La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
Pero dos años de prueba me demostraron que yo no servía como socio de ese negocio. Tener una brigada de setecientos, a los que no podía conocer personalmente ni interesarme por ellos individualmente, que se compraban, dirigían, alojaban y alimentaban como si fueran reses de ganado bovino, con una precisión militar (un problema recurrente era cuál era el mínimo número de placeres de la vida que hacía falta para hacerles rendir lo máximo), la necesidad de tener capataces y supervisores (el látigo omnipresente era el primero, el último y el único argumento), todo me resultaba insoportablemente repugnante y odioso; y cuando recordaba lo que pensaba mi madre de una pobre alma humana, ¡llegaba a ser espantoso!
Es una tontería hablar de que los esclavos disfrutan de esto. No puedo aguantar las tonterías indecibles que se han inventado algunos de estos norteños condescendientes en su afán de disculpar nuestros pecados. Todos sabemos que son mentira. ¡Dime que un hombre quiere trabajar todos los días de su vida, de la mañana hasta la noche, bajo el ojo vigilante de un amo, sin posibilidad de realizar ni una sola acción voluntaria, en las mismas tareas aburridas, monótonas e invariables, y todo por dos pantalones y un par de zapatos al año y suficiente comida y cobijo para que pueda seguir en condiciones de trabajar! Cualquier hombre que cree que los seres humanos pueden, como regla general, estar tan cómodos así como de otra manera, ¡me gustaría que lo probase él mismo! ¡Yo lo compraría y lo pondría a trabajar con la conciencia tranquila!
– Siempre he dado por sentado -dijo la señorita Ophelia- que todos vosotros aprobabais estas cosas y las considerabais correctas, según las Sagradas Escrituras.
– ¡Hipocresías! Aún no nos vemos reducidos a eso. Alfred, que es un déspota tan convencido como cualquiera que haya existido, no se escuda en ese tipo de defensa; no, él se apoya, altivo y altanero, en aquel viejo fundamento respetable: el derecho del más fuerte; y dice, y creo que con bastante sensatez, que el plantador americano «sólo hace, de alguna manera, lo que hacen la aristocracia y los capitalistas ingleses hacen con las clases inferiores»; es decir, deduzco, apropiarse de ellos, cuerpo y alma, para su propio uso y conveniencia personal. Él defiende los dos y creo que es consistente, por lo menos. Dice que no puede haber una elevada civilización sin la esclavitud, nominal o real, de las masas, nominales o reales. Dice que debe haber una clase inferior, que se entregue al trabajo fisico y se limite a vivir como animales; y así la superior adquiere ocio y riquezas para expandir su inteligencia y su educación y convertirse en el alma directora de la inferior. Así razona él, porque, como ya he dicho, es un aristócrata; yo no creo en ello, porque nací demócrata.
– ¡Pero de ninguna manera pueden compararse las dos cosas! -dijo la señorita Ophelia-. No venden, explotan, separan de su familia ni azotan al trabajador inglés.
– Pero su patrón dispone de él como si lo hubiera comprado. El dueño de esclavos puede azotar al esclavo recalcitrante hasta matarlo, y el capitalista puede matarlo de hambre. En cuanto a la seguridad de la familia, es difícil saber cuál es peor, que te vendan a los hijos o ver cómo se mueren de hambre en casa.
– Pero no es disculpa para la esclavitud demostrar que no es peor que otra cosa.
– No lo he dicho como disculpa; no, además diré que la nuestra es una violación más descarada y palpable de los derechos humanos: comprar de hecho a un hombre como si fuera un caballo, mirándole los dientes, moviéndole las articulaciones y haciéndole pruebas para después pagar por él con dinero en efectivo, el que tengamos especuladores, criadores, tratantes y corredores de cuerpos y almas humanos, todo eso pone el asunto a los ojos del mundo civilizado en una forma más tangible, aunque sea por su naturaleza igual; es decir adueñarse un grupo de seres humanos de otro para su uso y disfrute sin tener en cuenta sus propios intereses.
– Nunca he pensado en el tema desde ese punto de vista dijo la señorita Ophelia.
– Pues yo he viajado un poco por Inglaterra y he leído muchos documentos que trataban de la condición de sus clases inferiores; y creo que no se puede refutar a Alfred cuando dice que sus esclavos están mejor que gran parte de la población de Inglaterra [33]. Verás, no debes inferir por lo que te he dicho que Alfred es un amo duro, pues no lo es. Es un déspota y no tiene piedad con la insubordinación; mataría a un hombre de un tiro con tan poco remordimiento como mataría un ciervo, si se opusiera a él. Pero en general se enorgullece de mantener a sus esclavos bien alimentados y cómodamente alojados.
Cuando yo trabajaba con él, insistí en que se ocupara de su educación; y, para complacerme, contrató a un capellán para que impartiera clases de catequesis los domingos aunque creo que él pensaba, en el fondo, que serviría para lo mismo catequizar sus caballos y sus perros. Y el caso es que poco se puede hacer en unas horas los domingos, con unas mentes debilitadas y embrutecidas por todas las malas influencias desde su nacimiento, que pasan cada día laborable entero entregadas a las faenas más duras sin necesidad de reflexionar jamás. Quizás los profesores de las escuelas dominicales de los trabajadores de las fábricas de Inglaterra y los de los braceros de las plantaciones de nuestro país podrían dar fe de que consiguen los mismos resultados, allí y aquí. Sin embargo, hay algunas excepciones llamativas entre nosotros, debidas a que el negro es más impresionable que el blanco al sentimiento religioso.
– Bien -dijo la señorita Ophelia-, ¿cómo llegaste a dejar la vida de la plantación?
– Bueno, seguimos a trompicones durante algún tiempo, hasta que Alfred vio claramente que yo no servía como plantador. A él le parecía absurdo, después de reformar, modificar y mejorarlo todo para complacer mis caprichos, que aún no estuviera satisfecho. El problema era, al fin y al cabo, que lo que yo odiaba era el SISTEMA: utilizar a estos hombres y mujeres, perpetrar toda esta ignorancia, brutalidad y vicio ¡sólo para que yo ganase dinero!
Además, siempre interfería con los detalles. Como yo mismo era un mortal de lo más perezoso, tenía demasiada simpatía por los perezosos; y cuando los pobres tipejos inútiles ponían piedras en el fondo de sus cestas de algodón para que pesaran más o llenaban de tierra sus sacos, con algodón sólo arriba, se parecía tanto a lo que yo hubiera hecho en su lugar que no consentía en hacerles azotar por ello. Pero por supuesto, esto acabó con la disciplina de la plantación, y Alfred y yo llegamos al mismo punto donde hubiéramos llegado mi respetado padre y yo años atrás. Así que me dijo que yo era sentimental como una mujer y que no serviría nunca para los negocios, y me aconsejó que me quedara con dinero y acciones y la mansión familiar de Nueva Orleáns y que me dedicara a escribir poesía, y le dejara a él dirigir la plantación. De modo que nos separamos y yo me vine aquí.
– ¿Pero por qué no liberaste a tus esclavos?
– No podía llegar a tanto. Tenerlos como herramientas para ganar dinero para mí, eso no podía hacerlo, pero tenerlos para ayudarme a gastar el dinero no me parecía igual de feo. Algunos, a los que tenía mucho cariño, habían sido sirvientes; y los más jóvenes eran hijos de los mayores. Todos estaban satisfechos de seguir como estaban -hizo una pausa y se puso a caminar reflexivamente de un extremo de la habitación al otro.
– Hubo una época en mi vida -dijo St. Clare- cuando tenía planes y esperanzas de hacer algo más en este mundo que ir a la deriva. Tenía unas vagas y confusas aspiraciones de ser una especie de libertador, de limpiar mi tierra nativa de esta mancha y este estigma. Todos los jóvenes tienen estos accesos de fiebre, supongo, en algún momento, pero después…
[33] Referencia a las tesis proesclavistas sureñas surgidas alrededor de 1850, que defendían la esclavitud como una manera de proporcionar seguridad a la clase trabajadora de cualquier sociedad y cuyo máximo defensor fue George Fitzhugh.