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Juego del Depredador

Электронная книга - «Juego del Depredador». Краткое содержание книги:

Después de ser torturado, el ex SEAL y Caminante Fantasma, Jess Calhoun, regresa a su ciudad natal en Sheridan, Wyoming, donde posee una estación de radio local. Sus intenciones son vivir tranquilamente, escribir canciones y realizar su fisioterapia.
Saber Wynter contesta a un anuncio para la estación de radio… el trabajo perfecto de noche para ella. Es afortunada al alquilarle a Jess, el segundo piso de la estación, en donde también puede trabajar como un ama de casa de medio jornada.
Jess pasa la mayor parte de su tiempo encerrado y aislado en su oficina privada. Pero frente a la fragilidad e inocencia de Saber se despierta en su alma, el poderoso deseo de protegerla, cuidarla y… amarla.
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– Jodete. Necesitamos una luz.

– Si, encuentra una. Dejé caer la mía cuando tu pequeño terremoto se llevó escalera. -La voz de Ben chorreó sarcasmo.

Hubo otro silencio. Bob se hundió en el suelo, la espalda contra la pared. Sus ojos comenzaban a ajustarse otra vez a la oscuridad mientras el amanecer avanzaba arrastrándose sobre el horizonte. Solo podía vislumbrar la sombra del cuerpo de Stan tumbado en el suelo al lado de la silla de ruedas y otro cuerpo caído en la silla.

– Creo que ambos están muertos.

– Compruébalo.

– ¿Quieres que lo compruebe?

– Así es. Compruébalo para que podamos averiguar como salir malditamente de aquí.

Bob alzó su arma y disparó una ronda a la cabeza del hombre en la silla de ruedas.

– No voy a correr ningún riesgo. Si estaba fingiendo, ahora está muerto. Cúbreme, Ben, por si acaso. -Bob comenzó a gatear hacia Stan, manteniendo un ojo en el hombre petrificado en la silla de ruedas.

Jess se concentró en la bombilla que Saber había desenroscado. En el momento en que Bob estuvo al lado de Stan, donde podía haber extendido la mano y haber tocado a Jess, la bombilla giró a su lugar, inundando el cuarto de luz cegadora. Jess mantuvo los ojos cerrados hasta que la bombilla invirtió la dirección y la luz se apagó después de un destello. Estuvo sobre Bob instantáneamente, cogiendo su cabeza entre las manos y retorciéndosela violentamente. Otra vez hubo un crujido satisfactorio y Jess volvió a las sombras.

Reinó el silencio. Ben suspiró y se empujó con los talones, deslizando su cuerpo entre los escombros dejados por la escalera. Se agachó debajo de lo que quedaba del rellano.

– Así que es cierto. Eres uno de ellos. -Apartó el arma del arnés del hombro y trató de alcanzar un paquete de cigarrillos-. No me mates hasta que tenga un último cigarro. -Alzó sus manos en el aire, mostrando el paquete y el encendedor.

– Sigue adelante. -La voz incorpórea de Jess rebotó contra las paredes proviniendo de todas las direcciones.

– Estás cabreado por tu hermana.

– Sí, podrías decir eso.

El encendedor se encendió y Ben inclinó la cabeza hacia la llama.

– No te puedo culpar. Es un trabajo, sabes, nada personal. -El encendedor se cerró y el cigarrillo resplandeció.

– Te dices eso a ti mismo.

– ¿Vas a matarme?

– ¿Qué crees? La has torturado. Ibas a violarla y matarla. Eres hombre muerto.

– Me lo figuraba.

Jess observó a Ben dar una fuerte calada al cigarrillo. No iba a derrumbarse fácilmente. Iba a intentar comprarse a sí mismo tiempo para pensar la manera de salir del lío en el que estaba. Si podía localizar la actual posición de Jess, el hombre pensaba que tendría una probabilidad.

– ¿Vas a decirme quien te envió tras de mí? -Ayudaría al hombre a comprar tiempo mientras compraba información.

– No lo creo. -Ben tomó otra calada del cigarrillo, lo sacó de la boca y clavó los ojos en la punta roja-. Tarde o temprano te van a atrapar y hay algo de satisfacción en eso. -Tocó con la punta del pie la puerta del calentador de agua de gas abriéndola y con un golpecito tiró su cigarrillo dentro.

Jess había estado esperando una maniobra y detuvo el cigarrillo en mitad del aire, lo dejó caer, con la punta hacia abajo y lo aplastó en el cemento armado.

– Eso no fue terremoto.

– No, no lo fue.

– Eres una cosa jodida.

El arma de Ben barrió hacia arriba y roció el sótano con balas en un patrón arriba a abajo cruzando el cuarto. Su dedo permaneció estable en el gatillo incluso cuando el arma comenzó a agitarse en su mano, comenzó a poner presión en su muñeca, doblándose lentamente, inevitablemente, lentamente palmo a palmo hacia su cuerpo. Rompió a sudar, el corazón le atronaba en los oídos, luchando con cada trozo de fuerza que tenía, pero no podía parar el giro o apartar el dedo del gatillo. Se oyó gritar mientras las balas le desgarraban el cuerpo, una detrás de otra, rasgando a través de él.

– Sí. Soy un cosa jodida y esto es por lo que le hiciste a mi hermana, hijo de perra. No habrá sido personal para ti, pero era muy personal para mí.

Las palabras fueron bajas, susurradas en el oído izquierdo de Ben mientras caía hacia atrás. Giró la cabeza y miró fijamente a los ojos fríos, despiadados. Jess estaba tumbado en el suelo a su lado, a solo unos centímetros, la cara rígida con implacables líneas. Todo se confundió. Oyó el arma traquetear contra del cemento, y su mano cayó pesadamente encima del pecho. No podía sentirla y su vista se obscureció. Tosió. Gorgoteó. Escupió. Ben intentó levantar la mano, pero no podía decir donde estaba. Murió, clavando los ojos en la mirada fija inflexible y muy antipática de Jess.

Jess cambió de posición a una posición sentada.

– No sufriste lo bastante por lo que le hiciste a Patsy -le dijo al hombre muerto-. Y voy a averiguar quien te envió y a arrancar su corazón. Pero entretanto…

Las palabras se desvanecieron y miró alrededor. Le iba a llevar un infierno de tiempo salir del sótano ahora. Maldiciendo, se abrió paso a la silla de ruedas, usando sus manos para caminar. Volcó el cuerpo, enjuagó la sangre del asiento y el respaldo como mejor pudo. Echando una rápida mirada hacia la ligera instalación, esperó a que la bombilla se enroscara y la luz inundó el sótano otra vez.

Parecía una zona de guerra, con cuerpos humanos esparcidos por todas partes y la sangre salpicaba de un extremo del cuarto al otro. Plegó la silla y la cerró en una posición cerrada. Esto iba a tener su truco. Usar los bionics siempre lo era. Podrían fallar en cualquier momento y le podían dejar en un montón vulnerable en el piso. Se golpeó la pierna con frustración. Había sufrido dolor y la amenaza de desangrarse, incontables horas de fisioterapia, y todavía no los podía usar.

Contempló la puerta, dejándola abrirse. Su fuerza estaba conviviéndose en un problema. Como todo Caminante Fantasma, incluso aquellos entrenados como él, los retos psíquicos mentales agotaban su fuerza más rápidamente que cualquier otra cosa. Pequeños temblores lentos invadieron su cuerpo. No tenía intención de dejar que otro Caminante Fantasma, o peor Saber, le encontrara tumbado en el suelo de lo que venía a ser un matadero. Tampoco nadie iba a cargarlo fuera. Nadie.

Se obligó a ponerse de pie, usando su mente para dominar sus piernas. El dolor se deslizó desde la cabeza y su cuerpo se estremeció con el esfuerzo. Rompió a sudar. Podía mover objetos con semifacilidad ahora. Cuanto más practicaba, mejor lo hacía, pero mover sus piernas, hacerlas responder, era doloroso y difícil. Y ahora estaba fatigado, no una buena cosa cuando estaba tratando de hacer funcionar los bionics. Les debería haber dejado probar un paquete externo de energía, pero había sido testarudo, queriendo que sus piernas fueran parte de su cuerpo, no algunas extremidades robóticas externas.

Arrastró la silla hacia él y la colocó debajo de su brazo. Tenía que saltar al dintel, llevando la silla de ruedas con él. Y tenía que caer de pie o caería hacia atrás al suelo del sótano y al cadáver de Ben.

Tensando la espalda, bloqueó todo a su alrededor. La vista. El olor. Peligro. Visualizó sus piernas con venas y arterias y los nervios relampagueantes encendidos como las bujías del motor de un coche. Envió la señal de su cerebro a los nervios mientras se agachaba y saltaba. Sintió la ráfaga de poder a través de él, la espiral de sus realces genéticos preparada para saltar a la acción. Aunque odiaba que Whitney le hubiera presentado al programa Caminante Fantasma, Jess amaba la ráfaga que sus realces físicos siempre le daban. Lo amaba. Antes de haber perdido las piernas, vivía por ello.

Aterrizó en el umbral y dio un paso al frente, luego un segundo. El júbilo barrió por él. ¡Lo estaba haciendo! Caminaba otra vez. Casi había olvidado lo qué era estar de pie, sentir sus piernas debajo de él, caminar en posición vertical, su cuerpo otra vez suyo y bajo su mando. Se sintió alto. No había sido alto en un año. Era asombroso caminar, sentirse libre. Había aprendido a apreciar cosas que la mayoría de la gente daba por supuesto, y se juró que nunca los daría por supuestos otra vez.

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