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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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Bien, mi padre tenía unos quinientos negros; era un hombre de negocios inflexible, exigente y minucioso; todo tenía que hacerse sistemáticamente y regirse con infalible exactitud y precisión. Ahora bien, si tienes en cuenta que todo esto lo tenía que poner en práctica un hatajo de campesinos perezosos, charlatanes e inútiles que se habían criado toda la vida carentes de motivos para hacer cualquier cosa que no fuera «vaguean», como decís los de Vermont, verás que puede haber en su plantación una gran cantidad de cosas que parecen horribles y deprimentes a los ojos de un niño sensible como yo.

Además, tenía un capataz, grandullón, alto y fornido, renegado y peleón, un verdadero hijo de Vermont, con perdón, que había pasado un auténtico aprendizaje en la dureza y la brutalidad antes de sacarse el título para ejercer su profesión. Mi madre nunca pudo soportarlo, y yo tampoco; pero adquirió un dominio absoluto sobre mi padre; este hombre era el déspota absoluto de la hacienda.

Yo era un niño entonces pero tenía el mismo cariño que tengo ahora por todo lo humano, una especie de pasión por el estudio de la humanidad, bajo cualquiera de sus formas. Se me veía mucho en las cabañas y entre los trabajadores del campo y, naturalmente, era un gran favorito entre ellos; me contaban todo tipo de quejas y agravios, y yo se los contaba a mi madre y entre los dos formamos una especie de comité para remediar los agravios. Obstaculizamos e impedimos una gran cantidad de crueldades y nos congratulábamos por hacer una gran cantidad de bien hasta que, como ocurre a menudo, me excedí en el celo. Stubbs se quejó a mi padre de que no podía manejar a los braceros y que debía dimitir. Mi padre era un marido cariñoso e indulgente, pero un hombre que no vacilaba en hacer lo que considerase preciso, por lo que se interpuso, firme como una roca, entre los braceros y nosotros. Le dijo a mi madre, con un lenguaje perfectamente considerado y respetuoso, pero muy explícito, que ella sería el ama absoluta de los sirvientes de la casa, pero que no consentía que interfiriese con los trabajadores del campo. Él la adoraba y reverenciaba más que ninguna otra cosa en el mundo, pero hubiese dicho lo mismo a la Virgen María si ella se hubiera interpuesto en su sistema.

A veces oía a mi madre razonar con él sobre algunos casos; intentaba despertar su compasión. Él escuchaba los ruegos más patéticos con la educación y ecuanimidad más desalentadoras. «Todo se reduce a lo siguiente», decía, «¿debo deshacerme de Stubbs o quedarme con él? Stubbs es el colmo de la puntualidad, la honradez y la eficiencia, un genio para los negocios y tan humanitario como la mayoría. No podemos optar a la perfección; si me quedo con él, debo apoyar toda su administración, aunque haya, de vez en cuando, incidentes reprochables. Todo gobierno encierra algo de dureza inevitable. Las reglas generales serán duras en casos concretos.» Mi padre parecía considerar definitiva esta máxima en la mayoría de los supuestos casos de crueldad. Después de decir eso, solía recoger los pies en el sofá, como un hombre que ha ultimado un negocio, y ponerse a dormir la siesta o leer el periódico, según la ocasión.

El caso es que mi padre poseía el talento idóneo para ser estadista. Hubiera podido dividir Polonia tan fácilmente como si fuera una naranja, o pisotear Irlanda tan tranquilamente como cualquier hombre. Al final, mi madre, desesperada, se rindió. Nunca se sabrá, hasta el juicio final, lo que sienten las naturalezas nobles y sensibles como la suya, al verse arrojadas indefensas a lo que debe parecerles -ellas pero no a los que las rodean- un abismo de injusticia y crueldad. Ha sido una larga época de sufrimientos para tales naturalezas en un mundo tan dejado de la mano de Dios como el nuestro. ¿Qué le quedaba a ella sino inculcarles sus propias opiniones y sentimientos a sus hijos? Bien, pero a pesar de todo lo que dices sobre la educación, los niños crecerán sustancialmente como la naturaleza los ha hecho, y nada más. Desde la cuna, Alfred fue un aristócrata; y, al hacerse mayor, todas sus simpatías y todos sus razonamientos se dirigieron por ese camino, y todas las exhortaciones de mi madre se las llevó el viento. En cuanto a mí, me calaron hondo. Ella nunca contradecía, de hecho, nada de lo que decía mi padre, ni parecía diferir mucho de él; pero imprimió, estampó con hierro en mi alma, con toda la fuerza de su naturaleza profunda y sincera, una idea de la dignidad y la valía de la más humilde alma humana. Le miraba a la cara con solemne admiración cuando me señalaba las estrellas por las noches y me decía: «Mira allí, Auguste. La más miserable y humilde alma de nuestra casa aún arderá cuando estas estrellas hayan desaparecido para siempre; ¡vivirán tanto tiempo como Dios!»

Tenía algunos bellos cuadros antiguos, especialmente uno que mostraba a Jesús curando a un ciego. Eran muy buenos y me impresionaban mucho. «Mira allí, Auguste», decía, «el ciego era un mendigo, pobre y despreciable; pero no lo curó a distancia. Lo llamó y le puso las manos encima. Recuerda esto, hijo mío». Si hubiera vivido bajo sus cuidados hasta hacerme mayor, puede que me hubiese infundido un no-sé-qué de entusiasmo. Puede que hubiese sido un santo, un reformador, un mártir… pero, por desgracia, me alejé de ella cuando tenía trece años y nunca la volví a ver.

St. Clare descansó la cabeza en las manos y estuvo unos minutos sin hablar. Después de un rato, levantó la vista y siguió:

– ¡Qué pobre y mezquina bagatela es todo aquello de la virtud humana! Una simple cuestión, en la mayoría de los casos, de latitud y longitud y posición geográfica, actuando junto con el temperamento natural. ¡La mayoría no es más que un accidente! Tu padre, por ejemplo, se instala en Vermont, en un pueblo donde todos son, de hecho, libres e iguales; se convierte en miembro practicante y diácono de la iglesia, y, en su momento, se hizo de una sociedad de abolicionistas, y a nosotros nos considera poco más que paganos. Sin embargo, bajo todos los conceptos, es una réplica de mi padre por su constitución y sus costumbres. Lo veo translucirse en cincuenta detalles diferentes: el mismísimo espíritu arrogante, fuerte y dominante. Sabes muy bien que es imposible convencer a algunas de las personas de tu pueblo de que el señor Sinclair no se siente superior a ellas. El caso es que, aunque le ha correspondido una época democrática y ha adoptado una teoría democrática, en el fondo es un aristócrata, tanto como mi padre, que reinaba sobre quinientos o seiscientos esclavos.

La señorita Ophelia tenía intención de poner reparos a esta opinión y dejaba su calceta para comenzar, pero la detuvo St. Clare.

– Vamos, conozco cada palabra de lo que vas a decir. No digo que se parecieran de hecho. Uno acabó en un medio donde todo iba contra su tendencia natural y el otro, donde todo iba a su favor; por lo tanto, uno se convirtió en un viejo demócrata bastante voluntarioso, obstinado y dominante y el otro en un déspota voluntarioso, obstinado y dominante. Si hubiesen sido dueños de sendas plantaciones en Luisiana, se habrían parecido tanto como dos balas hechas en el mismo molde.

– ¡Qué muchacho más irreverente eres! -dijo la señorita Ophelia.

– No pretendo faltarles al respeto -dijo St. Clare-. Sabes que la reverencia no es mi fuerte. Pero, para volver con mi historia:

Cuando murió mi padre, dejó toda su propiedad a sus hijos gemelos para que nos la repartiéramos como acordásemos. No existe sobre la tierra del Señor un tipo más generoso o noble de espíritu que Alfred, en todo lo que atañe a sus semejantes; y llevamos estupendamente toda la cuestión de las propiedades sin una palabra o un sentimiento poco fraternal. Nos comprometimos a dirigir juntos la plantación; y Alfred, cuya vida y cualidades externas eran el doble de las mías, se convirtió en un plantador entusiasta con un éxito enorme.

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