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Nadie llora al muerto

Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:

La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?
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Kincaid se sentó muy derecho en el sillón tapizado en chintz. Había repasado todos los ángulos, cómo sorprenderla, cómo engañarla, pero al final empezó con simplicidad.

– Señora Gilbert. He averiguado una serie de cosas durante esta semana que me han llevado a pensar que su marido abusaba físicamente de usted. Quizás sólo ocurriera en una o dos ocasiones, quizás fue algo que ha venido sucediendo desde el inicio de su matrimonio. No lo sé.

»Lo que sí sé, no obstante, por fuentes que no son David Ogilvie, es que su esposo sospechaba que usted tenía una aventura. Fue tan lejos como para acusar a Malcolm Reid y lo amenazó.

Claire se puso la mano en la boca, apretando fuerte con los dedos. Reid no se lo ha dicho, pensó Kincaid. ¿Qué más no le habían contado sus amigos para protegerla? ¿Y qué había escondido ella de ellos?

– Pero Reid sólo era culpable de ayudarla a esconder sus bienes y le dijo a su esposo que dejara de fastidiar. ¿Cuán cerca de la verdad estuvo su esposo, Claire? ¿También amenazó a Brian?

El silencio se alargó mientras Claire retorcía las manos en su regazo. Era el momento decisivo, Kincaid lo sabía y tuvo que acordarse de respirar. Si negaba su relación con Brian ya no le quedaba nada más para conseguir que hablara y no tenía pruebas excepto sus propias extravagantes suposiciones. La cara de Claire parecía paralizada y remota, como si nada de todo esto tuviera que ver con ella, luego respiró hondo y dijo:

– David lo sabía, ¿verdad?

Kincaid asintió e hizo un gran esfuerzo de no dejar que se notase el alivio en su voz.

– Eso creo, pero no fue él quien nos lo dijo.

– Lo mío con Brian no fue una aventura apasionada entre dos personas maduras, ¿entiende? -dijo ella con una sonrisa meramente insinuada-. Los dos estábamos solos y necesitados. Ha sido un buen amigo.

»Y también Malcolm. Nunca le expliqué a Malcolm toda la verdad sobre Alastair, sólo lo que podía soportar. Dije que estaba cansada de que fuera condescendiente conmigo, de ser tratada como su pertenencia, y Malcolm me ayudó como pudo. Tuve mucho cuidado de no llevar el talonario a casa. Incluso lo escondí en un lugar secreto en la tienda, por si acaso Alastair llegara de alguna manera a registrar mi escritorio. Era muy convincente cuando quería, ¿sabe? Imaginé que vendría cuando supiera que yo no estaba y le diría a Malcolm que yo había llamado y le había pedido que me cogiera alguna cosa. ¿Qué podría hacer Malcolm entonces?

»Y luego, claro, me preguntaba si mi paranoia había alcanzado proporciones épicas, si me estaba volviendo loca. -Sacudió la cabeza y lanzó una risa ahogada-. Pero ahora sé que ni siquiera mi paranoia estaba a la altura de Alastair.

Vertía las palabras como un torrente desatado y a Kincaid le pareció que el muro de falsas apariencias que había levantado Claire Gilbert a su alrededor estaba empezando a derrumbarse ante sus ojos. Ahora emergía por entre los escombros la verdadera Claire: asustada, enfadada, resentida y ya nada remota.

– Ni siquiera se le ocurrió preguntarse por qué llevaba a casa tan poco dinero. No creía que mi trabajo tuviera valor. Ésa, por supuesto, fue la única razón por la que toleró que yo trabajase y no estoy segura de que hubiese durado demasiado.

»Tengo una amiga del colegio en Estados Unidos, en Carolina del Norte. Pensaba que para cuando Lucy hubiera acabado la escuela ya habría ahorrado suficiente dinero y que podríamos… desaparecer.

– ¿Y qué pasaría con Brian? -preguntó Gemma, que sonó como si el hombre necesitara un partidario.

Despacio, Claire dijo:

– Brian lo habría comprendido. Los problemas con Alastair se habían intensificado durante el último año. Tenía miedo.

Gemma se inclinó hacia ella, con las mejillas rosas de indignación.

– ¿Por qué no lo abandonó? ¿Por qué no le dijo que quería el divorcio y acabar con todo de una vez?

– Siguen sin entenderlo, ¿no? Piensan que todo es tan fácil. Piensan que nadie con un poco de fibra aguantaría estos malos tratos. Pero las cosas nunca empiezan así. Es un proceso paulatino, como aprender una lengua. Y de repente un día te despiertas y te das cuenta de que piensas en griego y ni siquiera te habías dado cuenta. Te has tragado sus condiciones.

»Yo lo creí cuando me dijo que no podría arreglármelas sola. Fue cuando empecé a trabajar con Malcolm que pude ver que no era cierto. -Claire paró. Su expresión era de concentración y sus ojos estaban fijos en algo que ellos no podían ver -. Fue el principio de una especie de resurrección, el renacimiento de la persona en que hubiera podido convertirme antes de casarme con Alastair diez años atrás. -Suspiró y volvió la mirada hacia ellos-. Pero en todos estos años había aprendido a guardarme esos cambios íntimos para mí misma.

Kincaid dijo en voz baja:

– No funcionó, ¿no es cierto? En menos de un año se ha roto dos huesos.

Claire tomó su muñeca derecha con la mano izquierda, como protegiéndola.

– Supongo que notó que mi vida ya no se centraba en él. Empecé a ignorar sus sutiles señales que eran todo lo que necesitaba para manipularme, hasta que al final explotó.

– ¿Fue ese el inicio de la violencia?

Negó con la cabeza y cuando habló su voz era apenas audible.

– No. Eso empezó casi al principio. Se trataba de cosas pequeñas, de las que se reía. Pellizcos. Zarandeos. Verán, descubrí en cuanto nos casamos… -Claire se detuvo y se pasó la mano por la cara-. No sé como explicar esto con delicadeza. Sexualmente, él… Él quería que me amoldara a sus deseos. Si yo expresaba mis propios deseos o necesidades, o incluso placer, se ponía furioso y no se acercaba a mí. Así que cuando empecé a encontrarlo… desagradable, lo que hacía era fingir que estaba ansiosa y me dejaba en paz.

»¿Comprenden? Era un juego muy complicado y al final me cansé de jugar. Lo rechacé de plano y fue entonces cuando empezó a acusarme de tener una aventura.

– ¿La tenía? -preguntó Kincaid.

– No. No entonces. Pero hizo que fuera posible. Si había pecado en la ficción, ¿por qué no hacerlo de verdad? -Sonrió con desdén-. De alguna manera hizo que fuera más fácil justificarlo.

Hambrienta, pensó Kincaid recordando la palabra que había usado David Ogilvie. Hambrienta de ternura, hambrienta de afecto. Encontró ambas cosas en Brian. ¿Pero valía la pena el coste?

– Claire. -Esperó a que ella le prestara total atención-. Hábleme de lo que pasó la noche en que murió Alastair.

No respondió. No levantó los ojos de sus manos fuertemente entrelazadas.

– ¿Le digo lo que yo pienso? -preguntó Kincaid-. Aquella tarde Lucy fue sola a Guildford a comprar. Ella ha sido identificada, pero nadie recuerda haberla visto a usted. Su esposo le había dicho que tenía una reunión aquella noche, pero para sorpresa suya, entró en casa pocos minutos después de su hora habitual de llegada. Acababa de ver a Ogilvie en la estación de Dorking y Ogilvie le había dicho lo de la cuenta secreta.

»Gilbert estaba lívido, peor de lo que usted nunca había visto. Le preguntó cómo se atrevía a hacer eso sin su permiso; cómo se atrevía a dejarlo en ridículo. -Kincaid hizo una pausa. Había visto el gesto rápidamente abortado, esa mano que nerviosamente se había llevado al cuello-. Quítese el pañuelo, por favor, Claire.

– ¿Q… qué…? -Carraspeó.

– Quítese el pañuelo. Aquella noche estaba ronca. Recuerdo que me sorprendió lo ronca que era su voz. Esta mañana me he fijado que toda esta semana ha llevado la garganta tapada con pañuelos y jerseys de cuello alto. Déjeme ver su cuello ahora.

Kincaid pensó que podría negarse, pero a los pocos segundos levantó las manos y desató las puntas del pañuelo. Deshizo dos vueltas alrededor del cuello y luego tiró de la seda, que cayó en cascada sobre su regazo.

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