La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– No es difícil contar los muertos -respondió el oficial-. Sólo había siete personas.
No obstante, D’Anton insistió:
– ¿Y los efectos de los prisioneros? He oído hablar de una mesa de billar que instalaron allí hace veinte años.
Los hombres se echaron a reír. El oficial lo miró perplejo.
– Ve a buscar a Lafayette -le ordenó D’Anton.
Jules Paré sonrió en la oscuridad. Las luces iluminaban la Place de Grève. Soulès dirigió la mirada hacia la Lanterne, un lugar donde, pocas horas antes, la cabeza del marqués De Launay había rodado sobre los adoquines como si se tratara de una calabaza.
– Le recomiendo que rece, señor Soulès -dijo D’Anton amablemente.
Había amanecido cuando apareció Lafayette. D’Anton observó que iba impecablemente vestido y afeitado, pero tenía las mejillas encendidas.
– ¿Sabe usted qué hora es?
– Las cinco -respondió D’Anton-. Siempre supuse que los soldados estaban dispuestos a levantarse a cualquier hora de la noche.
Lafayette se volvió un instante, con los puños crispados, y alzó la mirada al cielo. Luego se volvió de nuevo hacia D’Anton y dijo amablemente:
– Lo siento. No debí decir eso. Es usted el capitán D’Anton, ¿no es cierto? Pertenece a los cordeliers.
– Y un gran admirador suyo, general -respondió D’Anton.
– Muchas gracias. -Lafayette observó a su nuevo subordinado, un hombre gigantesco con el rostro cubierto de cicatrices-. No estoy seguro de que fuera necesario traerme aquí, pero supongo que hace usted lo que puede…
– En efecto, hago lo que puedo -respondió D’Anton.
Durante unos instantes el general lo miró con recelo. ¿Se trataría de alguna broma?
– Éste es el señor Soulès, al cual he concedido plena autoridad. Por supuesto, le entregaré un nuevo documento. ¿Satisfecho?
– Sí -contestó el capitán-. Aunque me habría bastado su palabra, general.
– Si ha terminado, capitán D’Anton, regresaré a mi casa.
El capitán no percibió la ironía en sus palabras.
– Buenas noches -dijo.
Lafayette dio media vuelta, sin saber si despedirse con el saludo militar o no.
D’Anton condujo a su patrulla de nuevo al río. Gabrielle le aguardaba en casa.
– ¿Por qué lo hiciste?
– Para demostrar que tengo iniciativa.
– Lafayette se habrá enojado contigo.
– A eso me refiero.
– Ése es el tipo de jueguecitos que le gusta a la gente -dijo Paré-. Creo que te nombrarán capitán de la milicia, D’Anton. También creo que te elegirán presidente del distrito. Todo el mundo te conocerá.
– Lafayette ya me conoce -respondió D’Anton.
Ultimas noticias de Versalles: el Rey ha llamado de nuevo al señor Necker. El señor Bailly ha sido nombrado alcalde de París. Momoro ha permanecido toda la noche en vela para imprimir el panfleto de Camille. Han comenzado a demoler la Bastilla. La gente se lleva las piedras, como recuerdo.
Comienza la emigración. El príncipe de Condé abandona el país precipitadamente, dejando atrás numerosas facturas sin pagar. Artois, el hermano del Rey, se marcha, al igual que las Polignac, las favoritas de la Reina.
El 17 de julio, el alcalde Bailly parte de Versalles en un coche cubierto de flores, llega al Ayuntamiento a las diez de la mañana y parte de nuevo apresuradamente, acompañado de un grupo de dignatarios, para reunirse con el Rey. Al llegar a la bomba de incendios de Chaillot, el alcalde, unos electores y los guardias se encuentran con trescientos diputados y la comitiva real.
– Señor -dice el alcalde Bailly, ofreciendo al Monarca las llaves de la ciudad sobre una bandeja de plata-, tengo el honor de entregar a Vuestra Majestad las llaves de la ciudad de París. Son las mismas que le fueron ofrecidas a Enrique IV. El Rey había reconquistado a su pueblo, y en esta ocasión el pueblo ha reconquistado a su Rey.
Suena poco delicado, pero el alcalde lo ha dicho de buena fe. Los presentes aplauden espontáneamente. A lo largo de la ruta están apostados numerosos milicianos. El marqués de Lafayette camina delante del carruaje del Rey. Suenan unas salvas. Su Majestad se apea del coche y acepta de manos del alcalde Bailly la nueva roseta tricolor. El color blanco de la monarquía ha sido añadido al rojo y al azul. Prende la roseta en su sombrero y el público lo aclama y vitorea. (El Rey ha hecho testamento antes de partir de Versalles.) Luego sube por la escalinata del Ayuntamiento, bajo un arco formado por espadas. La delirante multitud intenta acercarse a él para tocarlo, para comprobar si es de carne y hueso.
– ¡Viva el Rey! -gritan. (La Reina temía no volver a verlo con vida.)
– Dejadlos -ordena el Monarca a los soldados-. Creo que sus muestras de afecto hacia mi persona son sinceras.
Las cosas vuelven a la normalidad. Las tiendas abren de nuevo.
Un anciano, demacrado y apoyado en un bastón, con una larga barba canosa, desfila a través de la ciudad saludando a las multitudes que siguen atestando las calles. Es el mayor Whyte -un inglés o irlandés-, y nadie sabe cuánto tiempo ha permanecido encerrado en la Bastilla. Parece halagado por las atenciones que le dispensan, pero cuando le preguntan el motivo de su encarcelación se pone a llorar. A veces no recuerda su nombre. Otras, afirma que es Julio César.
Interrogatorio de Desnot, en julio de 1789, en París
Al preguntarle si había mutilado la cabeza del señor De Launay con un cuchillo, respondió que lo había hecho con su navaja; y cuando alguien observó que era imposible decapitar a alguien con un instrumento tan pequeño y endeble, Desnot respondió que, dada su experiencia como cocinero, sabía cómo manipular la carne.
18 de agosto de 1789
En Astley’s Amphitheatre, Puente de Westminster
(Después de una actuación en la cuerda floja a cargo
del Signior Spinacuta)
Un nuevo y espléndido espectáculo
LA REVOLUCIÓN FRANCESA
Del domingo 12 de julio al miércoles 15 de julio (inclusive)
titulado
LA SUBLEVACIÓN DE PARÍS
una extraordinaria obra basada en
hechos reales
Palcos, 3 chelines; platea, 2 chelines; anfiteatro 1 libra,
Asientos laterales, 6 peniques
Las puertas se abrirán a las cinco y media, y la representación
comenzará a las seis en punto.
Camille se había convertido en persona non grata en la rue Condé. Tenía que recurrir a Stanislas Fréron para que le diera noticias y transmitiera sus sentimientos (y sus cartas) a Lucile.
– Si he comprendido bien la situación -le dijo Fréron-, ella te amaba por tus cualidades espirituales. Porque eras sensible, elevado. Porque -según creía ella- te hallabas en un planeta distinto del resto de los mortales. ¿Y qué ha sucedido? Pues que de pronto resulta que eres un tipo que se pasea por las calles cubierto de lodo y de sangre, incitando a la insurrección y organizando una salvaje matanza.
D’Anton dijo que Fréron «trataba de desbancarlo para ocupar su lugar». Tenía un tono cínico. Citó el comentario que había hecho Voltaire a propósito del padre de Conejo: «Si una serpiente mordiera a Fréron, la serpiente moriría en el acto.»
Lo cierto -aunque Fréron no dijo una palabra sobre ello- era que Lucile estaba más enamorada que nunca de Camille. Claude Duplessis estaba convencido de que si conseguía presentar a su hija al hombre adecuado se curaría de su obsesión. Pero sabía que no sería fácil hallar a un hombre que se interesara en ella; y si lo hallaba, sería ella quien no mostraría el menor interés. Todo lo relacionado con Camille la excitaba: su ausencia de respetabilidad, sus pequeños amaneramientos faux-naïf, su singular intelecto. Pero sobre todo el hecho de que de pronto se había hecho famoso.