Nadie llora al muerto
- Автор: Кромби Дебора
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:
Gemma saltaba como un conejo buscando los lugares secos y utilizaba las plantas para agarrarse. Al mismo tiempo maldecía a Kincaid por tener unas piernas largas.
– ¿Es ésta tu idea de diversión? -jadeó. Pero antes de que él pudiera responder oyeron un zumbido detrás de ellos. Eran un ciclista con casco y gafas, pedaleando a toda velocidad hacia ellos por el sendero. Gemma saltó a un lado y escaló el talud agarrándose a una raíz cuando el ciclista los pasó rozando y los salpicó de barro.
– ¡Desgraciado! -soltó Gemma furiosa-. Deberíamos denunciarlo.
– ¿A quién? -preguntó Kincaid mirando el barro que cubría sus pantalones-. ¿A la policía de tráfico?
– No tenía ningún derecho… -dijo Gemma mientras soltaba la raíz y empezaba a descender cautelosamente al camino. De repente los pies le salieron disparados hacia delante. Se retorció violentamente en el aire y aterrizó con dureza sobre una cadera y la palma de la mano. De repente notó el escozor y levantó la mano como si se estuviera quemando. Empezó a maldecir con ferocidad.
Kincaid se acercó y se arrodilló junto a ella.
– ¿Estás bien? -Por la expresión de su cara se veía que se estaba aguantando la risa y eso hizo que Gemma se pusiera aún más furiosa.- ¿No sabes que no es bueno tocar una ortiga? -le preguntó mientras le cogía la mano y examinaba la palma. Con el pulgar le restregó algo de barro que Gemma tenía en los dedos y el roce le quemó en la piel tanto como la ortiga.
Apartó su mano y se levantó con cuidado. Luego buscó un lugar donde el suelo estuviera seco.
– Busca una hoja de acedera -dijo Kincaid por detrás. En su voz todavía había indicios de sorna.
– ¿Para qué? -preguntó Gemma enojada.
– Para que deje de escocerte, por supuesto. ¿Nunca pasaste las vacaciones en el campo cuando eras niña?
– Mis padres trabajaban los siete días de la semana -dijo con la dignidad herida. Al cabo de un momento transigió-. A veces íbamos a la playa.
El recuerdo le sobrevino junto con el olor a sal del aire y el algodón de azúcar, el agua fría, siempre demasiado fría para que nadie con dos dedos de frente se bañase, la sensación del bañador húmedo y la arena sobre su piel, y las peleas con su hermana en el tren de vuelta a casa. Pero después venían los baños calientes y la sopa y el quedarse adormilada delante del fuego. Por un momento sintió nostalgia por la incuestionable sencillez de todo eso.
Cuando alcanzaron la cima media hora más tarde, Gemma se sentó agradecida en un banco que había en la base de la torre de observación y dejó que Kincaid le fuera a buscar un té en el puesto de refrescos. Los muslos le dolían por el ascenso y la cadera por la caída, pero al mirar las colinas que había frente a ella se sintió tonificada, como si hubiera llegado a la cima del mundo. Cuando Kincaid volvió con los vasos de plástico humeantes, ella ya había recuperado el aliento. Levantó la mirada hacia él y dijo:
– Ahora me alegro de haber venido. Gracias.
Se sentó junto a ella en el banco y le pasó el vaso.
– Dicen que en un día claro se puede ver Holanda desde lo alto de la torre. ¿Te animas?
Ella negó con la cabeza.
– No soy muy buena con las alturas. Esto ya es suficiente para mí.
Se quedaron un rato sentados en silencio, sorbiendo el té caliente y mirando la brumosa mancha que era Londres expandiéndose por la planicie hacia el norte. Luego Gemma subió las piernas al banco y se giró para encarar el sol.
Kincaid hizo lo mismo y se tapó los ojos con la mano.
– ¿Crees que eso de allá es el Canal, justo en el horizonte? -preguntó.
Gemma notó las lágrimas tras los párpados y al poco empezaron brotar por los rabillos. No podía hablar.
Kincaid la miró y dijo con preocupación:
– Gemma, ¿qué te pasa? No quería…
– Jackie… -Es todo lo que pudo decir. Luego tragó saliva y volvió a intentarlo-. Me acabo de acordar de que Jackie me dijo que quería ir allí de vacaciones. Siempre había querido ver París. Ella y Susan iban a coger el tren y pasar por el Eurotúnel para cruzar a Francia. Si no hubiera…
Kincaid le cogió el vaso de las manos temblorosas y lo puso en el banco. Luego colocó la palma de su mano sobre la espalda de Gemma y empezó a masajear en círculos.
– Gemma, tienes derecho a llorarla, pero no puedes seguir culpándote por su muerte. En primer lugar, seguimos sin saber si hay alguna relación. Y si la hubiera, Jackie era adulta y responsable de sus propios actos. Ella te ayudó porque quería, no porque tú la obligaras y fue más allá de lo que tú le pediste porque tenía curiosidad. ¿Lo entiendes?
Sacudió la cabeza sin decir nada, con los ojos apretados, pero al cabo de unos minutos se relajó y la presión en su pecho empezó a disminuir. Abrió los ojos y miró a Kincaid a la cara. La arruga entre las cejas evidenciaba que estaba preocupado por ella y le pareció que habían aparecido nuevas arrugas alrededor de sus ojos. Pensó en que había conducido desde Surrey para que no recibiera la noticia de la muerte de Jackie a través de una llamada impersonal. Tal consideración merecía un trato mejor que el que ella le había dispensado últimamente.
– El sol ya empieza a bajar -dijo Kincaid-. Pronto se pondrá oscuro. Será mejor que empecemos a descender mientras podamos ver por donde pisamos.
Lograron hacer los últimos metros del camino en la creciente penumbra y cuando llegaron al pueblo las luces de algunas casas ya empezaban a encenderse.
Kincaid vio como Gemma se abrazaba a su anorak cuando encararon el viento. No había dicho nada en todo el camino de vuelta, pero no notó hostilidad en su silencio, sólo cierto retraimiento. Ella le había sonreído y había cogido su mano de buen grado en los sitios difíciles.
– Claire ya debe de estar de vuelta -dijo Kincaid-. Probemos primero la casa.
– ¿Así? -dijo Gemma apuntando a sus pantalones y zapatos llenos de barro.
– ¿Por qué no? Nos dará un aire de autenticidad rural.
La cancela chirrió cuando entraron en el jardín de los Gilbert. Los arbustos cobraron formas inesperadamente amenazadoras en la oscuridad. Cuando rodearon la esquina que daba al jardín posterior, Kincaid se detuvo sin estar seguro de qué era lo que resultaba extraño. Levantó una mano para parar a Gemma y escudriñó la perrera. ¿Era eso una sombra o un bulto oscuro y quieto?
– ¿Lewis? -dijo en voz baja. Pero el bulto no se movió. El corazón de Kincaid daba sacudidas en su pecho-. Quédate aquí -dijo entre dientes a Gemma, pero la notó en sus talones cuando corría hacia el recinto.
Al acercarse, la sombra oscura se fundió y se convirtió en un elegante perro negro despatarrado. Kincaid se arrodilló y metió una mano por el espacio octogonal de alambre arañándose la piel de los nudillos. Tocó el perro con los dedos doloridos. El pelaje estaba caliente y notó la respiración en el costado.
– Está… -Gemma no pudo terminar la frase.
– Respira. -Vio una mancha sobre el cemento, cerca de la cabeza del perro-. Algo está pasando, Gemma. Quédate…
– No voy a dejar que entres tú solo -susurró-. Ni se te ocurra.
Cruzaron el césped juntos. Cuando llegaron a la puerta de la cocina Kincaid la abrió y pasaron por el vestíbulo tan silenciosamente como espectros. En la cocina permanecieron a oscuras, limitándose a tocar. Kincaid dio un giro completo, forzando los ojos para que se adaptasen a la oscuridad, forzando los oídos para poder oír por encima de los latidos de su corazón.
Al cabo de un momento su pulso empezó a ralentizarse y junto a él notó cómo la tensión fluía del cuerpo de Gemma. Oyó el ruido justo cuando ella estaba cogiendo aire para hablar. Gemma notó como el brazo de Kincaid la rodeaba y le tapaba la boca con la mano. Kincaid notó los dientes de Gemma cuando ésta ahogó un grito de sorpresa.