Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
Silencio.
– Sobre todo -continuó Michael, subrayando todas las palabras-, teniendo en cuenta lo mal que se debió de sentir al saber que nunca podría tener hijos como consecuencia de lo sucedido.
Yael irguió la cabeza.
– ¿Cómo es posible que se haya enterado de eso? -preguntó en un susurro de espanto. Y torció el gesto.
– Trato de imaginar lo que debió de sentir. La amargura y, sobre todo, la humillación. Por si le sirve de consuelo, le diré que no es usted la única persona a la que Shaul Tirosh humilló.
Ella no reaccionó. Su pálido semblante se había agarrotado con la vista puesta en Michael. Él percibió el miedo y, sobre todo, la formidable ira que dejaba traslucir. Yael seguía mirándolo fijamente, inmóvil.
– Imagino la conversación entre ustedes. Como es habitual, él la humilla con mucha elegancia, sin perder la compostura; puede que usted llegue a contarle sus problemas ginecológicos; y él reacciona con cinismo, como siempre. ¿Qué le dijo? ¿Que de todas formas no estaba hecha para ser madre? ¿Que no era una mujer de verdad? ¿Qué le dijo exactamente para impulsarla a golpearle con tanta saña, para desear que muriera?
Yael se abalanzó hacia la puerta sin que Michael lograra detenerla hasta que ya tenía la mano sobre el picaporte. Uno a uno, desprendió sus dedos del tirador y, agarrando su delgado brazo con fuerza, la condujo hacia la silla y la obligó a sentarse.
«No me he equivocado», pensó Michael, y se permitió congratularse antes de proseguir hablando.
Yael se dejó caer flácidamente, como si le hubiera abandonado la voluntad, acobardada, desvalida. Michael supo que a partir de ese momento todo iría rodado.
– ¿Qué le dijo Tirosh? Sabe muy bien que no tiene sentido tratar de huir de aquí. ¿Qué le dijo, cuando estaba en su despacho, para impulsarla a golpearle con la estatuilla? ¿Para machacarlo una y otra vez?
Se preguntó si sería el momento de explicar que, si colaboraba, se consideraría un homicidio en lugar de un asesinato con premeditación y alevosía; decidió no decir nada.
– Fue espantoso ver cómo se desplomaba y dejarlo allí tirado -afirmó como si él hubiera estado presente.
Yael dirigió la vista hacia él y luego la desvió, sacudió la cabeza y, al fin, sacó un pañuelo bordado del bolsito de cuero que había colgado del respaldo de la silla y se sonó sin hacer ruido. Hacía años que Michael no veía a una mujer sonándose con un pañuelo bordado, como una niña bien educada.
Estaba a punto de repetir la pregunta cuando Yael dijo con una voz aún más suave que de costumbre que no había sido ella quien le había golpeado.
– Pero estuvo en su despacho -afirmó Michael.
– Sí, pero el jueves.
– Y se peleó con él.
Ella asintió con la cabeza.
– ¿Cuál fue el motivo de la pelea?
– Un asunto íntimo.
– ¿Más íntimo que el hecho de que no pueda tener hijos?
Sí. En su opinión, lo era. Así veía ella las cosas. Por otro lado, nunca le había hablado a Shaul de ese problema.
«¿Qué podría considerar más íntimo que su esterilidad?», caviló Michael. Tenía que descubrirlo, adivinarlo urgentemente, como si le fuera la vida en ello. Repasó mentalmente la vida de Yael, su trabajo en la universidad, su aislamiento, el hecho de que evitara coger autobuses, la dieta a base de yogur y fruta, su monótono vestuario que nunca se plegaba a los dictados de la moda, la información confidencial descubierta por Balilty con respecto a la consulta psicoanalítica a la que acudía, cuatro veces por semana, según le dijo Balilty, taxi de ida y de vuelta…, su soledad, sobre todo su soledad. «Estás perdiendo el hilo; métete en su pellejo. No pienses en lo que es íntimo según tu criterio, sino en lo que es íntimo para ella.» De pronto, con rápido ademán, extrajo la carpeta negra del cajón del escritorio.
– Creo que lo que realmente le hirió fue la actitud de Tirosh hacia esto -dijo, y le tendió los poemas.
Yael asió la carpeta con fuerza sin decir nada.
«Los he leído. Son malísimos. Tan malos como para inspirar vergüenza ajena», pensó Michael. Y en voz alta preguntó:
– ¿Fueron sus críticas las que la enfurecieron y la llevaron a golpearle? ¿Fue ésa la humillación que le hizo perder la cabeza?
Yael lloraba en silencio. «Pretende derretirme el corazón», pensó Michael.
– Tiene que responderme -dijo con suavidad.
Ella no le había golpeado, dijo. Estuvo en su despacho el jueves, por la mañana. Ruchama Shai esperaba fuera; se lo podía preguntar a ella, a Ruchama, qué aspecto tenía cuando salió del despacho. Dejó allí los poemas porque no soportaba seguir viéndolo ni un minuto más. Se había quedado de piedra. No tenía la capacidad de reaccionar con violencia cuando le hacían daño, sencillamente se venía abajo, y él nunca, nunca la había ofendido tanto como entonces, al devolverle los poemas. Había tomado asiento tras su escritorio y había tratado de decírselo con tacto, lo que en sí mismo era insultante. Yael no había enseñado los poemas a nadie, ni siquiera a Klein. Lo cierto era que sólo llevaba un año escribiendo y no se sentía capaz de enjuiciar el valor de su obra. Al principio Shaul quiso ser delicado, pero siendo quien era, se le escaparon algunas pullas y terminó por decir con impaciencia: «No tienes futuro. No sabes escribir; una mujer necesita una matriz para escribir». Quizá le habría pegado si se hubiese sentido con fuerzas, pero su primer impulso fue tirarse por la ventana de aquel despacho de la sexta planta.
Michael tenía la vista fija en Yael. Escuchaba con atención todas sus palabras y veía la escena ante sus ojos. Se preguntó un par de veces si daba crédito a la historia que le estaban contando. No supo responder. Yael parecía extenuada.
Le quedaban un par de preguntas por hacerle, dijo.
Un relámpago de ansiedad volvió a cruzar el rostro de Yael.
¿Había intentado Tirosh reanudar su relación en algún momento?
Sí, reconoció Yael. Lo había intentado y ella lo había rechazado. Él no lo encajó bien, pero fue un enfado pasajero.
La segunda pregunta era:
– ¿Podría eso explicar la frase: «Ojalá esto sirva para compensarte en alguna medida por lo que no estuvo en mi mano darte»?
– ¿Ojalá sirva el qué? ¿De dónde sale esa frase? ¿De qué me está hablando? -sus anchas cejas se arquearon mientras lo miraba desconcertada.
Esta vez no había dicho «¿A qué se refiere?», advirtió Michael. Ahora era sincera, como si ya no quedara nada por descubrir. ¿O no era sincera? ¿Se estaría dejando engañar por sus supuestas «intuiciones»?
Tras algunas vacilaciones, le dijo:
– ¿Está al tanto del testamento que dejó Shaul Tirosh?
– ¿Testamento? -se encogió de hombros-. ¿Qué testamento? -preguntó sin miedo, sorprendida.
– ¿Le habló de eso alguna vez?
Esas cosas no le interesaban, afirmó ella.
– De todas formas, los taxis, el psicoanálisis, los tratamientos médicos, la comida… ¿De qué vive? -preguntó Michael, pensando en la transferencia que Yael recibía todos los meses. Ése había sido uno de los descubrimientos de Balilty, anunciado a bombo y platillo en una reunión del equipo.
Tenía su trabajo, replicó Yael, y sus padres le pasaban una renta mensual.
– Pero tengo entendido -dijo Michael con cautela- que su padre se arruinó en el 76, y después de su último infarto no ha vuelto a trabajar.
Yael Eisenstein guardó silencio y Michael esperó. Dejó transcurrir un rato antes de dirigirse a ella:
– Adelante, hoy ha dicho cosas mucho peores. Si el dinero no le interesa, no debería resultarle difícil hablar del tema -dijo sin lograr camuflar su impaciencia.
Ella tragó saliva y explicó un tanto cohibida que el piso estaba registrado a su nombre y que su padre se las había arreglado para colocar dinero en Estados Unidos «antes de la crisis»…