Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
– Una cantidad respetable, no sé exactamente cuánto; vivo de los intereses, y aunque mi padre asegura que no hay por qué preocuparse, yo no me siento tranquila transgrediendo la ley.
Michael colocó una fotocopia del testamento ante ella. Después de observarlo desconcertada, inclinó la cabeza y lo miró entornando los ojos. Lo cogió luego con mano trémula y se lo aproximó a los ojos. Dejándolo sobre la mesa, rebuscó en su bolso gris, sacó unas gafas de moldura cuadrada de una funda, se las puso y reanudó la lectura. Al terminar, volvió a depositarlo sobre la mesa. Sin quitarse las gafas, que le conferían un aspecto más maduro e inteligente, se encaró a Michael con una mirada despejada y penetrante en sus ojos azules. La ira se traslucía con toda claridad en su expresión. Volvió a fruncir los labios, un gesto que a Michael ya le resultaba familiar.
– ¿No sabía nada de esto? -preguntó Michael, y guardó el documento en el sobre marrón sin apartar la vista de ella.
Yael negó con la cabeza.
– Pero no me sorprende, no me sorprende en absoluto -y un chorro de lágrimas empañó las lentes de sus gafas.
– ¿Por qué llora?
– No lo comprendería -dijo meneando la cabeza-. Nadie lo comprendería.
– Explíquemelo -le pidió Michael con un suspiro-. Quizá lo entienda si me lo explica.
– Ni siquiera podía dejarme en paz para odiarlo. Cómo no iba a tener un gesto aparentemente noble…, qué típico de él. Como siempre, no pensaba en mí, sólo en sí mismo…, a pesar de lo que dice sobre la admiración que siempre le inspiré. ¿Quién me va a creer a mí?
Se produjo un largo silencio.
– Me temo -dijo Michael, inclinándose hacia delante- que tendremos que repetir la prueba poligráfica; tal vez esta vez sea diferente: sabremos muy bien qué hay que preguntar. No tiene nada que temer…, si me ha dicho la verdad, claro está.
No le daba miedo, dijo ella, estaba dispuesta a hacerlo, con tal de que la creyeran.
– Le comunicaremos cuándo tiene que hacerlo. Esta vez la interrogarán sobre temas dolorosos: su matrimonio, el divorcio, el embarazo, los poemas, el testamento. Nadie pretende humillarla, tenga en cuenta que estamos investigando un asesinato, dos asesinatos.
Yael asintió y preguntó más animada:
– ¿Ya está? ¿Hemos terminado?
– Por hoy, hemos terminado -confirmó Michael, y se levantó. Le temblaban las manos y las piernas, como si hubiera levantado una carga muy pesada.
Yael extendió la mano hacia la carpeta negra.
– Me temo que hemos de guardarla aquí, de momento -se excusó Michael.
– Pero no se lo enseñarán a nadie -dijo ella con aprensión.
Michael se encaminó a la puerta y Yael lo siguió dubitativa, sin despegar la vista de los poemas que quedaban sobre la mesa.
A la puerta esperaba Klein, con la expresión de un hombre que ha dejado a su hija a merced de un hechicero. La miró a la cara, descubriendo el evidente rastro del llanto en sus mejillas.
– Si tiene un momento, me gustaría hablar con usted -dijo Michael.
Klein miró a Yael, como pidiéndole permiso.
– La podemos llevar nosotros a casa, si es que eso le preocupa -dijo Michael.
– Puedo irme a casa sola -intervino Yael, quitándose las gafas y guardándolas en el bolso gris que le colgaba del brazo. Sus ojos volvían a ser dos lagos mansos, de mirada vaga.
– Te acompaño hasta la calle -dijo Klein mirándola con inquietud.
Michael Ohayon regresó a su despacho y encendió la grabadora. Estaba rendido y le dolía todo, pero no era la fatiga agradable que produce el trabajo físico. Echó una mirada desesperada en torno al desnudo despacho y se preguntó cuándo podría meterse en la cama y olvidarse de todo. No eran más que las dos de la tarde.
15
– Si no recuerdo mal -dijo Klein, despejando de librotes y papeles su mesa-, anoté el teléfono en la agenda que usábamos en Estados Unidos; la dirección no, sólo el teléfono. Sabe Dios dónde la he puesto -masculló mientras abría el cajón de la mesa.
Iba examinando todos y cada uno de los papeles que extraía del profundo cajón, que a veces le arrancaban una sonrisa o un gesto de sorpresa.
– Por regla general -le dijo a Michael-, sé dónde están las cosas, pero no he tenido tiempo de ordenar los papeles desde que volvimos, con tanto revuelo, y el ajetreo de que mi mujer y mis hijas volvieran el sábado por la noche; pero recuerdo haberla visto, la agenda, y sé con seguridad que la dejé en algún lugar de esta habitación. Pero no recuerdo dónde.
Eran las tres de la tarde y Michael fumaba y aguardaba a que Klein diera con el teléfono del abogado que Iddo Dudai había conocido en Estados Unidos. La casa estaba en calma. Michael aguzó el oído, pero no captó el rumor de voces femeninas ni notas musicales.
– Me extraña que no me enseñara los poemas; creía que había mucha confianza entre nosotros -dijo Klein, irguiendo la cabeza por encima del cajón-. Tal vez pensó que no querría herirla, que le haría una crítica benigna -concluyó, y reanudó la búsqueda.
Mientras contemplaba al hombre recio que iba acumulando papeles sobre la mesa, Michael pensó en la primera reacción de Klein al ver los poemas una hora antes, en el barrio ruso, cuando regresó de acompañar a Yael a la salida. Recordaba el rostro amplio, sudoroso y congestionado por el calor, inclinado sobre la negra carpeta de cartón, la manaza que volvía las páginas con delicadeza, la mueca con la que había dejado violentamente los poemas sobre la rayada superficie de madera de la mesa, y la expresión impaciente de sus ojos mientras esperaba que Michael le diera una explicación. Ahora, fumando en la casa silenciosa mientras observaba la lenta búsqueda de la agenda, Michael rememoró su conversación.
– ¿Conoce estos poemas?
Klein volvió a hojear las finas páginas, negó con la cabeza y dijo:
– No. ¿Se supone que debería conocerlos?
– Pensé que quizá se los habría enseñado.
– ¿Quién?
– Yael Eisenstein; los ha escrito ella.
Klein lo miró con manifiesta incredulidad y volvió a examinar los poemas. Cuando al fin alzó la cabeza, Michael vio en sus ojos el oprobio y la afrenta de no haber sabido nada de los poemas.
– ¿Está seguro? -preguntó.
– Puede preguntárselo a ella.
Klein se enjugó el rostro con las manos, bebió un sorbo de agua de la taza amarilla de plástico que Michael le había traído cuando llegó y lo miró con tristeza.
– La tenía por una persona de talento -señaló Michael.
– De mucho talento -dijo Klein con entusiasmo-. Es seria, concienzuda, perceptiva, de buen gusto y muy inteligente.
– En ese caso, ¿cómo se explica esto? -preguntó Michael escéptico.
Klein pegó un golpe sobre la mesa con la taza de plástico, de la que salieron despedidas gotas de agua, y replicó:
– ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Tiene talento para la investigación, no para la escritura creativa. Son dos cosas distintas.
– Sí, ya me doy cuenta. Evidentemente, no era eso a lo que me refería.
– ¿A qué se refería? -preguntó Klein, cansino.
– Me refería a su gusto: ¿cómo es posible que no apreciara por sí misma lo malos que son los poemas?
Klein bajó la cabeza y sonrió.
– Eso no tiene la menor relación con el talento -sentenció-. Nadie puede juzgar el valor de su propia obra, salvo, en algunos casos, con la perspectiva que da el tiempo. Hay excepciones, desde luego, pero hablando en términos generales, y sobre todo en el terreno literario, y en especial cuando es la primera obra, no hay manera de saberlo. El escritor se embebe demasiado en la escritura, está inmerso en sus sentimientos… Sólo un cierto distanciamiento permite juzgar las creaciones propias. Pero no se apresure a sacar conclusiones -le advirtió secándose la frente-. Yael es una intelectual muy dotada y no es ningún desdoro -tomó otro sorbo de agua- que, como todos nosotros, aspire a crear -su voz se fue apagando gradualmente y volvió a alzarse para afirmar con pasión-: Soy un convencido del valor de los estudios académicos en el terreno del arte en general y de la literatura en particular, pero todo buen académico lleva dentro un artista frustrado; o lo que es lo mismo, todo buen crítico literario sueña con escribir «verdadera» literatura.