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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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Reparó, no sin regocijo, en los comentarios escritos por Tirosh, con cuya letra se había familiarizado durante los últimos días. «Metáfora cerrada», había anotado junto al verso «No sabía si había cerrado la puerta con llave cuando te fuiste». Aunque Michael sabía que la teoría literaria establece una diferencia entre el escritor y la voz del texto, llegó a la conclusión de que los poemas eran obra de una mujer. Pasando las endebles páginas, vio más comentarios de Tirosh, alargados signos de interrogación y las palabras «no» o «así no», en su letra estirada. En una de las páginas, Tirosh había escrito en rojo, entre comillas: «Ni de esta forma ni sobre esto es apropiado escribir», y se preguntó a quién estaría citando el profesor y poeta. Recordó las encomiásticas palabras de Klein sobre el talento para la crítica de Tirosh y comprendió que eran acertadas. Dedujo, asimismo, por el carácter de los comentarios, que Tirosh conocía personalmente al poeta a quien estaba criticando.

Balilty entró en el despacho, resoplando y jadeando, como siempre.

– Es una pena que se haya marchado Shorer -se lamentó-. Tengo algo interesante que decirle, y a ti también.

– La casualidad no existe -masculló Michael dejando la carpeta sobre la mesa-. Tirosh debía de tener algún motivo para guardar el contrato de su caja fuerte en una carpeta de poemas.

– Si tú lo dices -dijo Balilty, encogiéndose de hombros-. No pretendo decir que sea imposible averiguar quién ha escrito esas poesías; pero también es cierto que cualquiera puede esconder un papel apresuradamente al recibir una visita inesperada, sobre todo considerando que no sabría que estaban a punto de asesinarlo. Pero yo lo averiguaré, no te preocupes.

Sólo con sumo esfuerzo logró Balilty concentrarse en lo que le decía Michael y escucharle hasta el final. Luego cogió la carpeta y miró a su jefe, que tamborileaba con los dedos sobre la mesa. Se pasó la lengua por los labios y, con inconfundible gesto, se remetió los faldones de la camisa bajo el cinturón. A Michael le dio la impresión de que el agente de Inteligencia había engordado en los últimos días: la barriga le abultaba más de lo habitual, reventándole la camisa.

– ¿Qué querías decirme? -preguntó Michael.

Balilty sonrió con aire satisfecho.

– ¿Qué hora es? -preguntó retóricamente, y consultó su reloj-. Nada más que las diez y media; no está mal para ser las diez y media; pero, si te digo la verdad, tengo mis contactos, y no es que haya empezado a trabajar en el asunto hoy mismo; me olí algo sospechoso desde el principio, pero cuando me pusiste la cinta de ese profesor tuyo se despejaron todas las dudas; y, por suerte, he dado con la persona adecuada.

– ¿De qué estás hablando? -preguntó Michael intranquilo, la mente todavía puesta en el monóxido de carbono.

– Estoy hablando del ginecólogo de la muñequita de porcelana -replicó Balilty con sonrisa exultante-, de esa Eisenstein.

– ¿Qué pasa con su ginecólogo? -preguntó Michael, tal como quería Balilty.

Y el agente de Inteligencia abrió la exposición con su frase acostumbrada: «Te lo voy a explicar, ya que me lo preguntas», y a medida que le refería la historia, se fue poniendo más serio. Mencionó el nombre del ginecólogo, aludió con un par de indirectas a los tortuosos métodos que había adoptado «para no liarse con los problemas del secreto médico» y se puso lírico al elogiar a la secretaria del susodicho ginecólogo, que casualmente tenía la consulta «justo al lado de casa de mi cuñada, la hermana pequeña de mi mujer, Amalia, te la presenté una vez, no sé si te acordarás».

Michael se acordaba muy bien. Cena de viernes en casa de Balilty: su obesa mujer, de tímida sonrisa, el agente de Inteligencia en pose patriarcal a la cabecera, las velas encendidas en un rincón, los niños impecables, la frase: «Come, come, no hay nadie que prepare el cubbé como mi señora», el calor de la habitación, la comida pesada, la cuñada de Balilty, Amalia, joven y tímida, negra coleta, ojos castaños y sonrisa dulce, a quien Balilty había tratado por todos los medios de conseguir una cita con Michael Ohayon. Incluso recordaba la voz tímida con la que dijo: «Danny me ha hablado muchísimo de ti».

– No sé si podré usar esa información sin un mandamiento judicial que revoque el secreto médico -reflexionó en voz alta cuando Balilty hubo concluido su exposición.

– Pero ¿qué pasa? -protestó Balilty congestionado-. ¿Es que te he dado alguna vez una información incorrecta?

– No se trata de eso -replicó Michael en tono conciliatorio-. En el primer interrogatorio, la chica ya solicitaba un abogado, antes de que supiéramos nada. ¿Imaginas cómo reaccionará si saco a colación ese tema en otro interrogatorio?

– Pero si hasta los técnicos en poligrafía te han dicho que sus respuestas no han sido concluyentes; las suyas, las de Tuvia Shai y también las de Ariyeh Klein. Nada te impide emplear la información mientras van tramitando lo del mandamiento judicial -le apremió Balilty.

– ¿Quién ha dicho que la prueba de Klein no ha sido concluyente? -preguntó Michael pegando un brinco.

– Vamos, relájate; nos lo ha dicho el tío que le pasó por el detector de mentiras. Pero no es que sea tremendamente ambigua; habrá que volver a interrogarlo, así de sencillo, para aclarar todo el lío ése de cuándo llegó, dónde estuvo exactamente y esas cosas.

– ¿Qué lío? -preguntó Michael suspicaz-. ¡No hay ningún lío! Volvió el jueves por la tarde…, ¿por qué hay que liarse con eso?

– Vale, vale, yo qué sé, quizá no lo prepararon bien para el interrogatorio, habrá que repetirlo. ¿Por qué disgustarse tanto? No va a ser el único que tendrá que repetirlo -y Balilty esbozó una sonrisita cómplice-. Ya sé que es tu favorito y todo lo demás.

Michael Ohayon inclinó la cabeza al tiempo que dirigía una mirada inquisitiva a Balilty, que no había parado de sudar desde que entró en el despacho.

– En fin -dijo Balilty pausadamente-, en fin, volvamos a lo que más nos urge en estos momentos; tú no te vas a meter en problemas; será la secretaria, o el médico, y no nosotros, los que se meterán en problemas. Y para cuando llegue el momento del juicio, tendrás pruebas admisibles, te lo prometo. Por otro lado, la puedes detener ahora mismo.

Michael suspiró.

– Ya sabes cuánto aprecio tu trabajo, Danny -dijo, y por el rabillo del ojo vio que la expresión del agente de Inteligencia se suavizaba-, pero estoy constreñido por la ley. No digo que no vaya a usar la información, pero no estoy seguro de lo que puede pasar. Tal como están las cosas, ya tiene por lo menos un motivo para el asesinato, pero no me gusta la idea de que no nos respalde la ley.

– Bueno, ¿fotocopio esto y te lo devuelvo? ¿O qué? -preguntó Balilty levantándose con la carpeta de cartón en la mano.

Michael hizo un gesto afirmativo mirando la carpeta.

– Diez minutos -dijo Balilty, hojeando rápidamente las páginas mientras salía.

Se oyó el timbre del teléfono blanco y Balilty cerró la puerta a sus espaldas. Michael oyó la voz de Tzilla por el auricular.

– Se niega a ir -le dijo desesperada-. Dice que tendremos que emplear la fuerza para llevarla a «ese sitio», y ya no sé qué hacer. Lo he intentado todo. Le he dicho que se la llevarían en un furgón celular y todo lo que se me ha ocurrido, pero no hay manera de convencerla.

– ¿Dónde estás? -preguntó Michael.

– En el Monte Scopus. Está trabajando en su despacho. No sé qué hacer. ¿Traemos un furgón y nos la llevamos a la fuerza? ¿Quieres detenerla?

– No -replicó Michael con firmeza-. Todavía no quiero detener a nadie; entérate de si Klein está por ahí.

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