Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
– No tengo ni idea -dijo Michael obcecadamente-. Pero no es el momento de pensar en eso. Antes quiero ver la caja fuerte, y luego… Estarás de acuerdo conmigo en que no nos va a hacer ningún daño ver lo que contiene.
Shorer hizo una seña a la camarera y le indicó su taza vacía. Ella gritó: «¡Café con leche!» en dirección a la puerta abierta de la cocina y, al poco rato, volvía con más café.
– El problema que plantea Tirosh -dijo Shorer- es que vivía totalmente solo. Por lo que me dices, veo que has puesto tus esperanzas en esa caja de seguridad, pero debo decirte que yo soy pesimista.
– Hasta ahora no he descubierto ningún indicio -reconoció Michael-. Ni el teléfono de un distribuidor de productos químicos, ni un folleto, ni libros de química. Y, sin embargo, estoy convencido; es una corazonada. En cualquier caso, pienso seguir indagando.
Volvió a mirar el gran reloj de pared, que marcaba las ocho. Emanuel Shorer pidió la cuenta y fulminó con la mirada a Michael, que se apresuró a guardar su cartera. Shorer pagó a la camarera y ella rebuscó en la bolsa de cuero que le colgaba de la cintura, contó las vueltas y las dejó sobre la mesa.
Los dos hombres vestidos de traje pagaron los expresos que habían tomado y Michael los vio encaminarse por la calle Ben Yehuda hacia la plaza de Sión. Había poca gente en el paseo peatonal y las tiendas seguían cerradas. Cuando llegaron a la plaza de Sión, vieron a Eli Bahar ante la sucursal del Banco Nacional, hablando acaloradamente con los dos hombres del café. El de menor estatura resultó ser el director del banco. Dos mujeres y un hombre hacían cola a la entrada, y la visión de los hombres trajeados alumbró una llamita de esperanza en sus ojos, que se convirtió en desengaño cuando el director abrió la puerta y, dándose aires de que le aguardaban asuntos importantes, señaló su reloj.
Cerró la puerta con llave una vez que Michael, Eli Bahar y Shorer hubieron entrado. Con Shorer a su lado, el director examinó el mandamiento judicial. Luego condujo a los tres policías a la cámara acorazada, mientras conferenciaba, dándose importancia, sobre las medidas de seguridad.
Shorer se mantuvo en un discreto segundo plano mientras Michael y Eli Bahar se inclinaban sobre la caja. El director contó los billetes que contenía y anotó escrupulosamente sus datos antes de devolverlos al sobre. Después de que Eli firmara sumisamente el impreso que le pusieron delante, y sólo entonces, se les permitió vaciar el contenido de la caja en un par de bolsas de plástico opacas.
El director extendió la mano para que le entregasen el mandamiento judicial; la copia se la quedó Michael.
Una vez que Michael hubo revisado el interior ya vacío de la negra caja de seguridad, desfilaron lentamente hacia la puerta trasera del banco. Michael caminaba con la vista fija en la espalda de Eli, que iba cargado con las bolsas de plástico.
En su despacho del barrio ruso, Michael echó un vistazo a la carpeta negra que Tzilla había traído del laboratorio de Criminalística. Luego dirigió la vista hacia Shorer y Eli y, finalmente, hacia los sobres.
Se movía pausadamente, como siempre que estaba nervioso.
En aquellos sobres marrones guardaba Shaul Tirosh todos sus papeles importantes: la escritura de compra de la casa de Yemin Moshe, el título de doctorado, el certificado de concesión del Premio Presidente de Poesía, su historial médico, cartas amarillentas y documentos en una lengua extranjera.
– Checo -dijo Shorer, y frunció el ceño, tratando de acordarse de algún traductor. Después lanzó una exclamación de júbilo, pidió la lista de teléfonos internos, marcó un número y solicitó apremiantemente hablar con Horowitz, del Departamento de Contabilidad. Unos minutos después, Horowitz entraba a toda prisa, con gesto tímido en su pálido rostro, coronado por una calva donde sobrevivían algunos mechones grises.
– Ahora se acuerdan de mí -dijo con sonrisa bondadosa-. Cuando me quedan dos meses para jubilarme, al fin sacan partido de mi lengua natal -tradujo de viva voz los expedientes académicos dejan Schasky y Helena Radovensky, los padres de Tirosh. Luego examinó con detenimiento otro papel.
– Esto no es checo -dijo-; es alemán…, es un boletín de notas de segundo de Medicina, de la Universidad de Viena. Es de Pavel Schasky; mire, véalo usted mismo.
Shorer se inclinó sobre el papel. Al levantar la cabeza, topó con la sonrisa de Michael.
– No podríamos haber pedido nada mejor. Salvo el propio gas, aquí lo tenemos todo…, toda la química necesaria -dijo Michael, y se recostó en la silla, vencido por el cansancio y la debilidad.
Dentro de una bolsa de papel marrón, en unos sobres blancos, encontraron moneda extranjera: francos suizos, dólares, libras esterlinas e incluso dinares jordanos. De otro sobre Michael extrajo un collar de perlas azuladas con el cierre tachonado de diamantes y un par de pendientes a juego. Se quedó contemplándolos un momento, hasta que Eli Bahar exclamó triunfaclass="underline"
– ¡Aquí está!
El testamento, firmado ante notario, estaba en un sobre aparte. Michael leyó varias veces el conciso documento, se lo tendió a Shorer, marcó un número en el teléfono negro y le pidió a Tzilla que se reuniera con ellos.
La recién llegada echó un vistazo rápido al testamento y se lo devolvió a Michael. Se le habían arrebolado las mejillas.
– Esto no nos deja más que una vía de acción -dijo Eli Bahar pasándose la mano por el pelo-. Puede venir con su abogado, si quiere -y añadió en tono agraviado-: Os dije desde el principio que no me gustaba su aspecto.
Michael le hizo una seña de asentimiento a Tzilla y ella le dirigió una mirada interrogante.
– Bueno, tenemos que localizarla y traerla aquí -le confirmó-. ¿Estás lista?
Tzilla asintió vigorosamente, abrió la puerta y se dio de bruces contra Manny Ezra.
– ¿A dónde vas? -le preguntó, nervioso, y volvió la vista atrás.
Tzilla siguió su mirada y sonrió afablemente a un joven flaco y con gafas, que se adelantó y se detuvo en el umbral junto a Manny Ezra.
El joven vestía uniforme policial, con galones de sargento en la manga.
– Illan Muallem, señor -se presentó a Michael Ohayon, y le tendió una carta.
– ¿Por qué va de uniforme? -le preguntó Eli a Manny.
– Pensó que en la gran ciudad quizá fuéramos estrictos -respondió Manny sofocando una risita.
Illan Muallem trasladó su peso de un pie a otro.
– Es de la policía de Ofakim -explicó Manny-. El ayudante que nos ha asignado el distrito meridional.
– Menos mal que no está Balilty; se lo habría comido vivo -comentó Eli Bahar, agarrando del brazo al sargento-. Vamos, chico; te daremos café y algo de comer -y se lo llevó afuera.
Michael se volvió hacia Manny, le explicó en pocas palabras cómo debía verificar todas las compras de monóxido de carbono realizadas durante el último mes y le pidió que confeccionase una lista.
– ¿Con él? ¿Con ese Muallem? -preguntó Manny, incrédulo.
– Supongo que sabrá hablar por teléfono -replicó Michael fríamente, sintiendo una punzada de compasión hacia el humilde personaje con su uniforme recién planchado.
Al quedarse solo, Michael abrió la carpeta remitida por el laboratorio y empezó a pasar las finas hojas llenas de poemas escritos a máquina. Después encendió un cigarrillo y examinó el informe pericial que Tzilla le había dejado sobre la mesa. Allí se especificaba la marca de la máquina de escribir utilizada y el tipo de papeclass="underline" «papel de arroz», leyó Michael, anotado en la pulcra letra de Pnina. En una nota adjunta se informaba de que se habían hallado huellas dactilares de Tirosh en las hojas, así como otras huellas, borrosas debido a «un manejo negligente por parte del personal forense».
«Una hoja voló por los aires / cayó / en mi blanca camisa / después en la oscuridad / se hundió / en el silencio», leyó Michael, y fue pasando las páginas con cuidado, tratando de descubrir algún detalle que revelase la identidad del poeta; y, a medida que leía, se sentía cada vez más violento. Era imposible, sencillamente imposible, que al autor de aquellos versos le hubiera pasado inadvertida su banalidad.