Navidad.
Las palabras de Kristiane cuando hablaban de la muerte.
– Mamá -dijo Ragnhild bajito una vez que se puso las botas-. Ahora me pareces muy, muy rara.
Inger Johanne no quiso contestar.
Ni siquiera tuvo ganas de sonreír.
Lukas Lysgaard se había presentado siempre ante Yngvar como un hombre joven extremadamente serio. No tan raro, quizá, puesto que se habían encontrado en circunstancias trágicas. De todas formas él podía intuir algo meditabundo, casi melancólico, en la naturaleza de Lukas. Algo que no necesariamente tenía que ver con la muerte de su madre.
Jamás había visto a Lukas sonreír.
Ahora le parecía un gato ahogado, y la sonrisita torcida parecía estúpida.
– Hola -dijo él, alargando la mano antes de reflexionar y retraerla nuevamente-. Empapada y fría. Disculpe.
– Podemos sentarnos en mi coche. Está caliente.
Lukas se sentó, obediente.
– Bien -dijo Yngvar cuando se desplomó pesadamente en el asiento del conductor y apoyó las manos en el volante-. ¿Qué tipo de ejercicio era ése?
Lukas tenía todavía la sonrisita, un gesto adolescente que intentaba restar importancia a la situación y que indicaba que no tenía la menor idea de lo que debía decir.
– No -dijo-. Sólo quería… Cuando yo era pequeño…, antes de que nos mudáramos a Stavanger, lo hice algunas veces. Subir hasta allí. Para hacerme el valiente, quizá. Mi madre se aterró cuando lo descubrió. Era… divertido.
– Mmm… -asintió Yngvar-. Entiendo.
Tamborileó con los dedos en el volante.
– ¿Y eso debiera aclarar el que rondando los treinta tratases de hacer lo mismo en un día lluvioso de enero, un par de semanas después de que tu madre haya muerto y mientras tu padre está a punto de romperse en pedazos?
Comenzó a granizar con violencia. El martilleo sobre el vehículo era ensordecedor. Yngvar utilizó la pausa para arrancar el vehículo y poner la calefacción al máximo. No había entendido mucho de las explicaciones de uso cuando el hombre de AVIS trató de explicárselas, por lo que mantuvo el pie en el pedal del freno y aceleró.
– Lukas, no tengo ganas de… -Resopló y se volvió a medias en el estrecho asiento-. No tengo ganas de seguir tratándote como si fueses de porcelana, ¿de acuerdo? -Fijó sus ojos en los de aquel hombre-. Eres un adulto, padre de tres hijos y tienes una buena educación. Ya hace un tiempo desde que tu madre murió. A decir verdad, estoy bastante harto de que no respondas a lo que te pregunto.
– Pero ya he respondido a todo lo que usted…
– ¡Cállate! -rugió Yngvar inclinándose hacia él-. Se habla mucho de mi paciencia, Lukas. Algunos piensan que soy demasiado amable. Amable hasta la estupidez, dicen a veces. Pero si crees por un instante que voy a dejar que te vayas de aquí antes de que me expliques de qué va todo este asunto, te equivocas de cabo a rabo.
Las ventanillas se empañaban. Lukas estaba callado.
– ¿Qué hacías allí arriba? -repitió Yngvar.
– Bajaba del altillo.
Yngvar golpeó tan fuerte el volante con los nudillos que éste tembló.
– ¿Qué hacías en el altillo y por qué coño no podías bajar las escaleras como hace todo el mundo?
– No tiene nada que ver con la muerte de mi madre -murmuró Lukas apartando la vista-. Se trata de otra cosa. Algo… personal.
Los dientes le empezaban a castañetear, y cruzó los brazos sobre el pecho.
– Eso voy a decidirlo personalmente -gruñó Yngvar-. Y ahora tienes veinte segundos para darme una buena respuesta. Si no lo haces, te aseguro que te encerraré hasta que empieces a cooperar.
Lukas lo miró con una mezcla de incredulidad y algo que empezaba a parecer miedo.
– Tenía que buscar algo -susurró casi inaudible.
– ¿Qué?
– Algo…, algo que…
Hundió el rostro en las manos.
– Un retrato -afirmó, más que preguntó Yngvar-. Una fotografía.
Lukas dejó de respirar.
– La que solía estar en el dormitorio de tu madre -dijo Yngvar-. La que estaba allí cuando yo os visité al día siguiente del crimen, pero que después desapareció.
La granizada era ahora un aguacero. Gotas enormes caían sobre el parabrisas. El mundo fuera del coche era borroso y sin contornos. Estaban allí sentados como dentro de un capullo, e Yngvar sintió que un enojo extraño y poco común se escurría de él con la misma facilidad con que había llegado.
– ¿Cómo lo supo?
– No lo sabía. Lo adiviné. ¿Lo encontraste?
– No.
Yngvar suspiró y trató una vez más de hallar una posición en la que le fuera posible relajarse.
– ¿Quién está en el retrato?