La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– No me desmayaré, Dinah -dijo la niña con firmeza-, y ¿por qué no había de oíros? No es tan malo para mí oírlo como para la pobre Prue sufrirlo.
– ¡Señor, señor, estas historias no son para damitas dulces y delicadas como usted! ¡Podrían matarlas!
Eva volvió a suspirar y subió las escaleras con paso lento y melancólico.
La señorita Ophelia preguntó ansiosamente por la historia de la mujer. Dinah le dio una versión prolija, a la que Tom aportó los pormenores que había conseguido sonsacarle a Prue aquella mañana.
– ¡Una historia abominable, totalmente abominable! -exclamó, al entrar en la habitación donde St. Clare yacía leyendo el periódico.
– Dime, ¿qué perversidad se ha cometido ahora? -preguntó él.
– Pues que aquellas personas han matado a Prue de una azotaina -dijo la señorita Ophelia, quien se puso a contarle la historia con abundancia de detalles, explayándose en los pormenores más escabrosos.
– Ya me pareció que acabaría la cosa así, tarde o temprano dijo St. Clare, poniéndose a leer de nuevo el periódico.
– ¡Que ya te parecía! ¿Es que no vas a hacer nada al respecto? preguntó la señorita Ophelia-. ¿No tenéis alguaciles, o algo parecido, que se hagan cargo de tales asuntos?
– La opinión general es que las leyes de la propiedad son una defensa suficiente en estos casos. Si a la gente le da por estropear sus propias posesiones, no se qué se puede hacer. Parece ser que la pobre criatura era una ladrona y una borracha; así habrá poca posibilidad de que se le tenga compasión.
– ¡Es un ultraje, es horroroso, Augustine! ¡Serás castigado por esto!
– Querida prima, yo no lo he hecho, y no puedo remediarlo; lo haría si pudiera. Si las personas ruines y brutales se comportan como lo que son, ¿qué he de hacer yo? Tienen el control absoluto; son déspotas irresponsables. No serviría para nada interferir; no existe ninguna ley que tenga un valor práctico en estos casos. Lo mejor que podemos hacer es cerrar los ojos y los oídos y dejarlo estar. Es el único recurso que nos queda.
– ¿Cómo puedes cerrar los ojos y los oídos? ¿Cómo puedes dejarlo estar?
– Mi querida amiga, ¿qué esperas? Aquí tenemos a toda una clase de personas – envilecida, iletrada, indolente y provocativa – que está puesta, sin ningún tipo de términos o condiciones, en manos de otra que, como la mayoría de las personas de nuestro mundo, son personas que carecen de consideración y autodominio, que no tienen siquiera una idea clara de sus propios intereses, pues tal es el caso de la mayor parte de los seres humanos. Naturalmente, en una sociedad organizada de tal forma, lo único que puede hacer un hombre de sentimientos honorables y humanitarios es cerrar los ojos lo más fuerte que puede y endurecer el corazón. No puedo comprar a todos los pobres desgraciados que veo. No puedo convertirme en un caballero andante y comprometerme a deshacer todos los entuertos que se cometen en una ciudad como ésta. Lo más que puedo hacer es evitarlos en lo posible.
El bello rostro de St. Clare se nubló durante un instante. Dijo:
Vamos, prima, no te quedes ahí de pie como una Parca; sólo te has asomado a la cortina y has visto una muestra de lo que ocurre en todo el mundo, bajo una forma u otra. Si fuéramos a andar husmeando y entrometiéndonos en todas las miserias de la vida, no tendríamos ganas de nada. Es igual que mirar demasiado de cerca todos los detalles de la cocina de Dinah y St. Clare se tumbó de nuevo en el sofá y se puso a leer su periódico.
La señorita Ophelia se sentó, sacó su labor de calceta y se quedó sentada, ceñuda por la indignación. Tejió y tejió, pero mientras reflexionaba, el fuego seguía ardiendo dentro de ella; por fin estalló:
– Te digo, Augustine, que yo no puedo superar tales cosas, como tú. ¡Es una abominación que defiendas semejante sistema, eso es lo que pienso!
– ¿Ahora qué? -dijo St. Clare, levantando la vista-. Conque vuelves a la carga, ¿eh?
– ¡Digo que es totalmente abominable que defiendas tal sistema! -dijo la señorita Ophelia, cada vez más enardecida.
– ¿Que yo lo defiendo, mi querida amiga? ¿Quién te ha dicho que yo lo defienda? -dijo St. Clare.
– Claro que lo defiendes, todos lo defendéis, todos los sureños. Si no es así, ¿para qué tenéis esclavos?
– ¿Eres tan inocente que crees que nadie de este mundo hace jamás lo que no le parece correcto? ¿Tú no haces, o nunca has hecho, ninguna cosa que no te pareciera absolutamente correcta?
– Si lo hago, me arrepiento de ello, espero --dijo la señorita Ophelia, haciendo sonar las agujas enérgicamente.
– Yo también -dijo St. Clare, pelando una naranja-. Me paso la vida arrepintiéndome.
– ¿Por qué lo sigues haciendo?
– ¿Tú nunca has seguido haciendo lo que estaba mal, incluso después de arrepentirte, querida prima?
– Pero sólo cuando la tentación era muy fuerte -dijo la señorita Ophelia.
– Pues yo siento una tentación muy fuerte -dijo St. Clare-, ahí está la dificultad.
– Pero yo siempre resuelvo no hacerlo más e intento detenerme.
– Pues yo llevo diez años resolviendo no hacerlo, esporádicamente -dijo St. Clare-, pero por alguna razón no lo he conseguido. ¿Tú has conseguido vencer todos tus pecados, prima?
– Primo Augustine -dijo la señorita Ophelia muy seria, dejando a un lado la calceta-, supongo que me merezco que me censures mis defectos. Sé que tienes razón en todo lo que dices; nadie los siente más que yo; pero así y todo, me parece que hay alguna diferencia entre tú y yo. Yo creo que me cortaría la mano derecha antes de seguir día tras día haciendo algo que me pareciera mal. Pero mi conducta concuerda tan poco con lo que predico, que no me extraña que me lo censures.
Vamos, vamos, prima -dijo Augustine, sentándose en el suelo y apoyando la cabeza en el regazo de ella- ¡no reniegues tanto! Sabes lo inútil y desvergonzado que he sido siempre. Me gusta provocarte, eso es todo, para ver cómo te pones tan seria. Creo realmente que eres desesperante y embarazosamente buena; me agota mortalmente pensarlo.
– Pero éste es un tema muy serio, Auguste, hijo -dijo la señorita Ophelia, tocándole la frente con la mano.
– Tristemente serio -dijo él-; y yo nunca quiero hablar seriamente cuando hace calor. Con los mosquitos y todo, a uno le cuesta mucho alcanzar sublimes cimas morales; y creo -dijo St. Clare, excitándose de pronto- ¡qué teoría! Ya entiendo por qué las naciones del Norte son siempre más virtuosas que las del Sur; ya entiendo todo el asunto.
– ¡Ay, Augustine, triste cabeza de chorlito!
– ¿Lo soy? Bueno, lo soy, supongo; pero quiero ser serio por una vez pásame aquella cesta de naranjas; ya ves, tendrás que «detenerme con bebidas y consolarme con manzanas», si he de hacer este esfuerzo. Bien -dijo Augustine, acercándose la cesta-, empezaré: Cuando, en el curso de los acontecimientos humanos, es necesario que un individuo mantenga cautivos a dos o tres docenas de sus homólogos gusanos, la consideración por las opiniones de la sociedad requiere…
– A mí no me parece que estés siendo más serio -dijo la señorita Ophelia.
– Espera, que ya voy, ya te enterarás. El caso es, prima, en resumen -dijo y su semblante adquirió de repente una expresión seria e intensa-, sobre esta cuestión abstracta de la esclavitud puede haber, a mi modo de ver, una sola opinión. Los dueños de plantaciones, que ganan dinero con ella, los clérigos, que quieren complacer a éstos, los políticos, que quieren el poder, pueden retorcer y distorsionar el lenguaje y ética hasta tal punto que el mundo se asombre por su ingenuidad; pueden retorcer la naturaleza y la Biblia y sabe Dios qué más para sus fines; pero, después de todo, ni el mundo ni ellos mismos creen en ello un átomo más. Es cosa del diablo, ésa es la pura verdad y, en mi opinión, es una muestra bastante buena de lo que éste es capaz de conseguir.