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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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– Sí está -respondió Tzilla-. Lo he visto junto a la secretaría al llegar. ¿Hablo con él?

– No. Ya me encargo yo. Quédate donde estás.

– Universidad -dijo la telefonista con voz aburrida.

Michael pidió que le pusiera al habla con el Departamento de Literatura Hebrea.

– ¿Sí? -dijo Adina Lipkin aprensivamente, y Michael solicitó hablar con el profesor Klein.

– ¿Quién lo llama? -preguntó Lipkin.

– La policía -Michael disfrutó oyendo el sonido de su voz al dar esa respuesta.

– Ha estado aquí mismo hasta hace un minuto, pero ha salido un momento. Puedo ir a buscarlo, pero sólo si es urgente, porque tengo a gente esperando, y lo que me gustaría saber es si puedo transmitirle algún recado.

– No, no puede -replicó Michael, severo.

– Está bien, pero tendrá que esperar -dijo Lipkin.

Al poco rato, Michael oyó una voz conocida diciendo enérgicamente: «¿Sí?», y después: «Soy Klein».

Michael habló durante unos minutos mientras oía la respiración de su interlocutor, que le dijo varias veces «sí» y, al final, «comprendido».

Se quedó mirando su reloj largo rato. El minutero avanzaba a cámara lenta y el cenicero se iba llenando de colillas. Con las piernas estiradas, contemplaba los aros de humo que iba formando y, enmarcada en ellos, veía la cara de Yael Eisenstein. No lograba concentrarse en nada salvo en el inminente interrogatorio. Tal como había prometido, Balilty regresó a devolverle la carpeta al cabo de diez minutos; le echó una ojeada y se marchó sin decir nada.

En cualquier momento se abrirá la puerta, pensaba Michael, y aparecerá en el umbral esa imagen frágil como una flor, y yo tendré que fingir que no veo su fragilidad, su belleza.

Se concentró en la imagen del asesinato. Una sombra negra golpeando con saña la oblonga cabeza hasta que se desplomaba. Las estimaciones sobre la altura del asesino realizadas por los peritos eran en exceso imprecisas. La labor prolongada y agotadora llevada a cabo por el equipo móvil en la escena del crimen, tantas mediciones y cálculos, no habían resultado en nada. «Un asesinato cometido durante un arrebato de cólera», se dijo Michael, «no se planea por adelantado. La expectativa de heredar no puede ser la causa de un asesinato de estas características», explicó a las voces que disputaban en su interior. Conjuró la imagen de la figura, delicada como una Madona, de Yael Eisenstein empuñando la estatuilla de Shiva, el dios indio de la fertilidad y la destrucción, y la imagen se perfiló con nitidez antes sus ojos. Veía el brazo pálido, el rostro contraído en una mueca de cólera desatada, los ojos desorbitados por la furia, y sentía lo que ella había sentido…, tal vez, se advirtió a sí mismo.

Pensó en la vulnerabilidad de una persona capaz de entregarse así a la cólera. Esa persona tendría que desear algo apasionadamente, con una fuerza brutal, y a la vez detestar ese deseo. «Tal vez», se dijo, «tal vez fue Yael».

Pero no a causa de la herencia. Por otro motivo, por algo que ignoro.

Cuando se abrió la puerta, Michael ya sabía que tendría que jugársela.

Tzilla entró y él se precipitó a guardar en un cajón la carpeta negra de cartón que le había devuelto Balilty.

– La he traído -dijo Tzilla, enjugándose la frente-. Hace un calor horroroso ahí fuera. Está esperando con Klein; y él me pregunta si puede pasar con Yael; le he dicho que lo consultaría. ¿Qué le digo?

– Dile que primero quiero hablar con ella a solas. Después, quizá.

Michael Ohayon encendió la grabadora en cuanto vio a la esbelta muchacha en el umbral. Una vez más iba toda de negro, aunque con otro modelo: un vestido de punto más holgado. Los brazos se le veían especialmente delgados y un fino collar de perlas le ceñía la nívea garganta, blanco sobre blanco; lo que estaba a punto de suceder volvió a inspirar remordimientos a Michael, que los acalló con otras voces.

Se mantuvo impávido mientras empujaba un cenicero hacia Yael, que había encendido un cigarrillo.

– Deseaba usted hablar conmigo -dijo la chica con frialdad.

– Sí -Michael suspiró-. Quiero que vuelva a describirme lo que hizo el día que fue asesinado Shaul Tirosh.

– Ya se lo he explicado -replicó ella indignada-. Se lo he contado por lo menos tres veces.

– Ya lo sé, y lo siento; cada vez es por motivos diferentes. No nos gusta acosar a la gente sin razones.

– No, claro, sin razones no -replicó Yael Eisenstein, y con violento ademán tiró la ceniza de su cigarrillo.

– Me gustaría aclarar una vez más a qué hora llegó usted a la universidad el viernes pasado, hace menos de una semana.

Ella ladeó la cabeza y lo miró con desdén. Michael no retiró la vista de su cara. No sentía la menor ira, tan sólo compasión y agotamiento.

– ¿Cómo supiste que tenías que hacerle precisamente esa pregunta? -le había preguntado Shorer años atrás, mientras escuchaban juntos la grabación de un interrogatorio-. ¿Cómo has podido saberlo tan pronto? Cuéntamelo.

Y Michael le explicó sobreponiéndose a la vergüenza:

– Siento a la persona, me meto en su cabeza, pienso como ella, la escucho y entonces suelo descubrirlo. Tal vez no los hechos, pero sí el fondo de la cuestión.

– Eso es arriesgado -objetó Shorer-. Es imposible interrogar a una persona si te identificas con ella; hace falta agresividad, y hostilidad también, para interrogar a un sospechoso de asesinato.

– Es la única manera en que sé hacerlo -se disculpó Michael-. Sólo cuando me identifico con alguien sé qué camino tomar. Es muy doloroso aproximarse tanto a la gente, sobre todo para mí, la mera proximidad; y más teniendo en cuenta que me acerco a ellos para atormentarlos, pero no sé hacerlo de otra forma.

Ahora volvió a interrogar a Yael, con fastidiosa insistencia, sobre lo que había hecho el último viernes.

Ella respondió con todo lujo de detalle, repitió que había llegado a la hora de la reunión de departamento, después de la cual fue a la biblioteca, y luego se marchó en taxi a casa, que era como llamaba a la casa de sus padres.

– ¿Cuándo lo vio por última vez?

Yael hizo un gesto de negación, tal como lo hacía Yuval de bebé cuando no quería comer, girando la cabeza de izquierda a derecha.

– Se lo voy a decir claramente -repuso con calma-: no es asunto suyo -y encendió un cigarrillo con mano trémula.

Michael volvió a fijarse en sus finos dedos, sin anillos y manchados de nicotina.

– Encontramos sus huellas en el despacho de Tirosh -le advirtió Michael.

– ¿Y qué? ¿Qué demuestra eso? ¿Que estuve alguna vez en su despacho? No voy a negarlo.

– ¿No estuvo en su despacho el viernes?

Yael lo miró de hito en hito.

– Ya se lo he dicho.

Michael jugueteó con la caja de cerillas y se esforzó en parecer paternal.

– Me gustaría -dijo pausadamente- que confiara más en mí.

– ¿Por qué? ¿Tal vez porque sólo desea lo mejor para mí? -le replicó sarcásticamente.

Michael esbozó una sonrisa condescendiente y perspicaz. Luego dijo con calma, imprimiendo a su voz el dejo de intimidad apropiado:

– Siento muchísimo que Shaul Tirosh le infligiera tantos sufrimientos y humillaciones.

– ¿A qué se refiere? -preguntó Yael a la vez que un leve rubor cubría sus mejillas.

– ¿Le gustaría que se lo recordara?

Yael guardó silencio.

– Me refiero a su matrimonio, a su divorcio, al aborto y también…

– ¿Quién se lo ha contado? -tenía el rostro encendido y la voz ahogada-. ¿Se lo ha contado Ariyeh Klein?

– No hizo falta que me lo contara Klein -respondió Michael sonriendo con tristeza.

– No sé de qué me está hablando -dijo ella, pero Michael alcanzó a ver el destello de las lágrimas que relumbraban en sus ojos antes de que bajara la cabeza.

– Sé que han pasado muchos años desde entonces, pero una humillación de tal calibre debe de ser difícil de olvidar.

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