Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » La Sombra De La Guillotina
La Sombra De La Guillotina - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
1 ... 57 58 59 60 61 62 63 64 65 ... 224
Перейти на страницу:

Fréron -viejo amigo de la familia- había asistido al espectacular cambio que había experimentado Lucile. De una muchacha tímida y discreta se había transformado en una espléndida joven, con una boca sensual, llena de términos políticos, y una mirada cautivadora. Debe de ser estupenda en la cama, pensó Fréron, que estaba casado con una mujer insignificante que no encajaba en sus futuros planes. Todo es posible en estos tiempos, pensó Fréron. Desgraciadamente, Lucile había adoptado la ridícula costumbre de llamarlo «Conejo».

Camille apenas dormía; no tenía tiempo. Cuando conseguía dormir, tenía unos sueños agotadores. Soñaba, ínter alia, que todo el mundo había acudido a una fiesta. Los distintos escenarios eran la Place de Grève, el salón de Annette y el Salón de los Pequeños Placeres. Todos estaban presentes. Angélique Charpentier charlaba con Hérault de Séchelles sobre los rumores que circulaban respecto a él. Sophie, una muchacha de Guise con la que se había acostado cuando tenía dieciséis años, se lo contaba todo a Laclos; Laclos tomaba notas en su cuaderno mientras maître Perrin, que estaba junto a él, le exigía a voces que le prestara atención. El sonriente diputado Pétion se paseaba agarrado del brazo del difunto gobernador de la Bastilla, De Launay, a quien le faltaba la cabeza. Su viejo compañero de escuela, Louis Suleau, discutía en la calle con Anne Théroigne. Fabre y Robespierre jugaban a un juego de niños; cada vez que dejaban de hablar, se quedaban inmóviles como estatuas.

A Camille no le inquietaban esos sueños pues salía todas las noches a cenar. Sabía que contenían cierto grado de verdad; todas las personas que poblaban su vida se habían juntado.

– ¿Qué opinas de Robespierre? -preguntó un día a D’Anton.

– ¿El pequeño Max? Es un tipo estupendo.

– No debes decir eso. Es muy susceptible en lo tocante a su estatura. Al menos lo era cuando íbamos a la escuela.

– Está bien -contestó D’Anton-, dejémoslo en que es un tipo estupendo. No he tenido tiempo de ocuparme de las pequeñas vanidades de la gente.

– Y luego me acusas de no tener tacto…

– ¿Pretendes discutir conmigo?

Camille no consiguió averiguar lo que D’Anton opinaba sobre Robespierre.

– ¿Qué opinas de D’Anton? -le preguntó a Robespierre.

Robespierre se quitó las gafas y limpió los cristales mientras reflexionaba.

– Es muy agradable -dijo al cabo de una larga pausa.

– ¿Eso es todo? No me contestes con evasivas. Uno no opina simplemente que una persona es agradable.

– Te equivocas, Camille -respondió Robespierre suavemente.

De modo que tampoco llegó a averiguar qué opinaba Robespierre sobre D’Anton.

El ex ministro Foulon había comentado en cierta ocasión, durante una hambruna, que si la gente tenía hambre podía comer hierba. Al menos eso se decía. Ese fue el motivo por el que el 22 de julio se encontraba en la Place de Grève ante un grupo de gente.

Estaba custodiado por unos guardias, pero daba la impresión de que el pequeño pero feroz grupo de gente que lo rodeaba estaba dispuesto a despedazarlo.

En eso apareció Lafayette y habló con ellos. Dijo que no deseaba interponerse en el camino de la justicia popular, pero creía que al menos debían juzgar a Foulon.

– ¿De qué sirve juzgar a un hombre que ha sido condenado durante los últimos treinta años? -replicó una voz.

Foulon era viejo; hacía muchos años que había pronunciado la célebre frasecita. Para escapar a una muerte segura, había permanecido oculto y había difundido el rumor de que había muerto. Se decía que habían celebrado un funeral con un ataúd lleno de piedras. Descubierto y arrestado, en estos momentos miraba al general con aire de súplica. En las estrechas callejuelas que rodeaban el Ayuntamiento sonaban las pisadas de una nutrida multitud.

– Vienen hacia aquí -informó un ayudante al general-. Desde el Palais-Royal y desde Saint-Antoine.

– Lo sé -respondió el general-. ¿Cuántos son?

Era imposible calcularlo. Eran demasiados. El general dirigió a Foulon una mirada de lástima. No disponía de fuerzas; si las autoridades municipales querían proteger a Foulon tendrían que hacerlo ellas mismas. Lafayette miró a su ayudante y se encogió de hombros.

Arrojaron manojos de hierba a Foulon y también se la metieron en la boca, instándole a que se la comiera. Luego lo arrastraron por la Place de Grève y lo colgaron del saliente de hierro de la Lanterne. Durante unos instantes el anciano quedó suspendido de la cuerda, que se rompió y el pobre hombre cayó entre la multitud. Tras golpearlo brutalmente, volvieron a suspenderlo de la cuerda, que se rompió de nuevo. La multitud sujetó al anciano con cuidado, para no asestarle el golpe de gracia, y lo colgaron otra vez. La cuerda resistió. Cuando Foulon estaba muerto, o casi, le cortaron la cabeza y la clavaron en una pica.

Al mismo tiempo, el yerno de Foulon, Berthier, el intendente de París, había sido arrestado en Compiègne y trasladado al Ayuntamiento, con los ojos vidriosos y aterrorizado. Al llegar lo introdujeron en el edificio mientras la multitud le arrojaba mendrugos de pan negro. Al poco rato lo sacaron de nuevo para trasladarlo a la prisión de Abbaye; poco después murió, estrangulado o de un tiro en la cabeza. Y quizá no estuviera muerto todavía cuando alguien empezó a rebanarle el cuello con una espada. Acto seguido clavaron su cabeza en una pica. Cuando se encontraron las dos macabras procesiones, la multitud empezó a gritar: «¡Besa a papá!» Luego abrieron a Berthier en canal, le arrancaron el corazón, lo clavaron en una espada y lo trasladaron al Ayuntamiento, donde lo arrojaron sobre la mesa de Bailly. Al alcalde estuvo a punto de darle un ataque. Por último llevaron el corazón al Palais-Royal, lo estrujaron hasta llenar una copa con sangre y la gente la bebió, mientras cantaba:

Una fiesta no es una fiesta

si no pones en ella el corazón.

La noticia de los linchamientos en París causó gran consternación en Versalles, donde se hallaba reunida la Asamblea para debatir sobre los derechos humanos. Los diputados se sentían conmocionados, indignados. ¿Dónde estaba la milicia mientras se producían esos hechos? Todo el mundo pensaba que Foulon y su yerno habían especulado con el grano, pero los diputados, que se movían entre el Salón de los Pequeños Placeres y las despensas de sus viviendas, habían perdido contacto con lo que suele llamarse sentimiento popular. Irritado ante semejante alarde de hipocresía, el diputado Barnave les espetó:

– ¿Acaso era tan pura esa sangre que ha sido derramada?

Sus compañeros protestaron ante ese ataque y reanudaron el debate. Estaban decididos a redactar una «Declaración sobre los derechos del hombre». Algunos murmuraron que la Asamblea debía redactar primero la constitución, puesto que los derechos existen en virtud de las leyes; pero la jurisprudencia es un tema muy aburrido, y la libertad, en cambio, muy emocionante…

La noche del 4 de agosto, deja de existir el sistema feudal en Francia. El vizconde de Noailles se levanta y, con voz trémula por la emoción, se desprende de cuanto posee, lo cual, dicho sea de paso, no es gran cosa. La Asamblea Nacional se pone en pie en una orgía de magnanimidad: se desprenden de siervos, leyes de caza, diezmos y cortes señoriales, mientras por sus mejillas ruedan lágrimas de felicidad. Un miembro pasa una nota al presidente: «Cierra la sesión, han perdido el control». Pero nadie, ni la mano divina, puede frenarlos; todos rivalizan para demostrar quién es el más patriótico y generoso. A la semana siguiente, tratarán de dar marcha atrás, pero será demasiado tarde. Entretanto, Camille se pasea por Versalles dejando un rastro de pelotas de papel arrugado, generando en el profundo silencio de las noches estivales la prosa que ya no desprecia:

1 ... 57 58 59 60 61 62 63 64 65 ... 224
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)