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Nadie llora al muerto

Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:

La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?
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Demasiada sangre, pensó Gemma frenéticamente. Por Dios, que no sea la arteria femoral. Se desangrará hasta morir. Trató de recordar su formación en primeros auxilios. Presión. Aplicar presión directamente en la herida. Ignorando a Ogilvie, Gemma cogió un trapo de cocina de la encimera y corrió junto a Will. Dobló el trapo para que tuviera grosor y lo apretó contra la pierna con toda la fuerza de su peso. Will trató de levantarse pero cayó de nuevo con un gruñido de dolor. Cogió el brazo de Gemma, le tiró de la manga.

– Gemma, ayúdame. Tengo que pedir refuerzos. Qué…

– ¡No hables! Te pondrás bien, Will. Estáte quieto. -Entonces Gemma miró a Ogilvie. Tenía los labios apretados y su brazo estaba rígido. Ahora podía reaccionar de cualquier manera, pensó Gemma. Había cruzado la barrera que separaba a la mayoría de las personas de la posibilidad de violencia. Ahora podía ocurrir cualquier cosa.

– Escuche, colega. -Kincaid dio un paso en su dirección, luego otro-. Ya ve que no hay ninguna razón para continuar con esto. ¿Qué va a hacer? ¿Dispararnos a todos? No va a hacer daño a Lucy o a Claire. Entréguese.

– Atrás. -Ogilvie apuntó la pistola hacia Kincaid y la levantó a la altura del corazón.

Kincaid se paró con las manos levantadas y las palmas hacia fuera.

– Está bien. Nos podría encerrar, pero no puede dejar al agente sin atención médica. Él sólo estaba haciendo su trabajo. ¿Quiere tener esto en su conciencia? -Dio otro paso hacia Ogilvie, con las palmas todavía hacia fuera-. Déme la pistola.

– Le digo que… -Ogilvie levantó la mano izquierda para dar soporte a la derecha.

En posición para disparar, pensó Gemma, observando consternada y furiosa. No.

– Tengo frío, Gemma -dijo Will. La fuerza en su brazo era más débil. Las luces del coche. Se había dejado las luces del coche encendidas-. ¿Por qué tengo tanto frío? -Ahora la cara del agente estaba blanca, cubierta de sudor y el trapo estaba caliente y mojado.

– Alguien tiene que ayudarlo -dijo Gemma apretando los dientes para evitar el castañeteo.

Claire empujó a Lucy detrás suyo y dio un paso adelante.

– David, escúchame. No puedes hacer esto. Te conozco. Me puedo haber equivocado con Alastair, pero no me equivoco contigo. Si le disparas a él tendrás que dispararme a mí. Entrégate.

Gemma oyó gimotear a Lucy, pero no podía apartar los ojos del triángulo Kincaid, Claire y Ogilvie.

Por un momento pensó que el brazo de Ogilvie temblaba levemente y que el dedo se tensaba en el gatillo. Ogilvie sonrió.

– Hay algo honorable en una derrota digna. Y supongo que un cuerpo en el suelo de tu cocina es más que suficiente para ti, querida. -Se pasó la pistola a la mano izquierda se la entregó por la culata a Kincaid sin apartar los ojos de Claire. Añadió suavemente, con algo de pesar-: Nunca he sido capaz de negarte nada.

Claire se fue hacia él y le puso el dorso de su mano contra la mejilla.

– David.

Kincaid, con la pistola aún levantada, retrocedió hasta encontrar el teléfono en la mesa del desayuno y marcó el 999.

* * *

Kincaid estaba solo en la cocina de los Gilbert. Gemma se había ido con Will en la ambulancia y un coche patrulla se había llevado a un David Ogilvie que no opuso resistencia. Alertado por las luces y el ruido de las sirenas, Brian había cruzado corriendo la carretera y conducido a Claire al invernadero con una bebida fuerte.

La subida de adrenalina también se había hecho sentir en Kincaid. Levantó las manos y se preguntó si el temblor era visible. No temblaban tanto como para no poder interrogar a David Ogilvie cuando llegara a la comisaría. Más tarde pensaría en las posibles consecuencias de lo que había ocurrido.

Oyó el chirrido de la puerta del vestíbulo y luego un caminar silencioso. Lucy entró en la cocina. Todavía llevaba puesto el conjunto de la tarde, un vestido verde oscuro de talle alto y largo hasta la pantorrilla. La hacía parecer inocentemente anticuada y alejada de las corrientes de violencia que habían circulado por la casa. Le sonrió.

– ¿Señor Kincaid? -Se acercó a él y le tocó ligeramente el brazo. Mirándola de cerca pudo ver los surcos que las lágrimas habían dejado en sus mejillas y la leve hinchazón en los párpados-. Se trata de Lewis. Sigo sin poder despertarlo y no sé qué hacer. ¿Cree que podría echarle una ojeada?

– A ver qué puedo hacer. -Siguió la luz de la linterna por el jardín y se arrodilló junto al perro.

Lucy, de cuclillas junto a Kincaid, dijo:

– He llamado al veterinario y le he dejado un mensaje en el servicio de contestador, pero me han dicho que tardará horas.

Kincaid escuchó la respiración del perro, luego levantó un párpado insensible y examinó el ojo con la linterna.

– Esto está demasiado oscuro. Incluso con la linterna no puedo ver nada. ¿Lo metemos dentro?

– Por favor -dijo Lucy-. He intentado levantarlo, pero es un poco demasiado pesado para mí.

Kincaid pasó los brazos por debajo de Lewis y lo levantó.

– Listo. Sujétalo para que no se me caiga. -El cuerpo del perro se notaba caliente. Juntos, Kincaid y Lucy cruzaron el jardín y pasaron trabajosamente por las puertas. Finalmente Kincaid dejó el perro en el suelo de la cocina, con parte del cuerpo sobre el regazo de Lucy.

Levantó el labio del perro y examinó la encía.

– ¿Ves? Las encías están rosas y tienen un aspecto sano. Eso significa que la circulación es buena. Y su respiración es regular -añadió al observar como el pecho subía y bajaba a un ritmo constante-. No sé qué más podemos hacer hasta que venga el veterinario, excepto quizás mantenerlo caliente. ¿Tienes una manta?

Lucy levantó la mirada, concentrada como estaba en acariciar las orejas del perro.

– Hay un edredón al pie de mi cama. ¿Podría…?

– Vuelvo enseguida.

Encontró la habitación de Lucy con facilidad y se quedó en la puerta mientras la inspeccionaba con sorpresa. Excepto por una colección variopinta de peluches sobre la cama, no había nada típicamente adolescente en el dormitorio. Ni pósters de grupos de rock o modelos, ni montones de ropa que convirtieran el suelo en una carrera de obstáculos. De hecho tenía el mismo aire de simplicidad que el cuarto de Geoff, y Kincaid se preguntó si era el chico quien había influido en ella o si se trataba de una expresión natural de su propia personalidad.

Los muebles parecían viejos, pero bien cuidados. Una manta de lana irlandesa en tonos lila y verde cubría la cama. Recogió el edredón descolorido y destrozado que había cuidadosamente doblado al pie de la cama, pero no abandonó la habitación.

La pared de encima del pequeño escritorio estaba cubierta de recortes de periódicos y revistas enmarcados. Los sencillos marcos obra de Geoff, pensó Kincaid. Se acercó a examinarlos y vio que todos los artículos estaban firmados por el padre de Lucy, Stephen Penmaric.

Los estantes colgados a ambos lados de la ventana contenían libros. Ocupaban un lugar prominente los de las Crónicas de Narnia, de C. S. Lewis, y no les faltaban las sobrecubiertas. Abrió uno y al ver la fecha del copyright silbó. Eran primeras ediciones y estaban impecables. La madre de Kincaid regalaría su primer nieto a cambio de estos libros.

Junto a los libros había una pequeña jaula con virutas de cedro y una rueda metálica. Dio unos golpecitos y apareció un ratoncito blanco correteando. Miró parpadeando a Kincaid con sus ojos rojos y volvió a esconderse.

Kincaid apagó la luz y cogió el edredón.

Lucy lo miró expectante cuando entró a la cocina.

– ¿Ha visto a Celeste? Me olvidé de hablarle de ella. Espero que no tenga miedo de los ratones.

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