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Juego del Depredador

Электронная книга - «Juego del Depredador». Краткое содержание книги:

Después de ser torturado, el ex SEAL y Caminante Fantasma, Jess Calhoun, regresa a su ciudad natal en Sheridan, Wyoming, donde posee una estación de radio local. Sus intenciones son vivir tranquilamente, escribir canciones y realizar su fisioterapia.
Saber Wynter contesta a un anuncio para la estación de radio… el trabajo perfecto de noche para ella. Es afortunada al alquilarle a Jess, el segundo piso de la estación, en donde también puede trabajar como un ama de casa de medio jornada.
Jess pasa la mayor parte de su tiempo encerrado y aislado en su oficina privada. Pero frente a la fragilidad e inocencia de Saber se despierta en su alma, el poderoso deseo de protegerla, cuidarla y… amarla.
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Después de recuperar el arma del hombre muerto, estacionó la silla de ruedas en el hueco donde el calentador estaba ubicado y colocó el arma en un estante mirando hacia las escaleras. Se zafó de la silla y alzó al hombre muerto en ella. Por primera vez en un largo rato, estaba agradecido de estar físicamente realzado. Por mucho que se hubiera ejercitado, dudada que hubiera sido lo bastante fuerte para colocar a un hombre completamente crecido en su silla de ruedas desde el suelo, pero con la fuerza que Whitney le había dado, alzó fácilmente el cuerpo. Ya había escogido el lugar más seguro del cuarto, el lugar más oscuro con la mayor cobertura.

Había puesto un cebo en la trampa, ahora tenía esperar a que cayeran. Al diablo le gustaba hacer que un hombre sudara, enviándole imágenes de Saber y Patsy en las manos de los locos. Estaban muertos simplemente por lo que le habían hecho a Patsy. Les cazaría uno por uno si tenía que hacerlo. Y Saber… Ella había sufrido por él. No iba a olvidar esa mirada en sus ojos cuando ella había sabido que iba a tener que matar otra vez.

Los segundos se arrastraron lentamente y el sonido de la lluvia que caía era constante. Oyó el primer ruido suave de pasos y entonces un segundo.

– ¿Henry? ¿Estás abajo?

Jess guardó silencio, sabiendo que los hombres no fallarían en oler la sangre. La puerta abierta era una invitación. Permaneció quieto, paciente. Oyó una consulta susurrada. Él simplemente permaneció allí esperando. Vendrían porque tenían que hacerlo. Se habían tomado el trabajo de torturar a Patsy en busca de información. Seguramente le querrían.

Una figura apareció en el umbral, dio un paso precipitadamente a un lado agachándose, barriendo el sótano con una linterna. Jess se concentró en el arma que había dejado en el estante. Se elevó en el aire, levitando a la altura del pecho de un hombre antes de disparar. El destello fue brillante en el cuarto, y la linterna traqueteó al suelo. El hombre la sostuvo, agarrándola firmemente en la mano y juró mientras el cuarto se sumergía una vez más en la oscuridad.

– Calhoun. Sabemos que estás ahí. Ven fuera a la puerta y deja caer tu arma. -La voz llegó del exterior del cuarto.

Jess echó un vistazo a su reloj. Saber y Patsy deberían estar fuera de la casa. Si no se equivocaba, ambas todavía deberían estar bien. Comprobó su control, sintió el cemento armado debajo de él desplazarse ligeramente. Las paredes brillaron tenuemente un momento. Las escaleras rechinaron.

– Calhoun, no hagas esto más difícil para ti. Ben acaba de entrar y tenemos a tu hermana.

Tú hermana. No ambas mujeres. Saber nunca les permitiría atrapar a Patsy. Si habían capturado a Patsy, habrían tomado a Saber también. Mentían. Aun con la lógica diciéndole que ambas mujeres estaban a salvo, su corazón tartamudeó. Sintió que el suelo temblaba, siempre un problema cuando estaba molesto. El control era de gran importancia cuando podías sacudir una casa.

– Calhoun. Vamos a hablar solamente.

El primer hombre, ya adentro, comenzó a hacer una cuidadosa maniobra para cubrirse. El arma suspendida sobre el estante disparó un segundo disparo de aviso, y el hombre levantó su arma y roció el sótano con balas.

– ¡Alto! ¿Qué jodida cosa está mal contigo, Stan? Le necesitamos vivo.

El arma se silenció, aunque Jess podía oír respiración ruda. El hombre dando órdenes dio un paso al borde de la puerta y emitió una luz sobre el sótano. Captó la salpicadura de sangre y la figura oscura del hombre en la silla de ruedas. Jurando, intentó conseguir un mejor ángulo.

– Creo que lo has matado, Stan.

– Me estaba disparando. ¿Qué infierno se suponía que tenía que hacer, Bob? -Stan buscó a tientas su linterna-. La maldita cosa está muerta. Le dio con una bala.

Los dos hombres permanecieron donde estaban, observando lo que podían ver del cuerpo, con cuidado de no exponerse a más disparos. Jess había posicionado la silla de modo que sólo una parte de ella podía ser vista desde la puerta, el resto estaba escondida en el hueco. Guardó silencio. Había un tercer hombre todavía vivo, y Jess deseaba que entrara en el sótano. No podía atacar hasta que el hombre estuviera dentro, pero permanecía tercamente cuidadoso.

– Pon tu culo en movimiento, Especialista -el único cerca de la puerta urgió-. Y mejor espera que no hayas matado al bastardo. Te cubriré.

Jess sintió los comienzos de una sonrisa. Sí, el cabello oscuro en el umbral tenía razón. Era un bastardo. Vivía para esto.

– Hooah, Sargento. -Stan empezó a bajar las escaleras y el segundo hombre se movió hacia el rellano. El arma estaba fija en el cuerpo hundido en la silla de ruedas. Jess permanecía quieto, silenciosamente instando al tercer hombre a unirse a la fiesta. Por un momento parecía como si no fuera a suceder.

– Callaos hasta que tengamos al bastardo -dijo bruscamente otra voz.

Bob se hizo completamente a un lado, dándole el otro hombre, quien estaba obviamente a cargo, la mejor posición. Inmediatamente dio un paso dentro del cuarto también, moviéndose a la izquierda de su socio.

La puerta del sótano se cerró ruidosamente detrás de ellos, sumergiendo el cuarto en la oscuridad. Los dos hombres más cerca intentaron abrirla, golpeando y sacudiendo ruidosamente la manija de la puerta, jurando y dándole una patada, pero la puerta permaneció firme.

Las escaleras y el rellano comenzaron a agitarse, ganando impulso hasta que los clavos y los tornillos comenzaron a salir de improviso del marco y a caer al suelo. Hubo gritos. Stan disparó el arma, el sonido ensordeciendo el estrecho lugar. El destello cegó a todo el mundo aun más.

– Es un terremoto -gritó Bob-. Vas a disparar a uno de nosotros, Stan. Simplemente espera hasta que se termine.

La sacudida empeoró hasta que las tablas del rellano y las escaleras empezaron a romperse. Stan gritó roncamente mientras caía y los dos otros hombres le seguían, uno agarrándose a la barandilla y balanceándose sobre el brazo antes de caer al suelo abajo.

– Hijo de perra. Hijo de perra. -Stan corrió a través del cemento hacia la silla de ruedas, su arma apuntada a la cabeza del hombre muerto.

– Es un jodido terremoto, Stan -gritó Bob otra vez.

– Esto no es terremoto -gruño el que estaba al cargo.

– Es él, Bob, retrasado mental. Es él. Te dije que era cierto. Voy a matar al hijo de perra. -Stan apretó el gatillo varias veces, las balas desgarrando el cuerpo en la silla de ruedas. El cuerpo saltó con la fuerza del impacto y el hombre muerto cayó, deslizándose a pesar del cinturón que le sostenía a la silla.

Stan se arrastró más cerca, moviéndose alrededor de la pared saliente que alojaba el calentador de agua caliente. Jess rodó velozmente a la posición correcta, cada maniobra ya trazada en un mapa en su cabeza. El brazo se deslizó alrededor de la garganta de Stan y lo sujetó abajo en un medio nelson. Stan golpeó salvajemente. Era un hombre grande y sus pies golpearon en el cemento armado mientras intentaba desesperadamente romper la llave estranguladora que Jess tenía sobre él.

– ¡Stan! ¿Qué infiernos? Trae una luz, Ben. Necesitamos una luz -gritó Bob.

Hubo un audible crujido y los pies de Stan se quedaron quietos. El silencio se instaló en el cuarto. Había sólo el sonido de resuello mientras los dos intrusos luchaban por aire, con la adrenalina corriendo por sus venas.

– ¿Stan? -dijo Bob otra vez, esta vez con la voz baja, un susurro conspirador-. Contéstame.

– Ve por allí y comprueba -dijo Ben por lo bajo.

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