La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– Pero, Auguste, no tienes ni idea de cómo estaban las cosas.
– ¿Que no? ¿No sé que el rodillo está debajo de su cama, y el rallador de nuez moscada en su bolsillo con el tabaco, y que hay sesenta y cinco azucareros diferentes, uno en cada escondrijo de la casa, que un día friega la vajilla con una servilleta y al siguiente con un trozo de enagua? Pero el resultado es que prepara unas comidas magníficas y hace un café extraordinario, así que debes juzgarla tal como se juzgan a los guerreros y a los estadistas: por el éxito.
– ¡Pero el desperdicio y el gasto!
– ¡Mala suerte! Cierra con llave todo lo que puedes y quédate tú con la llave. Reparte poco a poco y nunca preguntes por nimiedades, pues no te conviene.
– Lo que me preocupa, Augustine, es que no puedo evitar la sensación de que estos criados no son del todo honrados. ¿Estás seguro de que son de fiar?
Augustine se rió de corazón por la cara seria y ansiosa con la que hizo la pregunta la señorita Ophelia.
– ¡Ay, prima, es demasiado! ¡Honrados! Como si se pudiera esperar tal cosa. ¿Honrados? Pues claro que no lo son. ¿Por qué habían de serlo? ¿Qué podría hacer que sean honrados?
– ¿Por qué no les enseñas?
– ¿Enseñar? ¡Tonterías! ¿Cómo crees que les iba a enseñar yo? ¡Buen enseñante estoy yo hecho! En cuanto a Marie, ella tiene bastante espíritu, desde luego, para matar a toda la plantación si la dejase administrarla, pero tampoco conseguiría hacerles honrados.
– ¿No hay ninguno honrado?
– Pues de vez en cuando hay uno que la Naturaleza hace tan ridículamente sencillo, sincero y leal que ni la peor influencia puede destruirlo. Pero, verás, desde el pecho materno el niño negro siente y cree que no tiene otro camino que el engaño. No tiene otra forma de llevarse con sus padres, su ama y sus señoritos y señoritas compañeros de juegos. El engaño y el disimulo se convierten en hábitos necesarios e ¡evitables. No es justo exigirles nada más. No hay que castigarles por ello. En cuanto a la honradez, se mantiene al esclavo en tal estado de dependencia casi infantil que no hay forma de que comprenda los derechos de la propiedad o que sienta que los bienes del amo no son los suyos propios, si es que puede hacerse con ellos. Yo, por mi parte, considero que es imposible que sean honrados. ¡Un tipo como nuestro Tom es un milagro de la moral!
– ¿Y qué será de sus almas? -preguntó la señorita Ophelia.
– Que yo sepa, eso no es asunto mío -dijo St. Clare-; sólo me ocupo de los asuntos de esta vida. El caso es que la opinión general es que toda su raza ha sido entregada al diablo para beneficio nuestro en este mundo, pase lo que pase en el otro.
– ¡Pero eso es terrible! -dijo la señorita Ophelia- ¡debería daros vergüenza!
– No sé si me da vergüenza. A pesar de todo, estamos bien acompañados -dijo St. Clare-, como suele sucederle a cualquiera que tira por el camino de en medio. Mira a los de arriba y los de abajo en el mundo entero y verás que es la misma historia: la clase inferior explotada cuerpo y alma en beneficio de la superior. Ocurre así en Inglaterra; ocurre en todas partes; y sin embargo, toda la cristiandad se horroriza, con indignación virtuosa, porque hacemos las cosas de forma algo diferente que ellos.
– No ocurre así en Vermont.
– Bien, bien, en Nueva Inglaterra y en los estados nuevos nos lleváis ventaja, te lo concedo. Pero ha sonado la campana; así que, prima, dejemos nuestros prejuicios regionales a un lado y vayamos a almorzar.
Cuando la señorita Ophelia se encontraba en la cocina por la tarde, algunos de los niños negros gritaron: -¡Caramba, ahí viene Prue, refunfuñando como siempre!
En ese momento entró en la cocina una mujer negra alta y huesuda, llevando una cesta de bizcochos y panecillos calientes en la cabeza.
– ¡Hola, Prue, has venido! -dijo Dinah.
Prue tenía una extraña expresión ceñuda en el rostro y una voz quejumbrosa y malhumorada. Dejó la cesta, se puso en cuclillas y, apoyando los codos en las rodillas, dijo:
– ¡Ay, Señor, ojalá estuviera muerta!
– ¿Por qué quieres estar muerta? -preguntó la señorita Ophelia.
– Porque así dejaría de sufrir -dijo la mujer hoscamente, sin levantar los ojos del suelo.
– ¿Qué necesidad tienes de emborracharte y hacer que te azoten, Prue? -preguntó una pulcra camarera cuarterona, cuyos pendientes de coral se balanceaban mientras hablaba.
La mujer la contempló con una mirada agria y desabrida.
– Quizás lo hagas tú, un día de éstos. Me encantaría verte, desde luego; entonces te vendría bien una copita, como a mí, para olvidar tus penas.
– Vamos, Prue -dijo Dinah-, echemos un vistazo a tus bizcochos. La señora te los pagará.
La señorita Ophelia cogió un par de docenas.
– Hay algunos boletos en aquella jarra agrietada del estante de arriba -dijo Dinah-. Tú, Jake, súbete allí a cogerla.
– ¿Boletos? ¿Para qué? -preguntó la señorita Ophelia.
– Nosotros le compramos boletos a su amo y ella nos da pan a cambio.
– Y cuentan el dinero y los boletos cuando llego a casa, para ver si tengo la cantidad exacta; y si no es así, casi me matan de una paliza.
– Y es lo que te mereces -dijo Jane, la camarera vivaz- si te empeñas en coger su dinero para emborracharte. Eso es lo que hace, señora.
– Y es lo que seguiré haciendo; no sé vivir de otra manera: beber para olvidar mis penas.
– Eres muy mala y muy tonta -dijo la señorita Ophelia- por robar el dinero de tu amo para embrutecerte.
– Es probable, señora; pero es lo que hago y seguiré haciendo. ¡Ay, Señor, ojalá estuviera muerta para no sufrir más! -y se levantó la pobre vieja lenta y dolorosamente y volvió a colocarse la cesta en la cabeza; pero antes de salir, miró a la cuarterona, que jugueteaba con los pendientes.
– Tú te crees estupenda con aquellos pendientes, bailoteando por ahí y moviendo la cabeza y despreciando a todo el mundo. Pues no te preocupes, que puedes vivir para convertirte en una pobre vieja azotada como yo. Espero que así sea, lo espero de veras; entonces veremos si no haces lo mismo: beber, beber, beber hasta la saciedad; no te mereces otra cosa, ¡puaj! y con un aullido malvado, salió la mujer de la habitación.
– ¡Bestia repugnante! -dijo Adolph, que preparaba el agua de afeitarse de su amo-. Si yo fuese su amo, la azotaría más aún.
– No te sería posible -dijo Dinah-. Su espalda es todo un espectáculo; nunca consigue cubrirla del todo con un vestido.
– Creo que no debían dejar que unas personas tan rastreras rondaran las familias decentes -dijo la señorita Jane-. ¿Qué opina usted, señor St. Clare? preguntó, moviendo coqueta la cabeza en dirección a Adolph.
Debe saberse que, entre otras apropiaciones de bienes de su amo, Adolph acostumbraba a adoptar su nombre y tratamiento; y que se hacía llamar, entre los círculos negros de Nueva Orleáns, señor St. Clare.
– Comparto su opinión, desde luego, señorita Benoir -dijo Adolph.
Benoir era el apellido de la familia de Marie St. Clare y Jane era una de sus criadas.
– Perdón, señorita Benoir, ¿se me permite preguntarle si esos pendientes son para el baile de mañana por la noche? ¡Son encantadores, por cierto!
– ¡Me sorprende, señor St. Clare, la desfachatez que se permiten mostrar los hombres a veces! -dijo Jane, agitando la cabeza para hacer centellear los pendientes de nuevo-. No bailaré con usted en toda la tarde si sigue haciéndome estas preguntas.
– ¡No puede usted ser tan cruel! Me moría de ganas de saber si iba a aparecer con su traje de tarlatana rosa -dijo Adolph.
– ¿.Qué pasa? -preguntó Rosa, una alegre cuarterona seductora que bajaba brincando las escaleras en ese momento.