La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Esa noche, más que el Sábado Santo, fue cuando al fin nos liberamos de las crueles cadenas de la esclavitud… Esa noche restituyó a los franceses los derechos del hombre y proclamó que todos los ciudadanos eran iguales, igualmente admisibles a todos los cargos, lugares y administraciones públicas. Esa noche arrebató los cargos civiles, eclesiásticos y militares a los ricos, a los nobles y a los miembros de la realeza para entregárselos a la nación en virtud de sus méritos. Esa noche arrebató a la señora d’Epr… su pensión de 20.000 libras por haberse acostado con un ministro. El comercio con las Indias está abierto a todos. Quien desee abrir una tienda puede hacerlo. El maestro sastre, el maestro zapatero y el maestro peluquero llorarán de rabia, pero los asalariados se alegrarán y encenderán luces en sus ventanas. Fue una noche desastrosa para el gran chambelán, para los funcionarios, abogados, alguaciles, mayordomos, secretarios y subsecretarios, para todos los ladrones… Pero una noche maravillosa, vera beata nox, feliz para todos, pues las barreras que excluían a muchos de honores y cargos han sido derribadas para siempre, y hoy no existe entre los franceses ninguna distinción salvo la de la virtud y la inteligencia.
Un rincón oscuro de un tenebroso bar: el doctor Marat está sentado en una mesa. Según él, el 4 de agosto fue una broma macabra.
– Ojalá fuera cierto, Camille -dijo, examinando el manuscrito que tenía ante sí, titulado «Vera beata nox»-, pero es un mito, estás convirtiendo la Revolución en una leyenda. Adornas los hechos… -De pronto se detuvo, mientas su frágil cuerpo se contraía en un espasmo de dolor.
– ¿Te encuentras mal?
– ¿Y tú?
– No, lo único que pasa es que he bebido demasiado.
– Con tus nuevos amigos, supongo -dijo Marat. En su rostro se adivinaba la tensión y el dolor que experimentaba en aquellos momentos-. ¿Así que te crees a salvo?
– No. Me han advertido que es posible que me arresten.
– No esperes que el Tribunal se ande con formalidades. Lo más probable es que te liquide un tipo armado con un cuchillo. O a mí. Voy a trasladarme al distrito de los cordeliers, donde puedo pedir auxilio si me veo en un apuro. ¿Por qué no haces lo mismo? -sugirió Marat, sonriendo y mostrando su espantosa dentadura-. Estaremos todos juntos. -Luego se inclinó sobre los papeles y dijo, señalando un párrafo con el índice-: Eso que dices es cierto. En otra época nos habría llevado años de guerra civil librarnos de enemigos como Foulon. Y en las guerras siempre mueren miles de personas. Por tanto, los linchamientos son perfectamente aceptables. Son una alternativa caritativa. Puede que algunos no estén de acuerdo con esa opinión, pero no temas llevar tu manuscrito al impresor. -El doctor se frotó el caballete de su aplastada nariz en un gesto muy prosaico y prosiguió-: Lo que hay que hacer, Camille, es cortar cabezas. Cuanto más tiempo pase, más gente tendremos que decapitar. Escríbelo. Escribe que es necesario cortar cabezas.
Los músicos afinaban sus instrumentos. Uno, dos. D’Anton acariciaba la empuñadura de su sable, impaciente. En la calle, frente a su ventana, los vecinos habían organizado un alboroto para protestar contra la distribución de los asientos. La orquesta de la Real Academia de Música iba a ofrecer un concierto. Había sido una excelente idea por parte de D’Anton el contratarlos, daría tono a la ocasión. También tocaría, por supuesto, una banda militar. Como presidente del distrito y capitán de la Guardia Nacional (como se denominaba ahora la milicia ciudadana), D’Anton era responsable de la organización de los festejos de aquel día.
– Estás muy guapa -dijo a su esposa, sin mirarla.
D’Anton lucía un nuevo uniforme -pantalones blancos, botas negras, guerrera azul con ribetes blancos y el cuello rojo- que le hacía sudar a mares. Afuera, el sol caía a plomo.
– Invité a Robespierre, el amigo de Camille, a pasar el día con nosotros -dijo-. Pero está muy ocupado en la Asamblea.
– Pobre muchacho -dijo Angélique-. No sé qué clase de familia tendrá. Le pregunté un día si no añoraba a los suyos, y me dijo que al único que añoraba era a su perro.
– Me cae bien ese joven -terció Charpentier-. No comprendo por qué pierde el tiempo con Camille. Bien -dijo frotándose las manos-, ¿cuál es el programa del día?
– Lafayette llegará dentro de quince minutos. Después de asistir a misa, durante la cual el sacerdote bendecirá la nueva bandera de nuestro batallón, la izaremos y desfilaremos ante ella, mientras Lafayette actúa como comandante en jefe. Imagino que habrán suficientes imbéciles presentes para aclamarlo y vitorearlo.
– No lo comprendo -dijo Gabrielle con aire preocupado-. ¿Acaso la milicia está de parte del Rey?
– Todos estamos de parte del Rey -dijo su marido-. A quienes no soportamos es a sus ministros, a sus sirvientes, a sus hermanos y a su mujer. Luis parece un viejo estúpido, pero no es mala persona.
– ¿Pero por qué dice la gente que Lafayette es republicano?
– En América es un republicano.
– ¿Es que hay republicanos allí?
– Muy pocos.
– ¿Matarían al Rey?
– ¡Por el amor de Dios, claro que no! Eso se lo dejamos a los ingleses.
– ¿Lo encarcelarían?
– No lo sé. Pregúntaselo a la señora Robert. Es una extremista. O a Camille.
– De modo que si la Guardia Nacional está de parte del Rey…
– De parte del Rey -la interrumpió ella- siempre y cuando no intente retroceder a la situación en que nos encontrábamos antes de julio.
– Comprendo. O sea que está de parte del Rey, y en contra de los republicanos. Pero Camille, Louise y François son republicanos, ¿no es cierto? De modo que si Lafayette te ordenara que los arrestaras, ¿qué harías?
– Puedes estar segura que no haré sus trabajos sucios.
Además, pensó D’Anton, podemos crear nuestras propias leyes en el distrito. Puede que no sea el comandante del batallón, pero lo tengo bajo el pulgar.
Camille llegó jadeando y entusiasmado.
– Traigo excelentes noticias -dijo-. En Toulouse, el fiscal ha quemado mi panfleto en la plaza pública. Ha sido muy amable, la publicidad significará una segunda edición. Y en Oléron, un grupo de monjes atacó una librería donde lo vendían, quemaron todos los libros y le cortaron el pescuezo al librero.
– No le veo la gracia -dijo Gabrielle.
– Realmente es una tragedia.
En un taller de cerámica en las afueras de París habían fabricado unos platos con su efigie pintada en azul y amarillo chillón. Eso es lo que sucede cuando uno se convierte en un personaje popular; la gente come encima tuyo.
Cuando izaron la nueva bandera no soplaba una gota de viento, de modo que permaneció colgando lánguidamente como una lengua tricolor. Gabrielle estaba de pie entre su padre y su madre. A su izquierda se hallaban sus vecinos, los Gély. La pequeña Louise llevaba un sombrero nuevo del que se sentía insoportablemente orgullosa. Gabrielle era consciente de que todos la miraban, comentando que era la esposa de D’Anton. Oyó que alguien decía: «Es muy guapa, ¿tienen hijos?» Gabrielle miró a su marido, que estaba de pie en los escalones de la iglesia, junto a Lafayette. Los dos hombres se esforzaban en mostrarse mutuamente corteses. El comandante del batallón agitó su sombrero en el aire y empezó a dar vivas a Lafayette. El público lo coreó, mientras el general sonreía. Gabrielle cerró los ojos, cegada por el resplandor del sol. Detrás de ella oyó la voz de Camille, hablando con Louise Robert como si ésta fuera un hombre. Los diputados de Bretaña, decía Camille, y la iniciativa en la Asamblea. Yo quería ir a Versalles en cuanto tomaron la Bastilla -Gabrielle oyó a la señora Robert soltar una pequeña exclamación de sorpresa- pero debe hacerse cuanto antes. Se estará refiriendo a otro levantamiento, pensó Gabrielle, a otra Bastilla. De pronto, alguien gritó: