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Juego del Depredador

Электронная книга - «Juego del Depredador». Краткое содержание книги:

Después de ser torturado, el ex SEAL y Caminante Fantasma, Jess Calhoun, regresa a su ciudad natal en Sheridan, Wyoming, donde posee una estación de radio local. Sus intenciones son vivir tranquilamente, escribir canciones y realizar su fisioterapia.
Saber Wynter contesta a un anuncio para la estación de radio… el trabajo perfecto de noche para ella. Es afortunada al alquilarle a Jess, el segundo piso de la estación, en donde también puede trabajar como un ama de casa de medio jornada.
Jess pasa la mayor parte de su tiempo encerrado y aislado en su oficina privada. Pero frente a la fragilidad e inocencia de Saber se despierta en su alma, el poderoso deseo de protegerla, cuidarla y… amarla.
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Dos estatuas estaban hechas pedazos en el piso de parquet y había una mancha de sangre a lo largo de la pared cerca de la probablemente era el dormitorio principal. Oyó voces de hombres, ligeramente altas, tonos rudos, el sonido de carne golpeando carne y el grito de Patsy de dolor. Saber cruzó a través de los escombros sin incidente, consciente de que no tenía tiempo de cubrirse el rastro. Si había un tercer guarda, vería las marcas de su recorrido, pero no podía evitarlo. El terror llega a ella en oleadas, aun con la proximidad de Jess. La intención de los intrusos era tratar brutalmente, torturar, y matar a Patsy, y esa energía estaba bordeada de rojo y era horrenda.

Saber la ignoró su estómago revuelto estableciendo contacto con Jess, para encontrar su calma, para sentir el calor de su mente.

Dime.

No se lo podía decir. Nada le impediría entrar, ¿y cómo los protegería a los dos? Estoy casi allí.

Saber miró con atención al dormitorio. Un hombre estaba sobre Patsy, quien estaba atada a una silla con cinta adhesiva, la parte superior de su cuerpo desnuda y el agua chorreaba por su piel y pelo. Ya se le estaban formando magulladuras en la cara, un ojo estaba cerrado y unas marcas arruinaban sus pechos y estómago. Lloraba continuamente, negando con la cabeza.

– No sé de lo que me está hablando. No importa cuánto me haga daño, no lo sé. Mi hermano era un SEAL de la Armada pero ahora está en una silla de ruedas. Cualquier cosa que piense que está haciendo, no lo está. No podría.

El hombre delante de ella la abofeteó otra vez y el segundo se inclinó con una paleta de mango largo, tocando el pecho de Patsy a fin de que su cuerpo se convulsionara y ella gritó mientras la electricidad crepitaba.

El estómago del Saber se revolvió mientras gateaba dentro del cuarto, viniendo detrás del primer hombre que había abofeteado a Patsy. Era de mediana estatura, pero parecía fuerte. Rió y comenzó a desabrocharse el cinturón.

– Le gusta eso, John. Le duele, puedes ver que se está poniendo cachonda. Mira sus pezones -se quitó el cinturón y lo balanceó ante Patsy-. Miente todo lo que quieras, perra, pero nos lo dirás al final. Queremos nombres. Sus amigos. Para quién trabaja. Todo.

El cinturón dejó un gran verdugón a través de los pechos y el estómago de Patsy. Su cuerpo saltó pero no gritó esta vez, solo negaba con la cabeza impotentemente, sus ojos salvajes.

– Dínoslo o haremos pedazos tus piernas como las de él, puta.

Aunque los hombres torturaban a Patsy, usando métodos depravados y brutales, Saber no estaba obteniendo energía sexual de ellos. Ni siquiera la risa era genuina. Era un negocio. Le darían una paliza a Patsy, la romperían, su cuerpo, su alma, su mente, hasta que supieran todo lo que ella sabía y luego la matarían. Era simplemente un negocio para ellos.

– Otra vez, Greg, golpéala otra vez -John se inclinó hacia Patsy, atrapando su pelo y tirándosela hacia atrás bruscamente-. Te quedarán bien las franjas. Por supuesto, nos detendremos en cualquier momento que quieras contarnos la verdad acerca de tu hermano.

La mirada fija de Patsy saltó alrededor del cuarto buscando desesperadamente una salida. Saber estaba ahora en posición, en el suelo directamente detrás del hombre llamado John, quien todavía tenía a Patsy por el pelo.

Saber colocó las puntas de los dedos muy suavemente en su tobillo mientras su mirada se encontraba con la de Patsy. Voy a tener que matarle directamente enfrente de ella. Había angustia en la voz de Saber cuándo se confesó con Jess. No había elección.

Ya la mirada fija de Patsy se había agrandado, la esperanza empujando a través del dolor y el terror mientras su mente captaba la posibilidad de rescate. Saber bloqueó todo excepto el latido del corazón de John. Encontrándolo. Fundiéndose con él. Desestabilizándolo. No tenía tiempo para delicadezas. Tenía que eliminarle rápidamente, introduciendo un masivo ataque al corazón.

Una patada aterrizó en su estómago mientras Greg atacaba, haciéndola rodar, enviándola a medio camino del cuarto, mientras John caía, agarrándose firmemente el pecho. Ella se mantuvo rodando, consciente de los gritos desesperados de Patsy, del hombre abalanzándose sobre ella, con la rabia en la cara, balanceando el cinturón sobre su cuerpo una y otra vez. Sintió los golpes caer, pero no retrocedió. Se puso boca arriba, con el arma en la mano, el dedo apretando el gatillo repetidas veces, observando como los agujeros florecían en el cuerpo, un pequeño patrón circular en medio de su garganta. Si nada más, tenía puntería.

Y en ese entonces todo se volvió negro y rojo mientras la energía violenta, la cólera, el dolor y la muerte brutal le llegaban, colocando manos ávidas sobre ella, agarrándola por la garganta y cerrando el conducto del aire mientras unos picahielos se estrellaban contra su cráneo en todas direcciones. Saboreó sangre en su boca, la sintió en su cara, se la limpió de los ojos. Estaba muerta pero Patsy estaba a salvo. Con tal de que no hubiera otro enemigo cerca, Jess vendría por su hermana. El rugido en su cabeza aumentaba y cayó rodando, contorsionándose, su cuerpo comenzó a convulsionarse.

Respira, Saber. Maldita sea, respira, joder. La voz de Jess llenó su mente, una orden evidente de un hombre claramente acostumbrado a la obediencia.

Habría sido cómico si ella no estuviera luchando por sobrevivir. Si pudiera respirar, lo estaría haciendo. Luchaba por aire, intentando ponerse de rodillas, pero cayó al suelo otra vez por el dolor. Estaba perdiendo el conocimiento. Tal vez su vida.

Jess estaba allí, en el suelo a su lado, atrayéndola a sus brazos, moviéndole hacia atrás la cabeza y alzando su estómago.

– Respira, Saber. Un jodido aliento, eso es todo lo que te pido.

La terrible piedra que le aplastaba el pecho y la cabeza se aligeró con la cercana proximidad de Jess, pero no podía oír o ver correctamente. Tenía auténtico dolor ahora, por todo su cuerpo, sus costillas, su espalda, incluso su cara. ¿La había golpeado el cinturón una docena de veces antes de disparar? ¿Cuántas veces la había pateado? Se sentía como si le hubiera atropellado un camión.

Jess empujó hacia atrás su pelo mientras la colocaba sobre el suelo, con cuidado de mantener su cuerpo lejos de la sangre que manchaba la alfombra de marfil de Patsy. Giró la cabeza rápidamente para asegurarse de que Patsy no estaba en peligro. Estaba luchando con la cinta, intentando soltarse de la silla, su mirada horrorizada fija en la sangre que goteaba de los ojos y la boca de Saber.

– ¿Qué está mal con ella, Jess?

– Estará bien -envió una silenciosa oración de que fuera verdad-. Dame un minuto y te soltaré. -Respiró para Saber, intentando encontrar una forma de introducir aire en sus pulmones ardientes.

Saber se revolvió. Gimió. Las pestañas revolotearon. Jadeó y escupió sangre. Rodando, se puso de rodillas, agarrándose el estómago.

– ¿Patsy? -Recorrió con la mirada a la hermana de Jess, su vista borrosa. El color de Patsy se había ido, su cara estaba pálida, el sudor le goteaba por la frente y se mezclaba con el agua que le habían vertido por encima.

Jess la estabilizó.

– ¿Puedes ponerte de pie?

La energía se había ido, drenada por la presencia de Jess, pero la secuela estaba allí, golpeando en su cabeza y constriñendo sus pulmones. Luchó por tomar aire una vez, y luego una segunda vez. Más sangre se filtró por la nariz. Enjuagó las huellas en su cara, escupió otra vez para limpiarse la boca.

– ¿Saber? -Las manos de Jess fueron a sus caderas, sujetándola cuando se tambaleó sobre los pies.

Ella tuvo que agarrarse a su hombro, aferrarse a su silla para permanecer de pie.

– ¿Cuántos, Patsy?

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