Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
Tzilla se levantó con esfuerzo y le dirigió una mirada dubitativa.
– ¡Vete! -le riñó Michael, y ella sonrió y se marchó.
A las tres de la mañana, el timbre del teléfono negro le hizo dar un brinco. Oyó a Eli Bahar que le decía excitado y sin aliento:
– No he podido esperar a decírtelo en persona. ¡La hemos encontrado!
– ¿El qué? ¿Qué habéis encontrado? -preguntó Michael, nervioso.
– Ven a verlo tú mismo, estamos en la planta baja, Alfandari y yo, junto a la sala de reuniones, hemos encontrado la caja fuerte.
– ¿Dónde? ¿La caja fuerte de quién? Habla como un ser humano, ¿quieres?
– Tenemos aquí los documentos. Tirosh tenía una caja de seguridad en el banco.
– ¿Dónde habéis encontrado los documentos?
– Estamos aquí, abajo, ven a verlos. En una carpeta con poesías. Estaba con las cosas que nos llevamos de su despacho y no con las que cogimos en su casa -explicó Eli jadeante.
Michael bajó a la carrera los dos tramos de escaleras y, aun sabiendo que en muchos despachos había gente trabajando, el resonar de sus pasos se le antojó terriblemente solitario.
Eli Bahar le dirigió una alegre mirada de disculpa.
– Perdona que no haya subido a verte. Te llamé sin pensarlo en cuanto vi la primera página.
– ¿Dónde estaba? -volvió a preguntar Michael.
– Con estos papeles -repuso Alfandari con su agradable voz, tendiéndole una carpeta que contenía finas páginas escritas a máquina. Michael les echó un vistazo, sonrió y dijo:
– Buen trabajo.
– El Banco Nacional -le comunicó Alfandari.
– ¿Qué hora es? -preguntó Bahar.
– Las tres pasadas -replicó Michael pensativo-. Tardaremos un par de horas en conseguir el mandamiento judicial. ¿Dónde está Balilty?
– ¿Por qué? ¿Quién quiere saberlo? -preguntó Balilty con sonrisa triunfal, asomándose por la puerta.
Michael le entregó el contrato de la caja de seguridad.
Tras lanzar un silbido de admiración, Balilty preguntó con gesto serio, poco común en éclass="underline"
– ¿Quieres que consiga un mandamiento judicial?
Michael se encogió de hombros.
– Estaré de vuelta dentro de una hora. ¿Qué juez está de guardia hoy?
No lo sabían.
– Bueno, da lo mismo. ¿Vamos a despertar a los empleados del banco o esperamos hasta que abran?
– Esperaremos a que abran -decidió Michael.
14
Tras haber pasado las últimas horas de trabajo de la víspera con Balilty, que no paró de tararear obsesivamente la canción de moda La respuesta al enigma, a las seis de la mañana, Michael Ohayon se había mudado de ropa y se pasaba cuidadosamente por la cara la cuchilla de afeitar frente al espejo de su cuarto de baño. Las palabras de Ariyeh Klein le venían a la mente con insistencia; Balilty y él habían estado escuchando una y otra vez la grabación de su encuentro. Mientras se secaba las mejillas con la toalla, Michael tomó una decisión.
– Oye, ¿sabes qué hora es? -se quejó Avigdor, jefe del Departamento de Identificación Criminal, al responder al teléfono con voz soñolienta-. ¿No podías esperar a una hora más civilizada?
– No tiene por qué ser una bombona grande, ¿sabes?; también están las llamadas botellas de laboratorio, unas bombonas pequeñitas, como sifones en miniatura, con capacidad de unos doscientos gramos, pero…
– Sí, ya lo sé. Solía emplearlas cuando daba clases de química en la universidad. Y en aquellos tiempos nadie me llamaba a casa a las seis de la mañana… Ohayon, ¿cuántos años llevo a cargo de la Criminalística en Jerusalén? ¿Por qué no confías en mí? Te he dicho mil veces que no tiene sentido…, es una idea disparatada. La cuestión es muy simple. Uno se puede meter en el garaje de su casa, sellarlo y poner en marcha el motor del coche…, y ya tendría CO. En mi humilde opinión, por ahí no vas a llegar a ningún lado… Sí, sí, no te falta razón en lo que dices -por primera vez, un dejo dubitativo afloró a la voz de Avigdor-, pero el tipo en cuestión debía de tener conocimientos de química. Tendría que haber sabido química para hacerlo todo: en primer lugar, para que se le ocurriera pensar en ese gas y también que si lo rellenaba en el garaje olería. Lo que dices es verdad, sólo es inodoro cuando se produce en un laboratorio. No es un submarinista a quien tienes que buscar, sino a un químico, pero esa idea de los distribuidores de productos químicos es absurda. Cualquier laboratorio…
– He descartado los laboratorios de la universidad y de los hospitales -dijo Michael fatigadamente- Quiero examinar todos los pedidos realizados durante el último mes. ¿Cuántas bombonas de ésas harían falta?
– Cinco, seis; no muchas. Pero créeme…
– Esta misma mañana te enviaré a uno de mis hombres. Dale una lista de todos los sitios para que los investigue. Al fin y al cabo, no tenemos nada que perder -dijo Michael, mirando el jarrón vacío que había junto al teléfono; y, después de darle las gracias a Avigdor, colgó el auricular.
Mirando con irritación su reloj, esperó que las manecillas se movieran; cuando al fin llegaron a las seis y media, se permitió marcar el teléfono de Emanuel Shorer.
– ¿Dónde? -preguntó Shorer totalmente despabilado.
– En el Café Atara; está a la vuelta de la esquina del banco -repuso Michael.
A las siete y media, ambos hombres estaban sentados en silencio en el Atara, junto al ventanal que daba a una bocacalle. La camarera, charlando en húngaro con una anciana sentada a una mesa junto al pasillo central, les servía el desayuno: tortillas, panecillos, cubitos de mantequilla, platillos con mermelada y zumo de naranja.
– ¿Te he despertado? -preguntó Michael, con la vista clavada en su tortilla.
– Tonterías -replicó Shorer-. ¿Cuándo conseguiste el mandamiento judicial?
– A las cuatro y media de la mañana.
– Entonces, ¿a qué viene tanto alboroto? Podrías habernos dejado dormir a los demás.
– Eso es precisamente lo que he hecho -dijo Michael a la defensiva.
– ¿Y bien? ¿Qué más novedades hay? -quiso saber Shorer.
Michael le resumió la conversación con Klein y le contó cómo habían descubierto la existencia de la caja de seguridad. Dudó si aludir a Shira de Agnón, y una vaga aprensión se lo impidió. Por otra parte, no sabía muy bien qué decir al respecto. Cerró su exposición diciendo:
– Así que, en mi opinión, hemos dado con una nueva pista.
– ¿Y si no compró el gas en Israel? -preguntó Shorer-. Hay distribuidores de productos químicos en todo el mundo. ¿No estarás pensando que iba a guardar bombonas de gas vacías o publicidad de los distribuidores en la caja fuerte?
Dos hombres entraron en el café y se sentaron a la barra. Michael miró de reojo sus trajes de chaqueta oscuros y sus corbatas estrechas, y se enderezó el cuello de la camisa.
– Vamos a usar la cabeza -dijo Shorer paternalmente, tomando a sorbos el café traído por la camarera-. ¿Cómo puede hacerse con monóxido de carbono un catedrático de literatura? ¿Tú cómo lo harías?
Michael depositó cuidadosamente su taza sobre el plato.
– Ya te he dicho que hemos hablado con todos los laboratorios y en ninguno ha desaparecido nada. La única vía que queda es la legaclass="underline" encargárselo a un distribuidor, por teléfono o por correo. En ambos casos, alguien tiene que recibir el paquete y pagar por él, y el distribuidor sabe quién le ha pagado y a quién ha enviado el paquete.
– Sí -convino Shorer, desmenuzando la cerilla ennegrecida que Michael había tirado al cenicero-, ése es precisamente el problema. ¿Por qué se iba a tomar la molestia de dejar pistas alguien que planeó con tanto cuidado el asesinato si tenía la oportunidad de conseguir por otros medios ese gas, que no es tan raro? Y aun cuando fueran recipientes pequeños, alguien tiene que recogerlos, firmar el recibo y todas esas cosas.