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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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– ¿Por qué no lo hiciste? -preguntó la señorita Ophelia-. No deberías echarte al surco, sino ponerte a trabajar.

– Bueno, pues las cosas no fueron como esperaba y me entró la misma desesperación vital que a Salomón. Supongo que fue un incidente necesario para infundir sabiduría a ambos, pero, de algún modo, en vez de ser activo en regenerar la sociedad, me convertí en un trozo de madera en el agua, que flota y va a la deriva desde entonces. Alfred me riñe cada vez que nos vemos; y me saca ventaja, he de confesar, porque él sí hace algo: su vida es el resultado lógico de sus opiniones y la mía es un non sequitur [34] despreciable.

– Mi querido primo, ¿puedes sentirte satisfecho de tu forma de pasar la vida?

– ¿Satisfecho? ¿No te estoy diciendo que la desprecio? Pero entonces, para volver a donde estábamos, hablábamos de la liberación. No creo que mis sentimientos sobre la esclavitud sean infrecuentes. Me encuentro con muchos hombres que, en el fondo, piensan exactamente igual que yo. La tierra se lamenta por ella; y aunque es malísimo para el esclavo, es aún peor, si cabe, para el amo. No hace falta ponerse lentes para ver que tener entre nosotros un numeroso grupo de personas viciosas, descuidadas y degradadas es un mal para nosotros y no sólo para ellas. Los capitalistas y los aristócratas ingleses no pueden sentir esto tanto como nosotros porque ellos no se mezclan con su clase degradada como lo hacemos nosotros. Están en nuestros hogares, son los compañeros de nuestros hijos y forman las mentes de éstos antes que nosotros, pues son una raza que los niños frecuentan y con la que se encariñan. Si Eva, por ejemplo, no fuese más angelical de lo normal, se habría echado a perder. Lo mismo nos valdría dejar circular la viruela entre ellos y creer que no se contagiarían nuestros hijos que dejar que vayan viciosos y sin educación y creer que esto no afectará a nuestros hijos. Sin embargo, nuestras leyes prohíben absoluta y tajantemente que se instaure un sistema educativo general eficaz y lo hacen con conocimiento de causa; porque educar concienzudamente a una generación sería poner una bomba en el sistema. Si nosotros no les concediéramos la libertad, se la tomarían por su cuenta.

– ¿Y cómo crees que acabará todo esto? -preguntó la señorita Ophelia.

– No lo sé. Una cosa es segura: empieza a haber una gran unidad entre las masas de todo el mundo y, tarde o temprano, llegará un dies irae [35]. Lo mismo ocurre en Europa, en Inglaterra y en este país [36]. Mi madre solía hablarme de un milenio que venía en el que reinaría jesucristo y todos los hombres serían libres y felices. Y me enseñó a rezar, cuando era niño, «venga a nosotros tu reino». A veces pienso que todos estos suspiros y lamentos y agitación entre los huesos secos son una premonición de lo que me decía ella había de venir. Pero ¿quién puede esperar el día que aparezca?

Augustine, a veces creo que no estás lejos de ese reino -dijo la señorita Ophelia, dejando su calceta y mirando ansiosa a su primo.

– Gracias por tu buena opinión, pero soy todo altibajos: subo a las puertas del cielo en teoría y bajo al polvo de la tierra en la práctica. Pero ha sonado la campana del té; vámonos; y no me vayas a decir que no he sostenido una conversación de lo más serio por una vez en mi vida.

En la mesa, Marie hizo alusión al incidente de Prue:

– Supongo que pensarás, prima -dijo-, que somos todos unos bárbaros.

– Creo que es una cosa bárbara -dijo la señorita Ophelia-, pero no creo que vosotros seáis todos bárbaros.

– De todas formas -dijo Marie-, se que es imposible llevarse bien con algunas de estas criaturas. Son tan malas que no deberían vivir. No siento ni una pizca de compasión en algunos casos. Si se comportaran, esto no ocurriría.

– Pero, mamá -dijo Eva-, la pobre criatura era muy desgraciada y eso la llevó a la bebida.

– ¡Tonterías, eso no es excusa! Yo soy muy desgraciada a menudo. Creo -dijo pensativamente- que he sufrido peores pruebas que ella. Es porque son muy malos. Hay algunos que no se pueden domar con ningún tipo de severidad. Recuerdo que mi padre tenía a un hombre que era tan perezoso que se fugaba sólo para eludir el trabajo y se quedaba agazapado en los pantanos, robando y haciendo fechorías de todo tipo. A ese hombre lo cogieron y azotaron infinidad de veces y nunca sirvió para nada; y la última vez se fue arrastrando, aunque apenas podía moverse, y murió en el pantano. No tenía ningún motivo, porque los braceros de mi padre siempre fueron muy bien tratados.

– Yo domé a un tipo, una vez -dijo St. Clare- que habían intentado domar en vano todos los capataces y supervisores.

– ¡Tú! -dijo Marie-. ¡Ya me gustaría saber cuándo tú hiciste algo parecido!

– Bien, era un hombre gigantesco y fuerte, nacido en África, y parecía tener una cantidad descomunal del burdo instinto de libertad. Era un verdadero león africano. Se llamaba Scipio. Nadie conseguía hacer nada con él; fue vendido muchas veces y pasó de supervisor en supervisor hasta que por fin lo compró Alfred, porque creía que podría con él. Bien, un día derribó al capataz y se largó a los pantanos. Yo estaba de visita en la plantación de Alfred, pues ya habíamos disuelto la sociedad. Alfred estaba muy enfurecido, pero le dije que era culpa suya y le hice una apuesta que yo domaría al hombre; finalmente se acordó que, si yo lo cogía, podría quedármelo para experimentar con él. Así que juntaron un grupo de seis o siete hombres, con armas de fuego y perros para la caza. La gente, ¿sabéis? puede cazar a un hombre con el mismo entusiasmo con el que caza un ciervo, si es la costumbre; de hecho, yo mismo me puse nervioso, aunque sólo iba a hacer de mediador si lo atrapaban.

Pues los perros ladraban y aullaban y nosotros cabalgamos y corrimos y al final lo localizamos. Corría y saltaba como un gamo y nos mantuvo a raya durante mucho rato, pero finalmente se vio atrapado en un espeso cañaveral; se volvió para defenderse y os aseguro que luchó con gran valor contra los perros. Los lanzaba de un lado a otro y llegó incluso a matar a tres de ellos con sus manos desnudas, pero entonces fue derribado de un tiro y cayó herido y sangrando casi a mis pies. El pobre hombre me miró con valentía y desesperación a la vez. Refrené a los perros y a los hombres cuando se lanzaron sobre él y lo reclamé como prisionero mío. Hizo falta toda mi habilidad para evitar que lo mataran de un tiro con la exaltación del éxito; pero saqué a relucir nuestro acuerdo y Alfred me lo dio. Pues, bien, me hice cargo de él y quince días después lo había domado y era tan dócil y manejable como se pudiera desear.

– ¿Qué demonios le hiciste? -preguntó Marie.

– Bien, fue un procedimiento bastante sencillo. Lo llevé a mi propio cuarto, mandé preparar una buena cama, curé sus heridas y lo atendí yo mismo hasta que se pudo poner de pie. Y, con el tiempo, le conseguí el documento de emancipación y le dije que podía ir adónde quisiera.

– ¿Y se fue? -preguntó la señorita Ophelia.

– No. El muy tonto rompió el documento por la mitad y se negó a dejarme. Nunca he tenido a un hombre más valiente o mejor, tan honrado y fidedigno. Se convirtió al cristianismo después y se hizo manso como un niño. Dirigía mi propiedad del lago y lo hacía estupendamente. Lo perdí en la primera epidemia de cólera. De hecho, dio su vida por mí. Porque yo estaba enfermo, casi moribundo; y cuando todos los demás huyeron, presas del pánico, Scipio me cuidó como un gigante y realmente me devolvió a la vida. Pero, ¡pobre hombre! Cayó enfermo enseguida y no se le pudo salvar. Nunca me ha apenado más la muerte de alguien.

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[34] En latín en el original. Literalmente: que no se deriva. Se utiliza el término lógico con el significado de «conclusión errónea».

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[35] En latín en el original. Día de ira. Son las primeras palabras de un himno medieval sobre el juicio final de Tomás de Celano.

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[36] Los movimientos nacionalistas italiano, alemán y húngaro fueron los grandes protagonistas de las revoluciones de 1848 en Europa Central, pero no alcanzaron en aquel momento sus propósitos. Las unificaciones nacionales de Italia y Alemania se produjeron a través de una serie de guerras entre 1859 y 1871, que convirtieron al rey de Cerdeña en rey de Italia y al rey de Prusia en emperador de Alemania. El imperio austríaco, vencido en dos de estas guerras, se reformó en 1867 para satisfacer las aspiraciones húngaras, articulándose en dos estados unidos por una misma corona. En la novela, Stowe utiliza el temor y hostilidad que los estadounidenses sentían hacia las revoluciones burguesas de 1848-1849 en Europa para dramatizar el tema antiesclavista. De esta manera, como indica Larry J. Reynolds, la escritora jugó con el miedo nacional de que acontecimientos del mismo calibre que los europeos ocurriesen en el país si no se emancipaba a la población de color. Stowe se refiere en varias ocasiones más a la realidad contemporánea europea. Ahora bien, las referencias al socialismo que aparecen en la novela pueden hacer pensar que la autora lo viese con agrado, pero sus explicaciones enA Key to Uncle Tom's Cabin no dejan duda de que su posición es conservadora. Como explica Reynolds, cuando Stowe alude al levantamiento de las masas en la novela, lo hace para que «inspire reformas pacíficas, no para hacer silbar las balas o para que corra la sangre».

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