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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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– Pues que el señor St. Clare es muy descarado.

– Por mi honor -dijo Adolph-, que decida por sí misma la señorita Rosa.

– Sé que es un hombre muy atrevido-dijo Rosa, haciendo equilibrios sobre uno de sus diminutos pies y mirando maliciosa a Adolph-. A mí siempre consigue enojarme.

– ¡Ay, señoras, señoras, me van a romper el corazón! -dijo Adolph-. Me encontrarán muerto en la cama alguna mañana y ustedes serán las responsables.

– ¡Escuchad cómo habla el tipo repugnante! -dijeron ambas damas, riéndose sin moderación.

– ¡Vamos, fuera de ahí, vosotras! No aguanto que estéis ahí llenándome la cocina -dijo Dinah-, metiéndoos bajo mis pies, y haciendo el tonto.

– La tía Dinah está triste porque no puede ir al baile -dijo Rosa.

– No quiero tener nada que ver con los bailes de los negros blancos -dijo Dinah-, presumiendo y fingiendo que sois blancos. Después de todo, sois negros, exactamente igual que yo.

– La tía Dinah se llena la lana de brillantina todos los días para quitarle los rizos -dijo Jane.

Y sigue siendo lana, a pesar de todo -dijo Rosa, agitando maliciosamente su larga melena de rizos sedosos.

– Bueno, a los ojos de Dios, la lana vale tanto como el cabello, ¿no es verdad? -dijo Dinah-. Me gustaría que la señora nos dijese quién vale más, si un par como vosotras o una como yo. ¡Fuera de aquí, impostoras; no os quiero aquí!

En este punto se interrumpió la conversación por dos causas. Se oyó la voz de St. Clare en lo alto de la escalera preguntando a Adolph si iba a tardar hasta la noche en llevarle el agua para el afeitado; y la señorita Ophelia dijo, al salir del comedor:

Jane y Rosa, ¿por qué perdéis el tiempo? Id a ocuparos de vuestra costura.

Nuestro amigo Tom, que se encontraba en la cocina durante la conversación con la mujer de los bizcochos, la había seguido cuando salió a la calle. La vio avanzar, soltando de vez en cuando un gemido reprimido. Por fin dejó su cesta en un portal para arreglarse el viejo y descolorido chal que le cubría los hombros.

Yo te llevo la cesta un trecho -dijo Tom compasivamente.

– ¿Por qué motivo? -preguntó la mujer-. No necesito ayuda.

– Pareces estar enferma o preocupada o algo -dijo Tom.

– No estoy enferma -contestó la mujer escuetamente.

– Quisiera -dijo Tom, mirándola muy serio-, quisiera poder persuadirte de que dejaras de beber. ¿No sabes que va a ser tu perdición, del cuerpo y del alma?

– Sé que iré al infierno -Mijo la mujer ásperamente-. No hace falta que me lo digas. Soy fea, soy mala y me iré directamente al infierno. ¡Ay, Señor, ojalá ya estuviera allí!

Tom tembló ante las terribles palabras, dichas con una seriedad hosca y apasionada.

– ¡Que Dios tenga piedad de ti, pobre criatura! ¿No has oído hablar de Jesucristo?

– ¿Jesucristo? ¿Quién es?

– ¡Pues es el Señor!-dijo Tom.

– Creo que he oído hablar del Señor, y del juicio y del infierno. He oído hablar de todo eso.

– ¿Pero nadie te ha hablado del Señor Jesús, que amaba a los pobres pecadores y murió por nosotros?

– No sé nada de eso -dijo la mujer-; nadie me ha amado a mí, desde que se murió mi viejo.

– ¿Dónde te criaste? -preguntó Tom.

Allá en Kentucky. Un hombre me dedicó a criar niños para el mercado y los vendía en cuanto tenían el tamaño suficiente; al final me vendió a mí a un especulador, y mi amo me compró a éste.

– ¿Cómo empezaste a beber de esta forma?

– Para acabar con mis desgracias. Tuve un hijo después de venir aquí, y creía que iba a poder quedarme con uno para criarlo, pues el amo no era especulador. ¡Era una cosita lindísima! Y parecía que le gustaba al ama al principio; no lloraba nunca, era guapo y gordo. Pero el ama enfermó y yo la cuidaba; y luego yo cogí las fiebres, y perdí la leche y mi niño se quedó en los huesos pero el ama no quiso comprarle leche. No me escuchaba cuando le decía que no tenía leche. Dijo que sabía que yo podía criarlo con lo que comen los demás; y el niño se consumió y lloraba y lloraba y lloraba, día y noche, y no era más que un montón de huesos, y el ama le tomó ojeriza y decía que era por mal humor. Quisiera verlo muerto, decía, y no dejaba que me lo quedara por las noches porque decía que no me dejaba dormir y que luego yo no servía para nada. Me hacía dormir en su habitación y tuve que poner al niño en una especie de buhardilla y allí murió llorando, una noche. Así fue; y yo empecé a beber para no oírlo llorar. ¡Bebía y beberé! ¡Beberé aunque vaya al infierno por ello! ¡El amo dice que iré al infierno y yo le digo que ya estoy allí!

– ¡Ay, pobrecita! -dijo Tom-. ¿Y nadie te ha dicho que el Señor jesús te ama y que murió por ti? ¿No te han dicho que Él te ayudará y que puedes ir al Cielo y descansar por

– ¡Ya lo creo que iré al Cielo! -dijo la mujer-. ¿No es allí donde van los blancos? ¿Crees tú que ellos me querrán tener allí? Prefiero ir al infierno y escaparme de los amos. Ya lo creo -dijo, y con su gemido habitual, cargó la cesta en la cabeza y se alejó hoscamente.

Tom se volvió y caminó de vuelta hacia la casa. En el patio se encontró con la pequeña Eva, con una corona de nardos en la cabeza y los ojos radiantes de alegría.

– ¡Oh, Tom, estás ahí! Me alegro de encontrarte. Papá dice que puedes sacar los caballos para llevarme de paseo en mi nuevo carruaje -dijo, cogiéndole de la mano-. ¿Pero qué te pasa, Tom? Pareces muy serio.

– Me siento mal, señorita Eva -dijo Tom con tristeza-. Pero le sacaré los caballitos.

– Pero dime qué ocurre, Tom. Te he visto hablar con la vieja y arisca Prue.

Tom le contó a Eva la historia de la mujer con palabras sencillas y serias. Ésta no lloró ni hizo comentarios ni preguntas, como hacen los demás niños. Se le empalideció el rostro y una oscura sombra cruzó por sus ojos. Puso las dos manos sobre el pecho y suspiró profundamente.

CAPÍTULO XIX

MÁS EXPERIENCIAS Y OPINIONES DE LA SEÑORITA OPHELIA

– Tom, no hace falta que me prepares los caballos. No quiero salir -dijo ella.

– ¿Por qué no, señorita Eva?

– Estas cosas me traspasan el corazón, Tom -dijo Eva-; me traspasan el corazón -repitió muy seria-. No quiero salir y le dio la espalda a Tom y entró en la casa.

Unos días más tarde, fue otra mujer para llevar los bizcochos en lugar de la vieja Prue; la señorita Ophelia se encontraba en la cocina.

– ¡Señor! -dijo Dmah-. ¿Qué le pasa a Prue?

– Prue no vendrá más -dijo la mujer misteriosamente.

– ¿.Por qué no? -preguntó Dinah-. No estará muerta, ¿verdad?

– No lo sabemos exactamente. Está abajo en la bodega -dijo la mujer, mirando a la señorita Ophelia.

Después de que la señorita Ophelia hubo cogido los bizcochos, Dinah siguió a la mujer hasta la puerta.

– Dime, ¿qué le pasa a Prue?

La mujer parecía deseosa de hablar y reacia al mismo tiempo, y le contestó con un tono bajo y misterioso.

– Bueno, no se lo digas a nadie pero Prue se emborrachó de nuevo y la llevaron abajo a la bodega; la dejaron todo el día allí, y les oí decir que se habían apoderado de ella las moscas… y que estámuerta.

Dinah alzó las manos y, al girarse, vio la forma espectral de Evangeline junto a ella, los grandes ojos místicos dilatados por el espanto y sin una gota de sangre en los labios o las mejillas.

– ¡El Señor nos ampare, la señorita Eva va a desmayarse! ¿Qué estaríamos pensando para dejar que nos oyese hablar de tales cosas? Su padre se pondrá furioso.

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