Nadie llora al muerto
- Автор: Кромби Дебора
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:
16
Gemma se despertó antes del amanecer. Por un momento se sintió desorientada. La mancha de luz que había junto a su cama se fue dibujando y pudo reconocer la ventana y el visillo iluminado por la farola del exterior. Estaba en el hotel del centro de Guildford, por supuesto. Gemma empezó a ordenar los eventos del día anterior. Will yacía en el hospital. David Ogilvie le había disparado.
Se quedó en la cama mirando como la ventana palidecía y se tornaba gris perla. Se levantó, se aseó y se puso la ropa que llevaba en la bolsa de viaje. Luego pasó una nota por debajo de la puerta de Kincaid y abandonó el hotel. Comenzó a caminar por la calle principal hacia la estación de autobuses. No pasaban coches, no había gente mirando los escaparates de las tiendas cerradas. Gemma se sintió inquietantemente sola, como si fuera la última persona sobre la faz de la Tierra.
Pero luego pasó junto a una camioneta de verduras y el conductor que la descargaba la saludó alegremente. Dobló por Friary Street y miró al cielo. Vio una mancha de color rosa brillante que se estaba propagando desde el este por todo el cielo. Su ánimo se levantó, aligeró el paso y al poco rato llegó a la estación donde encontró un taxi que la llevaría al otro lado del río, en lo alto de la colina, al hospital.
– Es demasiado temprano, querida -dijo amablemente la enfermera-. Todavía no hemos terminado la rutina de la mañana. Siéntese y la vendré a buscar en cuanto pueda verlo. O mejor aún, baje a la cafetería y tome el desayuno.
Gemma no se había dado cuenta del hambre que tenía hasta que lo mencionó la enfermera. Hizo caso de su consejo y comió huevos con bacon y pan frito sin el menor remordimiento. Cuando volvió arriba la enfermera la llevó a la sala.
– No se demore demasiado -la previno-. Ha perdido mucha sangre y se cansará fácilmente.
La cama de Will estaba al final de la sala, con las cortinas medio corridas. Parecía dormido, pálido y vulnerable bajo las sábanas blancas. Gemma se sentó silenciosamente en la silla que había junto a la cama y de repente se sintió algo incómoda.
Will abrió los ojos y sonrió.
– Gemma.
– ¿Cómo se encuentra, Will?
– Ya no podré pasar por los sistemas de seguridad del aeropuerto sin un papel del médico. Me han puesto un clavo en la pierna. -Su sonrisa iba casi de oreja a oreja. Luego se puso serio-. No han dejado que nadie me explicara nada. Era Ogilvie, ¿no? ¿Lo van a encerrar por lo de Gilbert y su amiga?
– No lo sé. Ahora están comprobando su declaración.
– ¿Está bien Claire? -Hizo un gesto de admiración con la cabeza-. ¿No fue increíble cómo le hizo frente?
– Will, usted fue el valiente. Me alegro de que esté bien. Yo debería…
– Gemma. -Levantó la mano de la sábana para detenerla-. Partes de lo que ocurrió anoche siguen confusas, pero recuerdo lo que hizo por mí. El médico ha dicho que me salvó la vida.
– Will, yo sólo…
– No discuta. Se lo debo y no lo olvidaré. Ahora, explíquemelo todo desde el principio, con pelos y señales.
Aún no había llegado a la parte en que Will entraba cuando los párpados del agente se cerraron, se agitaron y volvieron a cerrarse. Gemma se inclinó y le besó suavemente en la mejilla.
– Volveré, Will.
– ¿Cómo está? -preguntó Kincaid cuando abandonaron la comisaría de Guildford. Gemma se había reunido con él después de la visita al hospital y su aspecto era más jovial que la noche anterior. Por un momento se sintió celoso de su preocupación por Will, luego se reprendió por su estrechez de miras y se preguntó si no estaba resarciéndose de su sensación de fracaso.
– Bastante animado, pero todavía un poco sensible -respondió Gemma sonriendo-. La enfermera me ha dicho que lo de la pierna va a ser una recuperación lenta.
– Tu intención es visitarlo -dijo Kincaid al abrir la puerta del Rover y esforzándose por sonar indiferente y despreocupado.
– Tantas veces como pueda -le echó una mirada mientras se abrochaba el cinturón del asiento del pasajero- una vez concluyamos este caso.
Habían encontrado al pintor de Ogilvie y lo habían entrevistado esa misma mañana. En efecto, había confirmado la coartada de Ogilvie. Deveney estaba escarbando con la determinación de un bulldog, tratando de encontrar un punto débil en la historia o la conexión entre ambos hombres. Se había registrado de nuevo y en vano el estudio de Gilbert después de detener a Ogilvie. Ahora esperaban que el comité de disciplina tuviera más suerte destapando las pruebas que tenía Gilbert de la corrupción de Ogilvie.
Gemma, como si le hubiera leído los pensamientos, dijo:
– Crees a Ogilvie, ¿verdad? -Dieron la vuelta a una rotonda en dirección a Holmbury St. Mary-. ¿Por qué?
Kincaid se encogió de hombros y dijo:
– No estoy seguro. -Luego sonrió-. Es ese infame instinto. En serio… mintió sobre algunas cosas, y lo noté. Por ejemplo, la respuesta de Gilbert cuando le dijo que ya no quería hacerle el trabajo sucio. Pero no creo que mienta en lo que a Gilbert o Jackie se refiere.
– Incluso si tienes razón, lo cual es discutible, ¿por qué Claire?
Kincaid creyó detectar cierto resentimiento en su voz. Suspiró y pensó que no la podía culpar. A él también le gustaba Claire, incluso la admiraba. Y quizás, sólo quizás, estuviera equivocado.
– En primer lugar, no hay pruebas físicas que lo sitúen en la casa. No hay ni un pelo, ni una fibra en la cocina.
»Además, piensa en todo lo que hemos averiguado sobre Alastair Gilbert. Era celoso y vengativo con la sed de poder de un megalómano. Disfrutaba haciendo daño a los demás, tanto físico como emocional. ¿Quién sería la persona más afectada? -Miró el perfil de Gemma y dijo categóricamente-: Su esposa. Siempre he dicho que este asesinato se cometió en un momento de ira, y creo que Claire Gilbert odiaba a su esposo.
– Si tienes razón -dijo Gemma-, ¿cómo vas a demostrarlo?
Claire los recibió en la puerta trasera con expresión de ansiedad.
– He llamado al hospital y no dicen nada sobre el estado del agente Darling. ¿Saben algo?
– Mejor que saber -la tranquilizó Gemma-. Lo he visitado esta mañana a primera hora y está bien.
Kincaid se detuvo en el vestíbulo para echar una ojeada a los impermeables que colgaban de una fila de ganchos. Cuando vio lo que buscaba no supo si alegrarse o sentir pesar.
– ¿Y… David? -preguntó Claire cuando entraron en la cocina. Miró a Kincaid.
– Nos está ayudando en la investigación.
Lewis seguía estirado en el edredón de Lucy, pero esta vez levantó la cabeza y meneó la cola. Kincaid se arrodilló y le acarició las orejas.
– Veo que este paciente también está mejorando, a pesar de no ser el bravucón de siempre.
– Lucy insistió en quedarse con él toda la noche. Después de que viniera el veterinario hace una hora la convencí para que se estirara en el sofá del invernadero. -Claire toqueteó vacilante el pañuelo de seda que llevaba fruncido alrededor del cuello de la camisa blanca esmeradamente confeccionada-. En cuanto a David… Era buena persona, en el pasado. Lo que sea que le haya pasado en estos últimos años, en fin, no le creo capaz de… matar a nadie.
– Me inclino a coincidir con usted -dijo Kincaid notando la intensa mirada de Gemma.
Claire sonrió aliviada.
– Gracias por venir a tranquilizarme. ¿Puedo ofrecerles café o té?
Kincaid respiró hondo.
– En realidad, nos gustaría hablar con usted. En un lugar algo más privado, si no le importa.
Su sonrisa flaqueó, pero aceptó de inmediato.
– Podemos ir al salón. Prefiero no molestar a Lucy.
La siguieron hasta la sala que había parecido tan acogedora la noche en que murió Alastair Gilbert, y dejaron la puerta entornada. En la chimenea el fuego no estaba encendido y las paredes rojas eran más bien de mal gusto vistas a la débil luz del día que entraba por los postigos.