Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Un Asesinato Literario
Un Asesinato Literario - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
1 ... 58 59 60 61 62 63 64 65 66 ... 95
Перейти на страницу:

Estuvo leyendo el libro de Tuvia Shai y luego retomó los poemas. Sentía una vez más la corazonada de que sólo allí encontraría el extremo del hilo que le permitiría desenredar la madeja. Sabía que no podría comentar sus impresiones con los demás miembros del equipo de investigación; ellos no lo verían lógico. Ni siquiera él mismo podría haberlo explicado, mas lo cierto era que después de ver la grabación del seminario había comenzado a percibir la existencia de ese hilo suelto, a sentir que los poemas palpitaban, tenían vida propia, y podían ser tan peligrosos como el filo de una navaja. Poco a poco se fue adueñando de él la decepción. «Te estás engañando», se reconvino mientras leía. Aquí no hay nada, nada nuevo. Y de vez en cuando alzaba la vista y, con la mirada perdida en la sala, veía de nuevo aquellas imágenes. No les oponía resistencia.

La imagen de Ruth Dudai en el entierro de su marido, su expresión durante el interrogatorio, la voz llorosa con la que reconoció que había estado esperando que Shaul Tirosh la llamara desde el viernes por la tarde, las explicaciones relativas a cómo había pedido a la canguro que fuera a su casa, cómo se habían sentado juntas a esperar, y cómo, al fin, le dijo a la chica que se podía marchar cuando, ya a las diez, Tirosh seguía sin llamar. Luego estuvo llamándolo a casa a intervalos de una hora, sin oír más que el timbre del teléfono resonando en la casa vacía.

– Todo empezó poco antes de que Iddo se marchase a Estados Unidos -había dicho con voz ahogada por las lágrimas-, pero nunca llegué a estar con él.

Michael recordaba la frialdad con que Eli Bahar le había preguntado:

– ¿Quiere decir que nunca se acostó con él?

Y también recordaba la mirada ofendida que ella le dirigió a través de las lágrimas, el rubor de sus mejillas redondeadas y el gesto avergonzado de asentimiento cuando Michael repitió la pregunta de Eli.

– La cosa empezó cuando le pedí que me echase una mano con la tesis doctoral, porque mi director de tesis no me estaba prestando ninguna ayuda real -dijo, y describió el tema de su tesis, algo relacionado con la estética-. Se había ofrecido a ayudarme hacía muchísimo tiempo, pero me daba no sé qué aceptar, y además me inspiraba miedo. Una vez que Iddo no estaba en casa, se presentó de visita, se sentó en el sillón y se recostó hacia atrás.

Y Ruth Dudai se embarcó en una descripción pormenorizada de cómo Tirosh había cruzado las manos detrás de la cabeza, su gesto al revolverse el pelo con los dedos, la mirada de angustia que le dirigió, la turbación y el nerviosismo que ella sintió, y cómo le temblaban las manos mientras preparaba un café; él insinuó que sus relaciones con el sexo opuesto habían llegado a un callejón sin salida, y ella supo que se refería a Ruchama. A continuación Ruth Dudai aludió a los comentarios de Tirosh sobre lo solo que estaba, y ahora Michael oía como en un eco la voz de aquella mujer preguntándole si se daba cuenta de lo halagada que se había sentido cuando Tirosh apeló a ella diciendo que era la única persona capaz de «rescatarlo de su soledad». Michael también recordaba que había creído a Ruth Dudai cuando le dijo:

– Es absurdo preguntarme si he matado a Iddo. Llevábamos muy poco tiempo casados y, hasta que se fue a Estados Unidos, éramos buenos amigos. Fue ese viaje el que lo estropeó todo: para empezar, si no se hubiera ido, no habría pasado nada con Shaul; y después volvió tan raro…, hasta entonces Iddo siempre había sido muy sensato; y yo no soy una persona alocada, precisamente. No creo que hubiera llegado a nada serio, mi relación con Shaul; más bien parecía que me hubiese hechizado, era algo hipnótico. La verdad es -prosiguió con la misma voz implorante- que para mí fue un alivio que no me llamara el viernes, hace cinco días, sólo cinco días -y rompió a llorar de nuevo.

Sentado en la sala de lectura, Michael rememoró cómo le había preguntado una y otra vez sobre las experiencias de Iddo en Estados Unidos; la insistente pregunta de Eli Bahar: «¿Qué le ocurrió allí?», y los incesantes sollozos entre los que ella respondió: «No lo sé, de verdad, no lo sé. Se lo pregunté pero no me explicó nada, de verdad». Después Eli Bahar y él habían escuchado todas las cintas, las siete grabaciones de las entrevistas con refugiados políticos y disidentes judíos, poetas e intelectuales instalados en Estados Unidos. Mientras escuchaban aquellas voces solemnes leyendo poesía ante la grabadora de Iddo Dudai, era como si Michael estuviera viendo al joven serio y observador cuyo rostro había visto en la grabación…, el mismo rostro que antes viera, abotagado y sin vida, en la playa de Eilat. Todas las cintas estaban etiquetadas con el lugar, la fecha y la hora, así como con el nombre del entrevistado. Horas y horas de grabaciones no despejaron ninguna incógnita.

– ¿Cuántas casetes tenía? -le preguntó Eli Bahar a Ruth Dudai, con dos estuches en la mano.

– No lo sé, no las conté.

Michael recordaba la respuesta y el tono desvalido con que la dio.

– Aquí hay sitio para ocho, y sólo hemos encontrado siete -insistió Eli.

Michael escuchaba desde la habitación contigua.

– No lo sé -repitió Ruth Dudai, y lo farfulló una y otra vez-: No lo sé, no lo sé.

Michael pensó en las horas de indagaciones vanas, en los bien ordenados archivadores hallados en el dormitorio de Dudai, en el gran escritorio que ocupaba casi todo el espacio del atestado dormitorio del matrimonio, que también hacía las veces de despacho, y, exhalando un suspiro, volvió a concentrarse en los artículos de Tirosh.

Cuando estaban a punto de cerrar la biblioteca, sintió un retortijón de hambre y recordó que ni siquiera había tomado un café. La nueva cafetería inaugurada en el edificio Levy, junto a la biblioteca, estaba cerrada, por lo que se encaminó al aparcamiento. Aunque había refrescado, el coche seguía recalentado; oyó el chisporroteo de la radio a través de la ventanilla cerrada aún antes de introducir la llave en la cerradura. Desde Control le informaron de que Tzilla quería hablar con él. Regresó al campus y llamó desde una cabina del edificio de las oficinas. Respondió Tzilla, con la voz alterada.

– No te encontraba por ningún lado -se quejó- De pronto desapareces y yo me quedo aquí colgada con todos los papeles y las cintas; ya no queda nadie.

– Voy para allá -la tranquilizó Michael, y escudriñó la oscuridad por la puerta de cristal de la cabina. Regresó a su coche pensando en bombonas de gas, botellas de aire comprimido, envenenamientos con monóxido de carbono y en la posibilidad de que Tirosh hubiera asesinado a Dudai.

«Pero ¿por qué?», se preguntó. Un catedrático con su plaza asegurada, un intelectual y un esteta, alguien así no asesina a un alumno de doctorado simplemente porque critique su poesía en un seminario. Por muy brillante que fuera Iddo, difícilmente podría haber representado una amenaza seria para Tirosh. ¿Habría habido alguna confrontación entre ellos? Y si fue Tirosh quien rellenó de gas venenoso las botellas de aire de Iddo…, ¿quién había asesinado a Tirosh? ¿Y de dónde habría sacado un poeta e intelectual como Tirosh los conocimientos técnicos necesarios? ¿Y cómo habría conseguido el monóxido de carbono?

Llegado a ese punto de sus reflexiones, Michael ya estaba en el aparcamiento del barrio ruso; dejó el coche, echó un vistazo a las dependencias policiales, a los cuadrados iluminados de las ventanas y se encaminó a paso lento hacia su despacho. Tzilla estaba sentada bajo la luz fluorescente, examinando los papeles de la misma bolsa de plástico que Eli había comenzado a revisar antes. Lo miró con expresión de agotamiento:

– ¿Por qué no te vas a casa a descansar? -le preguntó Michael con dulzura-. No queremos que te machaques.

1 ... 58 59 60 61 62 63 64 65 66 ... 95
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)