La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
De esta clase de amas de casa era la señora Shelby, a la que ya hemos descrito, y a quien nuestros lectores quizás recuerden haber conocido. Si no hay muchas en el Sur, es porque no hay muchas en el mundo. Se encuentran en el Sur como en cualquier otra parte y, cuando existen, tienen en ese estado peculiar una ocasión muy brillante para exhibir su talento doméstico.
De esta clase de amas de casa no era Marie St. Clare, ni lo había sido su madre. Era indolente e infantil, desorganizada e imprevisora, y era de esperar que los criados instruidos bajo su mandato pecaran de lo mismo; había descrito a la señorita Ophelia con gran exactitud la confusión que iba a encontrar en la casa, aunque no la había atribuido a su verdadera causa.
En la primera mañana de su mandato, la señorita Ophelia se levantó a las cuatro; después de ocuparse de todos los arreglos de su propio cuarto, tal como venía haciendo desde su llegada a la casa, con gran asombro de la camarera, se dispuso a iniciar el asalto de los armarios y despensas de la casa, cuyas llaves obraban en su poder.
La despensa, el armario de la ropa blanca, la alacena de la porcelana, la cocina y la bodega se sometieron todos a una formidable revista aquel día. Tantas cosas ocultas en la oscuridad vieron la luz que se alarmaron todos los principales y dignatarios de la cocina y el cuerpo de casa y provocaron muchos comentarios y murmullos entre los dirigentes domésticos sobre «estas damas del Norte».
La vieja Dinah, cocinera jefe y mandataria principal del departamento de la cocina, montó en cólera por lo que consideraba una invasión de sus privilegios. Ningún barón feudal de los tiempos de la Magna Carta hubiera podido sentirse más ofendido por las incursiones de la corona.
Dinah era un personaje por derecho propio, y sería injusto para con el lector no hacerle un pequeño retrato de ella. Era una cocinera nata, tanto como la tía Chloe, ya que la cocina es un don indígena de la raza africana; pero Chloe era una cocinera formada y metódica, que se regía por un orden bastante estricto, mientras que Dinah era un genio autodidacta y, como todos los genios, era absolutamente testaruda, tajante y caprichosa.
Como cierta clase de filósofo moderno, Dinah despreciaba la lógica y la razón bajo todas sus formas y se refugiaba siempre en una seguridad intuitiva, en la que se encontraba totalmente inexpugnable. Ningún talento, autoridad o explicación podía hacerle creer que otra manera de hacer era mejor que la suya, o que su forma de proceder en cualquier asunto podía modificarse lo más mínimo. Esto era algo que había consentido su antigua ama, la madre de Marie; y a «la señorita Marie», como Dinah llamaba siempre a su joven ama, incluso después de casada, le resultaba más fácil ceder que luchar, por lo que Dinah era la reina absoluta. Esto era más fácil puesto que era maestra en el arte diplomático que une el servilismo más exagerado con la inflexibilidad más extrema.
Dinah era experta en el arte y la cábala de hacer excusas en todas sus ramas. De hecho, para ella era un axioma que la cocinera nunca se equivoca, y una cocinera en una cocina del Sur encuentra muchas cabezas y hombros sobre los que echar todas las culpas y pecados con el fin de mantenerse inmaculada ella misma. Si alguna parte de la comida era un fracaso, había cincuenta motivos indisputables y era la culpa de cincuenta personas, a las que Dinah regañaba con un celo inmisericorde.
Pero pocas veces había algún fallo en los resultados finales de Dinah. Aunque su forma de hacer las cosas era indirecta y tortuosa, sin cálculos temporales o espaciales, y aunque la cocina siempre tenía aspecto de que había pasado un huracán y tenía tantos lugares para guardar sus utensilios de cocina como días había en el año, sin embargo, si se tenía la paciencia de dejarla tomar su tiempo, servía una comida perfectamente organizada y tan bien preparada que ni un epicúreo le pondría pegas.
Era casi la hora de preparar el almuerzo. Dinah, que requería largos intervalos de reflexión y descanso y procuraba sentirse a sus anchas en todo momento, estaba sentada en el suelo de la cocina fumando una pipa corta y gorda a la que era muy aficionada y que siempre encendía, a modo de incensario, cuando sentía la necesidad de inspiración en sus quehaceres. Era su forma de invocar las musas domésticas.
Sentados a su alrededor se hallaban varios miembros de la raza ascendente que abunda en una casa sureña, ocupados en desgranar guisantes, pelar patatas, desplumar aves y otros menesteres preparativos. De vez en cuando Dinah interrumpía sus meditaciones para dar un codazo o un golpe en la cabeza con una cuchara de palo que tenía junto a ella a algunos de los trabajadores jóvenes. De hecho, Dinah dirigía las cabezas lanudas de los miembros más jóvenes con mano férrea y parecía creer que la única razón de la existencia de éstos era «ahorrarle pasos» a ella, según decía. Era el espíritu del sistema bajo el que se había criado ella, y lo cultivaba hasta sus últimas consecuencias.
La señorita Ophelia, tras ejecutar su recorrido reformativo a las demás dependencias del establecimiento, entró finalmente en la cocina. Dinah se había enterado por diferentes fuentes de lo que ocurría y estaba decidida a mantenerse en terreno defensivo y conservador y mentalmente preparada a oponerse o hacer caso omiso de cada nueva norma sin que mediara ninguna disputa visible entre ellas.
La cocina era una habitación grande con suelo de ladrillo y un gran hogar anticuado que se extendía por toda una pared, aparato que St. Clare había intentado en vano persuadir a Dinah que sustituyera por una cocina moderna. Ella no quiso ni hablar del asunto. Ningún conservador, seguidor de Pusey [30] o de cualquier otro, estaba más apegado a las incomodidades del pasado que Dinah.
Cuando St. Clare regresó del Norte la primera vez, aún impresionado por la eficiencia y orden de la cocina de su tío, dotó generosamente la suya de una serie de armarios, cajones y diferentes aparatos que indujeran a la organización sistemática, bajo la ilusión optimista de que podría facilitarle el trabajo a Dinah. Más le hubiera valido instalarlos para una ardilla o una urraca. Cuantos más armarios y cajones había, más escondrijos buscaba Dinah para ocultar trapos, peines, zapatos viejos, cintas de pelo, ajadas flores artificiales y otros artículos de vertu [31]que le deleitaban.
Cuando la señorita Ophelia penetró en la cocina, Dinah no se levantó sino que continuó fumando tranquilamente, siguiendo los movimientos de aquélla de reojo mientras aparentemente vigilaba los trabajos que realizaban a su alrededor.
La señorita Ophelia empezó abriendo unos cajones.
– ¿.Para qué sirve este cajón, Dinah? -preguntó.
– Sirve para casi todo, señora -dijo Dinah. Y así lo parecía. De entre la variedad de objetos que contenía, la señorita Ophelia sacó primero un bello mantel de damasco, manchado de sangre por haber sido utilizado aparentemente para envolver carne cruda.
– ¿Qué es esto, Dinah? ¿No envolverás la carne con los mejores manteles de tu ama?
– ¡Caramba, no, señora! Es que no había toallas, por eso lo usé. Pensaba lavarlo y por eso lo puse allí.
«¡Inepta!», dijo la señorita Ophelia para sí, mientras volcaba el cajón, donde encontró un rallador junto con dos o tres nueces moscadas, un himnario metodista, un par de pañuelos de madrás sucios, lana y una labor de calceta, un paquete de tabaco y una pipa, unos cuantos triquitraques, un par de platillos dorados con restos de pomada, un viejo zapato gastado, un retal de franela cuidadosamente doblado, que contenía unas cebollas pequeñas y blancas, varias servilletas de damasco, algunas burdas toallas de cutí, cuerda, agujas de zurcir y varios papeles rotos, de los que habían caído al cajón diferentes hierbas aromáticas.
[30] Edward Bouverie Pusey (1800-1882), participante en el Movimiento de Oxford y defensor de la ortodoxia de la religión revelada.
[31] Obras de arte (en francés en el original).