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Электронная книга - «La Importancia De Vivir». Краткое содержание книги:

En las páginas que siguen presento el punto de vista chino, porque no puedo remediarlo. Sólo me interesa presentar un criterio de la vida y de las cosas como lo han visto los mejores espíritus chinos, y como lo han expresado en su sabiduría popular y en su literatura. La importancia de vivir condensa una filosofía risueña y tolerante que, en su trasplante de la China milenaria al campo cultural occidental, procura maravillosos estímulos en el arte de vivir.- La importancia de vivir, en tanto compendio de la filosofía que propone Lin Yutang, desentraña el sentido de la vida y nos permite comprender cuánto podemos obtener del medio en el que nos desenvolvemos, cualesquiera que fuesen nuestras circunstancias. Si sabemos armonizar nuestros instintos e impulsos, nos dice el autor, podemos hacer que el cielo y tierra se entiendan dentro de nosotros y obtener de la vida frutos insospechados. Se trata de una filosofía risueña y tolerante que, en su transplante de la China milenaria al campo cultural occidental, adquiere nueva lozanía y procura maravillosos estímulos en el arte de vivir
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Un fumador puede tener las uñas más sucias, pero esto no importa cuando su corazón es cálido; y de cualquier manera, un estilo de conversación contemplativo, pensativo, benevolente y llano es algo tan raro que uno está dispuesto a pagar alto precio por gozarlo. Y, lo más importante, un hombre que tiene una pipa en la boca es siempre feliz y, al fin y al cabo, la felicidad es la más grande de las virtudes morales. Maggin dice que "ningún fumador de cigarros se ha suicidado jamás", y es aun más cierto que ningún fumador de pipa disputa jamás con su esposa. La razón es perfectamente clara: no se puede tener una pipa entre los dientes y gritar a la vez a todo lo que da la voz. Jamás se ha visto a nadie hacer tal cosa. Porque uno habla naturalmente en voz baja cuando fuma en pipa. Lo que ocurre cuando un marido fumador se enoja, es que enciende inmediatamente un cigarrillo o una pipa y queda malhumorado. Pero no le durará mucho. Porque su emoción ha encontrado ya un escape, y aunque quiera seguir pareciendo enojado a fin de justificar su indignación o su idea de haber sido insultado, no puede hacerlo, porque el suave humo de la pipa es demasiado agradable y calmante, y al dejar escapar el humo también parece que deja salir, aliento tras aliento, su furor almacenado. Por eso, cuando una esposa que es prudente ve que su marido está por ser dominado por la rabia, debe ponerle suavemente una pipa en la boca y decirle: "¡Vamos! No te acuerdes más". Esta fórmula siempre da resultado. Una esposa puede fallar, pero una pipa nunca.

El valor artístico y literario de fumar puede ser apreciado mejor solamente cuando imaginamos lo que pierde un fumador al dejar de fumar por un breve período. Todo fumador, en algún momento alocado, ha intentado abjurar de su lealtad a la Señora Nicotina, y después de cierta lucha con su imaginaria conciencia, ha recobrado los sentidos. Una vez cometí la tontería de dejar de fumar durante tres semanas, pero al fin de ese período mi conciencia me instó irresistiblemente a que tomara otra vez el buen camino. Juré que jamás reincidiría, que seguiría siendo un devoto de su altar hasta mi segunda niñez, en que puede concebirse que seré presa de algunas señoras de la Sociedad de Templanza. Cuando llega esa desgraciada ancianidad, es claro, ya no es uno responsable de sus acciones. Pero en tanto me quede cierta fuerza de voluntad y sentido moral, no lo intentaré de nuevo. Como si no hubiera visto la tontería de una cosa así, la absoluta inmoralidad de tratar de negarse la fuerza espiritual y el sentido de bienestar moral que da este útil invento. Porque, según Haldane, el gran bioquímico inglés, fumar se cuenta como uno de los cuatro inventos en la historia de la humanidad que han dejado una honda influencia biológica en la cultura humana.

La historia de esas tres semanas en que hice el juego del cobarde ante mi mejor yo, y me negué voluntariamente algo que sabía era de gran fuerza de elevación del alma, es por cierto una historia vergonzosa. Ahora que puedo recordarlo en una forma desaprensiva y racional, me resulta imposible comprender cómo duró tanto ese ataque de irresponsabilidad moral. Si fuera a detallar mi odisea espiritual de día y de noche durante esas tres semanas, a la manera de Joyce, estoy seguro de que podría llenar tres mil buenas líneas homéricas en verso, o ciento cincuenta páginas de prieta impresión en prosa. Es claro que, para empezar, era ridículo el objeto. ¿Por qué, en nombre de la raza humana y del universo, no ha de fumar uno? No puedo responder ahora. Pero ocurren al hombre a veces estos ataques de irresponsabilidad, supongo yo, cuando desea hacer algo contra la corriente tan sólo por el placer de vencer una resistencia, y en esta forma emplea un momentáneo exceso de energía moral. Fuera de ello, no puedo explicar mi repentina e impía resolución de dejar de fumar. En otras palabras, me sometí a una prueba moral, muy a la manera de esa gente que se dedica a la gimnasia sueca, o sea el movimiento por el movimiento mismo, sin cumplir un trabajo útil para la sociedad. Fue, aparentemente, esta especie de lujo moral el que yo me di, y eso fue todo.

Es claro que en los tres primeros días tuve una extraña sensación de acoquinamiento en algún sitio del canal digestivo, especialmente en la parte superior. Para aliviar esa extraña sensación tomé goma de mascar de menta doble, buen té de Fukien, y pastillas de lima. Vencí y maté a esa sensación en tres días, exactamente. Esa fue la parte física de la batalla, y por lo tanto la más fácil y, a mi juicio, la más despreciable. La gente que cree que en eso reside toda la impía lucha contra el tabaco, no tiene idea de lo que dice. Olvida que fumar es un acto espiritual, y quienes no tienen una idea de la significación espiritual de fumar no deben meterse jamás en estas cosas. Al cabo de tres días llegué a la segunda etapa, en la cual comenzó la verdadera batalla espiritual. Se me cayó la venda de los ojos y vi que había dos razas de fumadores, una de las cuales no merece siquiera el nombre. Para estas gentes, la segunda etapa no ha existido jamás. Comencé a comprender por qué oímos hablar de "fáciles conversiones" de muchos fumadores que parecen haber abandonado el tabaco sin lucha alguna. El hecho de que han podido detener ese hábito tan fácilmente como si se tratara de tirar un cepillo de dientes gastado, demuestra que nunca aprendieron a fumar de verdad. Se les atribuye una "gran fuerza de voluntad", y lo cierto es que estas personas nunca son verdaderos fumadores, y jamás lo han sido en su vida. Para ellos, fumar es un acto físico, como lavarse la cara y los dientes todas las mañanas: una costumbre física, animal, sin ninguna cualidad que satisfaga al alma. Dudo que esta raza de gente común sea capaz de entonar el alma en extática respuesta al Skylark de Shelley o al Nocturno de Chopin. Estas gentes no pierden nada si dejan de fumar. Es probable que sean más felices leyendo las Fábulas de Esopo con sus esposas, que pertenecen a la Sociedad de Templanza.

Pero para nosotros, los verdaderos fumadores, existe un problema del que no tienen siquiera sospecha las señoras de la Sociedad de Templanza o sus maridos lectores de Esopo. Para nosotros, como en mi caso, pronto se hace aparente la injusticia que cometemos con nosotros mismos, y la insensatez de la resolución. En mí, el buen sentido y la razón pronto empezaron a rebelarse y a preguntar: ¿por qué razón, social, política, moral, fisiológica o financiera, ha de emplear uno conscientemente la fuerza de voluntad para impedirse el logro del completo bienestar espiritual, de esa condición de percepciones agudas, imaginativas, y de plena y vibrante energía creadora, una condición necesaria para que gocemos perfectamente de la conversación con un amigo a la vera del fuego, o para crear verdadero calor en la lectura de un libro antiguo, o para producir esa perfecta cadencia de palabras y pensamientos del alma que conocemos como buena literatura? En esos momentos, uno siente instintivamente que buscar un cigarrillo es la única cosa moralmente justa que se puede hacer, y que meterse un trozo de goma de mascar en la boca sería criminalmente perverso. De esos momentos, sólo unos pocos puedo relatar aquí.

Mi amigo B… había llegado de Peiping para visitarme. No nos habíamos visto durante tres años. En Peiping, que entonces se llamaba Pekín, solíamos charlar y fumar durante toda la noche, discutiendo de política y filosofía y arte moderno. Y ahora había llegado junto a mí y nos dedicábamos a la fascinadora tarea de reunir reminiscencias. Discutimos todo el grupo de profesores, poetas y chiflados que solíamos tratar en Peiping. A cada frase feliz yo buscaba mentalmente un cigarro, pero en lugar de hacerlo me inhibía y sólo me levantaba y me volvía a sentar. Mi amigo, en cambio, parloteaba entre el humo de su cigarro, con perfecto contento. Le había dicho que había dejado de fumar, y tenía suficiente amor propio como para no renunciar a mi renuncia en su presencia. Pero en lo hondo de mi corazón sabía que yo no estaba bien, y que me obligaba injustamente a parecer frío y racional, cuando deseaba compartir la plena comunión de las dos almas con una rendición completa de las emociones. La conversación siguió, algo unilateral, pues sólo la mitad de mi yo estaba allí, y por fin se fue mi amigo. Yo había resistido con cierta tristeza. Según esa ficción de "la fuerza de voluntad" había "vencido", pero sólo sabía que era desgraciado. Unos pocos días más tarde, mi amigo, ya en viaje, me escribió que no había encontrado en mí al viejo yo, vibrante, extático, y sugería que quizá hubiera algo de culpa en vivir en Shanghai. Hasta hoy, no me he perdonado por no fumar aquella noche.

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