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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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Cuando había conducido cinco minutos sin otra idea que la de volver a Bergen, decidió ir a Nubbebakken. Ir a buscar a Lukas a la universidad hubiera parecido demasiado dramático. Como Astrid le había confirmado que el estado de Erik era cada vez peor, podía ser que Lukas hubiese elegido quedarse con su padre, a pesar de que era un día laborable. Aceleró.

Había comenzado a llover, y detrás de las pesadas nubes el sol comenzaba a pintar el mundo de gris.

Lukas se despertó cuando el tragaluz del altillo ya no era negro, sino de un gris sucio. Su brazo derecho había desaparecido. Con cuidado, lo movió hacia delante. Se había dado la vuelta en el sillón hasta dormirse con el brazo apretado entre el respaldo y el peso de su propio cuerpo. Cuando le volvió la circulación, fue como si hubiese metido la mano en un nido de avispas. Le pinchaba y le dolía, e hizo una mueca cuando se incorporó y comenzó a sacudir el brazo con tanta energía que el hombro protestó.

Va pasaban diez minutos de las diez de la mañana del martes 13 de enero.

Debía de haber estado en una reunión en el instituto a las nueve. Cuando miró la pantalla de su teléfono móvil, vio que tenía cinco llamadas perdidas. Tres de un colega que debía asistir a la misma reunión y dos de Astrid.

Se estiró rápido de lado a lado para sacudirse el entumecimiento de la noche.

No lograba oír ningún ruido desde abajo. Quizá su padre dormía todavía.

El retrato de su hermana estaba en el lado interno de la camisa, ahí donde lo había puesto antes de dormirse. Se había combado durante la noche, pero no estaba doblado. Ajustó un poco más el cinturón para mantenerlo en su lugar antes de trepar a la banqueta y abrir el ventanuco.

Aquella mañana de enero era deprimente.

Todo estaba mojado. Todos los colores invernaban. El roble era un contorno negro contra todo el gris. Lukas se deslizó a través de la estrecha abertura y pasó el resto de su cuerpo ayudándose con los brazos. Se sentó bien arriba del techo y descansó buscando aliento. Acomodó los talones en la escalera del deshollinador y se sintió mucho más angustiado que lo que se había sentido cuando era un chaval. Cuando había descendido la mitad del camino hacia los canalones de desagüe, oyó que un vehículo se acercaba. Se quedó rígido.

El motor se detuvo y la portezuela de un coche golpeó al cerrarse.

El portón chilló y Lukas pudo escuchar con claridad los pasos en dirección a la puerta de entrada de su padre.

Alguien llamó al timbre. Podía oír la campanilla sonando allí abajo, atenuada y distorsionada a través de dos pisos, pero lo suficientemente clara. Hasta ahora no se había animado a mover los ojos. Finalmente miró hacia abajo. Desde donde estaba sentado, podía ver justo la pequeña cornisa con la escalera de piedra hasta la parrilla de alambre moldeado para secar los zapatos.

Vio enseguida de quién se trataba.

Finalmente, la puerta se abrió.

Lukas contuvo el aliento con los ojos puestos en el hombre de ahí abajo. Si a Yngvar Stubø se le ocurría mirar hacia arriba, lo vería de inmediato.

Las voces le llegaban con claridad.

– Buenos días -dijo el policía-. Y disculpe la molestia. Estoy buscando a Lukas. Quería charlar con él sobre un par de detalles. ¿Está aquí?

La voz de su padre era, como de costumbre, plana y desinteresada.

– No.

– ¿No? Hablé con su esposa y…

Stubø dio un paso atrás. Lukas cerró los ojos.

– Disculpe -dijo el hombre robusto allí abajo-. Debía haber llamado. ¿Está usted bien? ¿Hay algo que podamos…?

– Está todo bien -lo interrumpió la voz del padre antes de que la puerta se cerrase nuevamente.

Lukas ya estaba empapado. Había dejado su abrigo en el coche y la lluvia helada le caía sobre el cuello para correr espaldas abajo. Se inclinó hacia delante instintivamente para proteger la fotografía. Abrió los ojos otra vez.

Yngvar Stubø estaba parado a cinco metros de la pared con la cabeza inclinada. Cuando sus ojos se encontraron, el policía curvó varias veces el índice de la mano derecha. Él sonrió levemente y sacudió despacio la cabeza antes de señalar la puerta.

Lukas tragó saliva y sintió frío y calor alternativamente.

Le llevaría tres minutos bajar del techo. Para entonces debía preparar una explicación increíblemente buena. Además debía evitar que su padre lo descubriera. Ya era más que suficiente tener que explicarse ante Yngvar Stubø.

Cuando llegó abajo después de haber saltado desde una rama gruesa a casi dos metros del suelo, todavía no se le había ocurrido qué decir.

La verdad, quizá, pensó por un segundo antes de abandonar la idea y rodear la casa para encontrar al policía, que lo esperaba frente a la puerta.

Inger Johanne había reconocido hacía ya mucho que la verdad es la primera víctima en la guerra. Igualmente era difícil aceptar que la realidad pudiese tergiversarse hasta tal punto como en el artículo que trataba de leer mientras Ragnhild le daba el desayuno a su osito.

– Mira -dijo su hija embelesada, y señaló el hocico manchado-. ¡Al osito le encanta la papilla!

– No hagas eso -murmuró Inger Johanne-. Come tú.

Bebió un sorbo de café. Todavía sentía el cuerpo pesado y somnoliento por las píldoras para dormir, y ya iba con retraso. Igualmente no lograba desprenderse del periódico.

– ¿Qué lees, mamá?

Ragnhild había metido el hocico del osito en el bol con papilla, leche y mermelada de frutillas. Inger Johanne ni siquiera miró. No sabía cómo iba a explicarle la guerra en la franja de Gaza a una niña de cinco años.

– Sobre unas personas malas -dijo distraída.

– Las personas malas van a la cárcel -dijo Ragnhild alegremente-. ¡Papá los atrapa y los pone directamente en el calabozo!

– ¿En el calabozo?

Inger Johanne miró a su hija por encima del periódico.

– ¿Dónde aprendiste esa palabra?

– Calabozo, arresto, prisión, cárcel. Quieren decir lo mismo. También hay una que se llama «prisión perceptiva».

– Prisión preventiva -corrigió Inger Johanne-. ¿Fue Kristiane la que te enseñó esto?

– Mmm -dijo Ragnhild lamiendo el hocico del osito-. ¿Por qué hablan de las malas personas?

– Es una entrevista -dijo Inger Johanne-. Con un hombre que se llama… -Miró el retrato de Ehud Olmert. Pasó las hojas con presteza-. No tenemos tiempo para esto -dijo sonriendo-. ¿Puedes empezar a cepillarte los dientes? Luego voy yo y terminamos.

Su hija se puso el osito bajo el brazo y desapareció camino del baño. Inger Johanne debió de haber doblado el Aftenposten cuando su mirada cayó sobre un anuncio en la primera página que la hizo buscar la página cinco a pesar suyo: «El caso Marianne aún es un misterio. Hasta ahora han declarado más de trescientos testigos».

Si algo no necesitaba durante esas primeras horas de la mañana era otro terrible asesinato con el que relacionarse. De todos modos, no pudo dejar de leer por encima el artículo. La Policía no tenía todavía ninguna pista segura en el caso, por lo menos ninguna que quisiera hacer pública, pero por el momento concluía que el asesinato había tenido lugar en el hotel. No había nada que indicase que el cuerpo había sido trasladado. La subinspectora Silje Sørensen aseguraba que el asesinato de la maestra de primaria Marianne Kleive, de cuarenta y dos años, tenía la más alta prioridad y que la investigación avanzaría en los días siguientes. Se daba por descontado que el caso se solucionaría, pero aclaraba que podría llevar su tiempo. Un largo tiempo.

Inger Johanne había dejado conscientemente de seguir el asunto. Desde el momento en que hallaron el cadáver, pasaba rápido las hojas de los titulares llamativos en los tabloides y los artículos más objetivos sobre el caso en el Aftenposten. La boda de su hermana había sido lo suficientemente mala como para sumar a eso que un asesinato hubiese ocurrido cerca de Kristiane.

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