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Nadie llora al muerto

Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:

La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?
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Las huellas de los pulgares eran nítidas, una a cada lado de la tráquea. El color violeta estaba pasando a un tono amarillo nada bonito.

Kincaid oyó como Gemma respiraba hondo. Con voz pausada dijo:

– Alastair llegó a casa y le puso las manos en la garganta. Apretó hasta que todo empezó a oscurecer. Entonces, algo lo distrajo y se apartó de usted. Después de todo, él no le tenía miedo. Pero usted sabía entonces que había perdido la razón y temía por su vida. Cogió lo que tenía más a mano y lo golpeó. Había otro martillo a mano en la cocina, ¿verdad, Claire?

»Y cuando se dio cuenta de lo que había hecho se puso el viejo impermeable que cuelga en el vestíbulo y llevó el martillo al final del camino. Percy Bainbridge la vio pasar, una sombra oscura. ¿Dónde puso el martillo, Claire? ¿En las cenizas de la hoguera?

Seguía sin hablar, con la vista fija en las manos. Kincaid prosiguió, con delicadeza:

– No creo que permita que culpen a otro por esto. Ni a Geoff, ni a Brian, ni a David Ogilvie. Lo que no entiendo es por qué no dijo que fue en defensa propia. -Apuntó al cuello-. Tenía una prueba irrefutable.

– No creí que nadie fuera a creerme. -Las palabras de Claire surgieron tan flojas que podría haber estado hablándose a sí misma-. Después de todo, él era policía. No se me ocurrió que tuviera pruebas. -Levantó la cabeza y les sonrió-. Supongo que no pensaba con claridad. Sucedió como dice, sólo que no quise matarlo. Sólo quería que dejara de hacerme daño.

Se desplazó al borde del sofá y su voz empezó a sonar más alto, como si la práctica hiciera que pronunciar las palabras fuera más fácil.

– Pero sí, yo lo maté. Yo maté a Alastair.

Está demasiado tranquila, pensó Kincaid, luego vio que seguía con los puños cerrados sobre el regazo. Sus nudillos estaban blancos de la presión, al igual que las uñas mordidas. Un vicio raro en una mujer tan bien educada, pensó, y entonces comprendió.

La patóloga, Kate Ling, describió los pequeños desgarrones en los hombros de la camisa de Gilbert. Eran desgarrones que Claire no pudo haber hecho. Y Claire no se había estado protegiendo a sí misma con la historia inventada de las joyas robadas y las puertas abiertas.

Tragó para evitar las repentinas náuseas y miró a Gemma. ¿Podía ver ella la verdad? Si sólo él lo supiera… ¿Debería, era capaz de dejar que Claire se saliera con la suya?

Lucy entró por la puerta entreabierta y la cerró con cuidado detrás suyo. Parecía una ninfa de los bosques con su vestido verde, su cabello color miel revuelto por el sueño y los pies descalzos.

– He estado escuchando -dijo cuando se situó al lado de Kincaid, de cara a su madre-. Y no es verdad. Mamá no mató a Alastair, lo hice yo.

– ¡Lucy, no! -Claire empezó a levantarse-. Cállate ahora mismo. Vete a tu habitación.

Gemma la contuvo con la mano y Claire volvió a sentarse en el borde del sofá, mirando a su hija. Lucy seguía implacable de pie junto a Kincaid. Claire se volvió hacia él con las manos extendidas a modo de súplica.

– No le haga caso. Está disgustada, deshecha. Sólo trata de protegerme.

– Ocurrió como ha dicho ella -prosiguió Lucy-. Sólo que yo llegué de Guildford. Me pregunté por qué el coche de Alastair estaba en el garaje si mamá había dicho que llegaría tarde. También me sorprendió que la puerta del vestíbulo no estuviera cerrada.

– No me oyeron entrar. Sus manos estaban alrededor del cuello de mamá, le estaba gritando con una especie de susurro ronco. Su cara estaba roja y tenía las venas del cuello hinchadas. Primero pensé que estaba muerta. Su cuerpo estaba fláccido y la cara tenía un color raro. Grité a Alastair y lo cogí por los hombros, tratando de apartarlo de ella. -Lucy paró y tragó saliva, como si su boca estuviera seca. Pero seguía sin apartar los ojos de los de su madre-. Me dio un manotazo como si fuera una mosca y volvió a estrangularla.

– Yo fui la que había dejado el martillo en la encimera. Había colgado un artículo que Geoff había enmarcado para mí. Lo cogí y lo golpeé. A Alastair. Después del segundo o tercer golpe cayó.

Lucy perdió un poco el equilibrio. Alargó el brazo y colocó los dedos con delicadeza en el hombro de Kincaid, como si el mero contacto humano fuera suficiente para mantener el equilibrio. Su madre la miraba, petrificada, sin poder hacer nada para parar a su hija.

– No recuerdo mucho más. Cuando mamá pudo volver a respirar hizo que me sacara la ropa y las zapatillas de deporte. Metimos todo en la lavadora con otra ropa sucia y un detergente enzimático, ya sabe, el jabón que quita las manchas de sangre. Me dijo que metiera las manos en el agua con detergente también, antes de subir a buscar ropa limpia.

– Cuando volví a bajar el martillo había desaparecido. Mamá me explicó que diríamos que habíamos encontrado la puerta abierta y que habían desaparecido unas joyas. Cuando la lavadora acabó el ciclo pusimos la ropa en la secadora, y luego llamó mamá a la policía.

– Sólo es una niña -dijo Claire mirando a Gemma luego a Kincaid-. No se la puede responsabilizar por esto.

Los dedos de Lucy se tensaron en el hombro de Kincaid.

– Mamá, tengo diecisiete años. Soy legalmente adulta. No creo que quisiera matar a Alastair, pero el hecho es que lo hice.

Claire ocultó la cara en sus manos y sollozó.

Lucy fue hacia su madre y la rodeó con los brazos, pero al hablar miró a Kincaid.

– He intentado no pensar en ello, hacer ver que no había pasado. Pero eso es lo que he hecho todos estos años. Yo sabía lo de Alastair, y mi madre sabía que yo lo sabía, pero nunca hemos hablado de ello. Quizás nada de todo esto habría ocurrido si lo hubiéramos hecho.

– Jefe. -El susurro de Gemma sonó urgente y formal-. Me gustaría hablar un momento contigo. -Apuntó hacia la puerta y dejaron a madre e hija solas mientras se dirigían al hall.

– ¿Cómo vamos a dejar que pague ella? -dijo entre dientes cuando cerraron la puerta del salón detrás de ellos-. Gilbert era una bestia. Ella sólo ha hecho lo que cualquiera podría llegar a hacer en tales circunstancias. Esto va a destrozar su vida. Va a pagar por los errores de Claire.

Kincaid la cogió por los hombros. La amó entonces, por su defensa del más débil, por estar dispuesta a cuestionar el statu quo. Pero no se lo podía decir.

En su lugar, Kincaid dijo:

– Cuando me he dado cuenta de lo que pasó he pensado lo mismo. Pero Lucy tiene razón y además ella nos lo ha quitado de las manos. Hemos de dejar que sea ella quien haga la reparación. Sólo así será capaz de vivir consigo misma.

La soltó y se apoyó exhausto contra la pared.

– No nos podemos poner en una situación comprometida, incluso por Lucy. Juramos respetar y defender la ley, no erigirnos en jueces. No debemos cruzar esa línea, por muy buenas que sean nuestras intenciones. Yo tampoco quiero que Lucy sufra, pero no tenemos otra elección. Debemos presentar cargos contra ella.

17

Kincaid dejó a Gemma con Claire y llevó a Lucy a la comisaría. La joven, que se había puesto tejanos y un suéter y se había despedido brevemente de Lewis, estaba sentada con actitud resuelta en el asiento del pasajero.

– He estado pensando -dijo cuando llegaron a las afueras de Guildford-, que quizás ahora pueda terminar el juego. -Miró a Kincaid y pareció que vacilaba-. Ya sabe -dijo despacio-, si hubiera sido más como él habría sido más fácil seguir fingiendo y no enfrentarme a la realidad. Pero usted me recuerda un poco a mi padre. -Y tras haberle hecho el mejor cumplido de su repertorio, Lucy le asestó el golpe de gracia-. ¿Vendrá a visitarme, dondequiera que esté?

Tras aceptar de buena gana la obligación de cumplir con Lucy, Kincaid la entregó a las capaces manos de Nick Deveney y al abogado de la familia. Dudaba que el jurado fuera a condenarla a algo más que un tirón de orejas. Se conocía que mujeres objeto de abusos habían obtenido la condicional por disparar contra sus maridos dormidos. Era posible incluso que el fiscal de la Corona no presentara cargos. La lucha más dura sería la que entablase consigo misma, pero tendría el apoyo de aquellos que la querían, de eso estaba seguro.

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