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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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– ¿Dónde guardas la nuez moscada, Dinah? -preguntó la señorita Ophelia, con el aire de alguien que hace acopio de paciencia.

– En casi cualquier lado, señora; hay un poco en esa taza agrietada de ahí, y hay más en aquel armario.

– Y aquí hay más con el rallador dijo la señorita Ophelia, alzándolas.

– Caramba, es verdad. Las he puesto allí esta misma mañana… me gusta tener las cosas a mano -dijo Dinah-. ¡Eh, tú, Jake! ¿Por qué te paras? ¡Ya te daré yo! ¡Estáte quieto! -añadió, dando al criminal un golpe con su cuchara.

– -¿Qué es esto? -preguntó la señorita Ophelia, levantando el platillo con la pomada.

– ¡Vaya por Dios! Es mi brillantina. La guardo ahí para tenerla a mano.

– ¿Y para eso utilizas los mejores platillos de tu ama? -¡Señor, lo hice porque tenía tanta prisa!… ¡Iba a cambiarla hoy mismo!

– Y aquí hay dos servilletas de damasco.

– Puse las servilletas allí para que las lavaran un día de éstos.

– ¿No tenéis un lugar para poner las cosas de la colada? -Bueno, el señor St. Clare compró aquel arcón para eso, dijo; pero a mí me gusta hacer galletas y guardar allí mis cosas algunos días y es muy fáciclass="underline" sólo hay que levantar la tapa. -¿Por qué no preparas tus galletas en la mesa de repostería que hay allí?

– ¡Caramba, señora, se llena tanto de platos y otras cosas que nunca hay sitio!

– Pero los platos deben fregarse y guardarse.

– ¡Fregar los platos! -dijo Dinah, subiendo el tono de voz, ya que empezaba a asomar la ira tras su respeto habitual-. ¿Qué saben las señoras del trabajo, quisiera yo saber? ¿Cuándo iba a comer el amo si yo pasase todo el tiempo fregando y guardando platos? La señorita Marie nunca me dijo que hiciera eso.

– ¿Y qué me dices de estas cebollas?

– ¡Caramba, es verdad! -dijo Dinah-, conque es allí donde están. No me acordaba. Guardaba esas mismas cebollas para este mismo guisado. Se me había olvidado que estaban dentro de ese viejo trozo de franela.

La señorita Ophelia sacó los papeles con las hierbas aromáticas.

– Preferiría que la señora no me tocara esas cosas. Me gusta guardar las cosas donde yo sé que puedo cogerlas -dijo Dinah con bastante decisión.

– Pero no querrás estos papeles llenos de agujeros. -Son útiles para esparcir las hierbas -dijo Dinah.

– Pero ya ves cómo se salen por todo el cajón.

– ¡Caramba, es verdad! Si la señora se empeña en revolverme las cosas, claro que se saldrán. La señora ya me ha derramado un montón de esa forma -dijo Dinah, acercándose inquieta a los cajones-. Si la señora se va arriba hasta que sea mi hora de recoger, ya lo pondré todo bien; pero parece que no puedo hacer nada cuando hay señoras alrededor, molestando. ¡Eh, tú, Sam, no le des el azucarero al bebé! ¡Ya te daré yo, si no te andas con cuidado!

– Voy a repasar la cocina y voy a ordenarlo todo una vez, Dinah, y después espero que la mantengas así.

– ¡Caramba, señorita Ophelia, ésas no son cosas propias de señoras! Nunca he visto a ninguna señora hacer nada semejante; ni mi antigua ama ni la señorita Marie lo han hecho jamás, y no veo la necesidad de que se haga ahora -y Dinah daba vueltas majestuosamente mientras la señorita Ophelia apilaba y clasificaba fuentes, vaciaba docenas de azucareros en un sólo recipiente, separaba servilletas, manteles y toallas para la colada, lavaba, frotaba y ordenaba todo con sus propias manos, con una velocidad y pericia que dejaron pasmada a Dinah.

– ¡Caramba! Si eso es lo que hacen las damas del Norte, pues no son damas -dijo a algunos de sus satélites, cuando estaba fuera del alcance del oído de la señorita Ophelia--. Yo tengo las cosas tan organizadas como cualquiera, cuando me toca la hora de ordenar; pero no quiero tener a señoras aquí molestando y poniéndome las cosas donde no puedo encontrarlas.

Para hacerle justicia a Dinah, tenía paroxismos, aunque infrecuentes, de reforma y orden, que ella llamaba «horas de ordenar», cuando se ponía con gran energía a volver del revés todos los cajones y armarios, poniéndolo todo en el suelo y en las mesas y multiplicando por siete el caos habitual. Entonces encendía su pipa, y revisaba lentamente las cosas, repasándolas y discurriendo sobre ellas; hacía que todos los jóvenes frotasen vigorosamente los objetos de hojalata y mantenía durante varias horas un elevadísimo estado de confusión, que explicaba, para satisfacción de todos los que lo preguntaban, que era la «hora de ordenar». «No podía dejar que las cosas siguieran cómo estaban, e iba a hacer que los jóvenes mantuvieran mejor el orden», porque la misma Dinah tenía la convicción de que ella misma era el colmo del orden y que sólo eran los jóvenes y todos los demás miembros de la casa los que provocaban que tal orden no alcanzara la perfección absoluta. Cuando todas las latas estaban fregadas y todas las mesas blancas como la nieve y todas las cosas que podían molestar estaban escondidas en rincones y escondrijos, Dinah se engalanaba con un vestido elegante, un delantal limpio y un turbante alto y brillante de madrás y decía a todos los jóvenes revoltosos que se mantuvieran fuera de la cocina, ya que quería que todo siguiese ordenado. De hecho, estas ocasiones infrecuentes suponían una molestia para todas los habitantes de la casa, puesto que Dinah cogía tal cariño por su lata reluciente que insistía que no se volviera a utilizar por ningún motivo, por lo menos hasta que se le pasara la fiebre de la «hora de ordenan».

En pocos días la señorita Ophelia reformó concienzudamente cada parte de la casa según un modelo sistemático; pero sus esfuerzos en todos los departamentos que dependían de la colaboración de los sirvientes eran como los trabajos de Sísifo o las Danaides. Un día, acudió desesperada a St. Clare.

– ¡No hay manera de imponer nada parecido a un método en esta familia!

– Pues claro que no -contestó St. Clare.

– ¡Nunca he visto una administración tan inepta, tanto derroche ni tanta confusión!

– Me imagino que no.

– No te lo tomarías con tanta tranquilidad si fueras ama de casa.

– Querida prima, más vale que te enteres, de una vez por todas, de que los amos nos dividimos en dos clases: los opresores y los oprimidos. Los que somos bondadosos y odiamos la severidad nos resignamos a padecer una gran cantidad de incomodidades. Si nos empeñamos en mantener una casa descuidada, revuelta y desorganizada, por dejadez, debemos atenemos a las consecuencias. He visto algún caso excepcional de personas que, gracias a un tacto peculiar, consiguen producir orden y sistema sin severidad; pero no soy una de ellas, por lo que me decidí hace tiempo a dejar que las cosas salgan como salgan. No permitiré que se azote o maltrate a los pobres diablos, y ellos lo saben y, por supuesto, saben que son ellos los que mandan.

– Pero que no tengan horario, ni lugar para todo, ni orden…, ¡todo transcurre de forma tan desordenada!

– Mi querida Vermont, vosotros que sois del Polo Norte exageráis la importancia del tiempo. ¿Para qué diablos le sirve el tiempo a un tipo que tiene el doble del que sabe llenar? En cuanto al orden y el sistema, cuando no hay nada que hacer más que tumbarse en el sofá a leer, importa poco que el desayuno o el almuerzo llegue una hora antes o después. Veamos, tienes a Dinah que te prepara una comida excelente: sopa, ragú, pollo asado, postre, helado y todo, y ella lo crea en el caos y la oscuridad de aquella cocina. Creo que es sublime que se las arregle tan bien. Pero ¡que el Cielo nos proteja! Si bajamos allí y vemos cómo fuma y se sienta en el suelo y corretea por ahí durante el proceso de preparación, nunca comeremos más. Mi querida prima, ahórrate eso. Es peor que la penitencia de los católicos y no sirve para más. Sólo perderás tú los nervios y a Dinah la confundirás totalmente. Deja que haga lo que quiera.

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