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Juego del Depredador

Электронная книга - «Juego del Depredador». Краткое содержание книги:

Después de ser torturado, el ex SEAL y Caminante Fantasma, Jess Calhoun, regresa a su ciudad natal en Sheridan, Wyoming, donde posee una estación de radio local. Sus intenciones son vivir tranquilamente, escribir canciones y realizar su fisioterapia.
Saber Wynter contesta a un anuncio para la estación de radio… el trabajo perfecto de noche para ella. Es afortunada al alquilarle a Jess, el segundo piso de la estación, en donde también puede trabajar como un ama de casa de medio jornada.
Jess pasa la mayor parte de su tiempo encerrado y aislado en su oficina privada. Pero frente a la fragilidad e inocencia de Saber se despierta en su alma, el poderoso deseo de protegerla, cuidarla y… amarla.
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Una hora después Saber se tendió en el sofá del rellano de arriba, contemplando el techo. Su pequeña lámpara disipaba la oscuridad pero le daba poco consuelo. Suspirando, Saber resbaló de la cama, envolvió los brazos alrededor del pecho, poniendo la camisa de Jess ceñida alrededor de su cuerpo. Con los pies descalzos anduvo por el vestíbulo para sentarse en lo alto de la escalera, necesitando estar cerca de Jess pero no deseando un enfrentamiento. Después de todo, era una situación sin salida.

Debajo de ella, algo salió de las sombras. Jess. Saber pudo distinguir el perfil de parte de su silla, un poderoso hombro y un brazo. La cara de él estaba aún en la oscuridad. Por supuesto él estaría a los pies de la escalera, necesitando el mismo sentimiento de proximidad. Saber se llevó las rodillas al pecho, descansando la barbilla sobre ellas. Le dio un poco de comodidad saber que él estaba allí.

– ¿Por que no bajas aquí? -Sugirió él en voz baja.

– No puedo, Jess -replicó Saber, la voz apagada, la garganta en carne viva y desgarrada por los primeros sollozos que desgarraban su corazón-. Simplemente no puedo.

Hubo un pequeño silencio. Un resplandor rojo y el aroma de tabaco de pipa vagando escaleras arriba indicaba el estado de la mente de él.

– No lo aclararemos si no lo hablamos.

Saber se frotó la frente. El dolor de cabeza no iba a irse pronto.

– ¿Qué hay que decir?

– Él estaba equivocado sobre ti.

Los ojos de ella empezaron a arder otra vez. Presionó los dedos con fuerza para intentar detener las lágrimas. Llorar era una debilidad, una que ella no había sido capaz de superar.

– Quizás. Si yo no lo sé ¿cómo puedes tú?

– Porque yo sé quién eres. Veo dentro de ti. Tu misma sabes que usar la telepatía te da destellos del interior de la mente de una persona. Yo siento lo que tú sientes. Puedo ver lo que estás pensando. No eres una asesina, Saber. Matas a regañadientes -él suspiro-. La verdad es que, entre nosotros, yo tengo una mente más asesina que la tuya. No siento remordimientos. Matar gente no me obsesiona por la noche. Cuando pensaba que estaba clavado en esta silla, echaba de menos la acción, la adrenalina, el peligro. Me gusta esa vida. A ti no.

– Cometí errores, Jess. Podría cometer más.

Jess estaba callado, muy consciente del frágil estado de la mente de ella, de la batalla que bramaba en su interior. Sonaba tan perdida. Tan desesperada. Él estaba caminando por una cuerda floja, necesitando encontrar una forma de alcanzarla. Eric había reconfirmada todas sus propias dudas sobre ella misma. Si solo pudiera tocarla, atraparla, podría tener una oportunidad. Estaban separados por un tramo de escaleras, que podría haber sido el Gran Cañón.

– Escúchame cara de ángel -intentó de nuevo. Su voz era pura magia negra, la poderosa arma de un oscuro hechicero, la única que tenía por el momento, y la usó con desvergüenza-. Necesitamos hablar detenidamente de esto. Baja aquí, dulzura. Prepararé chocolate caliente, podremos acurrucarnos en el futón con el fuego encendido y acomodarnos, solo nosotros dos.

Su voz la tocaba como dedos, relajantes, acariciantes. Medio hipnotizada, necesitándolo, Saber se levantó lentamente. Parte de ella quería correr escaleras abajo, volando a sus brazos para ser confortada. La otra mitad de ella, la mitad cuerda, reconocía el peligro, la frágil línea que separaba permanecer a salvo y aceptar un compromiso. En realidad estaba bajando la escalera pensando que iba a hacerlo, solo sentarse en su regazo, reclinar la cabeza en su hombro, y todo estaría bien.

La autopreservación dominaba. Había tenido esperanzas una vez más. Creído una vez más. Esperado y creído en él, aunque con sus propios ojos había visto el archivo. Las fotos de ella cuando era niña matando un cachorro. Lo que había sido uno de los peores momentos de su vida y él lo había presenciado. No solo Jess, además sus amigos. Saber esquivo la extendida mano de Jess, apresurándose hasta el centro de la sala de estar.

– No puedo dejar que esto ocurra. ¿No lo ves?, quiero estar contigo, quedarme aquí, creer que todo va a ir bien, en el momento que te permita sujetarme, te permitiré convencerme incluso aunque sé que es imposible -las lágrimas brillaban en sus ojos-. Y eso, Jess, es imposible.

Jess se encontró conteniendo la respiración. Saber posiblemente no podía saber lo que parecía. Salvaje, bella, los grandes y luminosos ojos azul-violeta con lagrimas no derramadas, los rizos negroazulados derramándose como un halo alrededor de su delicada cara. Estaba vestida solo con la camisa de él, los faldones bajando cerca de sus rodillas, las orillas moviéndose más altas, revelando un excitante destello de los desnudos muslos. Sus pequeños pies descalzos solo parecían incrementar la sensación de intimidad entre ellos. Bajo la bata de felpa, su denudo cuerpo despertó con hambre.

– Tienes que estar dispuesta a escuchar -dijo él suavemente-. Creo que esto puede ser resuelto.

– ¿Lo crees? -Levantó la barbilla, los ojos destellando-. ¿Lo crees realmente? ¿O sólo te estás mintiendo?

Algo oscuro y peligroso destelló en las profundidades de los ojos de él. Su boca se endureció perceptiblemente.

– No me miento a mí mismo.

– ¿De verdad? ¿Que hay acerca de tu “amigo” Eric? ¿O del hecho de que les permitiste meterte en el programa biónico, o que están usando Zenith en ti? ¿No pensaste que reconocería los síntomas de esa droga? Que estaba en el archivo de Whitney, el único en castellano, no en clave matemática. Fue sugerencia suya que el Zenith se utilizara en pequeñas dosis, ¿lo sabías? Me traicionaste con ellos, tanto si tuviste la intención como si no.

– Mierda, Saber. Estas eligiendo una jodida lucha conmigo para poder abandonar -golpeó las cenizas de su pipa en el cenicero junto a él y lanzó la pipa a un lado-. Nunca te habría traicionado, por ninguna razón. Te he investigado, como se suponía que lo haría. Habría sido criminal de mi parte no hacerlo, y no puedes condenarme por eso. No tengo idea de cómo Eric te descubrió, pero no fue a través mío ni a través de Lily.

– ¿Cómo lo sabrías? ¿Porque ella te lo dijo? Por supuesto te lo dijo y tú la creíste. Pero no me creíste cuando te dije que él lo sabía.

Ella retrocedió cuando él se deslizó más cerca

– Maldita sea, Saber, no tenemos oportunidad de resolver nada entre nosotros si vas a insistir en comportamientos irracionales

– ¿Irracionales? -Repitió Saber, su voz oscilando fuera de control-. ¿Piensas que soy poco racional porque no me gusta que mi pasado sea conocido por todos tus amiguitos? ¿Qué tus amigos piensen que soy una anomalía y un monstruo? ¡Dios! ¿Qué demonios quieres de mí? – Las lágrimas relucieron en sus pestañas-. ¿Quieres irracionalidad? ¡No me quedaré aquí, Jesse!

Saber giró y corrió a través de la casa, sin preocuparse de la oscuridad, de los muebles. Ignorando el ronco grito de Jess, abriendo la puerta de la cocina y se abalanzó a los jardines. No tenía idea de lo que estaba haciendo pero tenía que escapar de la casa. Sus pulmones ardían por aire y ella sentía como las paredes se cerraban sobre ella. Fuera el césped estaba blando y húmedo bajo sus desnudos pies. Corrió hasta el medio del jardín trasero y se detuvo para mirar alocadamente alrededor, sin comprender lo que estaba haciendo, a donde pensaba que iba. El mundo a su alrededor estaba derrumbándose y todo lo que ella soñaba estaba perdido.

La noche era tan turbulenta como ella se sentía. Los arboles se cimbreaban en el viento. Volvió la cara a las oscuras y amenazadoras nubes, permitiendo que la lluvia se mezclara con las lágrimas sobre su cara. La camisa se pegó sobre sus suaves curvas y se volvió casi transparente.

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